Isabel Allende - La Suma de los Días

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Isabel Allende narra a su hija Paula todo lo que ha sucedido con la familia desde el momento en que ella murió. El lector vive, junto con la autora, la superación personal de una mujer con una fuerza inspiradora, rodeada siempre de amigos y familiares. Su historia es emotiva, pero también está repleta de humor, personajes pintorescos y anécdotas caóticas y divertidas sobre la complicidad, el amor, la esperanza, la magia y la fuerza de la amistad.

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Nico y Celia se inscribieron en un curso intensivo de inglés y a mí me tocó la buena fortuna de cuidar a mi nieto. Escribía mientras Alejandro gateaba en el suelo, preso tras una reja para perros bravos que instalamos en la puerta. Si se cansaba, se ponía el chupete en la boca, arrastraba su almohada y se echaba a dormir a mis pies. A la hora de comer me daba unos tirones en la falda para sacarme del estado de trance en que la escritura suele sumirme, yo le alcanzaba distraída su biberón y él se lo bebía callado. Una vez desenchufó el cable de la computadora y perdí cuarenta y ocho páginas de la novela, pero en vez de ahorcarlo, como habría hecho con cualquier otro mortal, me lo comí a besos. Eran páginas malas.

Mi dicha era casi completa, sólo faltabas tú, que en 1991 estabas recién casada con Ernesto y viviendo en España, pero ustedes ya tenían planes para instalarse en California, donde estaríamos todos juntos. El 6 de diciembre de ese mismo año, entraste al hospital con un resfrío mal cuidado y dolor de estómago. No supiste lo que pasó después, hija. Horas más tarde estabas en la unidad de cuidados intensivos, en coma, y habrían de pasar cinco eternos meses antes de que me entregaran tu cuerpo en estado vegetativo, con daño cerebral severo. Respirabas, ésa era tu única manifestación de vida. Estabas paralizada, tus ojos eran pozos negros que ya no reflejaban luz, y en los meses siguientes cambiaste tanto que costaba reconocerte. Con Ernesto, quien se negaba a admitir que en realidad ya era viudo, te trajimos a mi casa, en California, en un viaje terrible volando sobre el Atlántico y Norteamérica. Después él tuvo que dejarte conmigo y volver a su trabajo. Nunca imaginé que el sueño de tenerte a mi lado se cumpliría de una manera tan trágica. En esos días Celia estaba a punto de dar a luz a Andrea. Recuerdo la reacción de mi nuera cuando te bajaron de la ambulancia en una camilla: se aferró a Alejandro, retrocedió, temblando, con los ojos desorbitados, mientras Nico daba un paso al frente, pálido, y se inclinaba para besarte, mojándote de lágrimas. Para ti este mundo terminó el 6 de diciembre de 1992, exactamente un año después de que entraste al hospital en Madrid. Días más tarde, cuando echamos tus cenizas en aquel bosque de secuoyas, Celia y Nico me anunciaron que pensaban tener otro niño y diez meses más tarde nació Nicole.

TÉ VERDE PARA LA TRISTEZA

Willie se daba cuenta, desesperado, de que Jennifer se estaba suicidando de a poco. Una astróloga le había dicho que su hija estaba «en la casa de la muerte». Según Fu, hay almas que intentan inconscientemente alcanzar el éxtasis divino por el camino expedito de las drogas; tal vez Jennifer necesitaba escapar de la grosera realidad de este mundo. Willie cree que ha transmitido un mal genético a su descendencia. Su tatarabuelo llegó a Australia con grilletes en los pies, cubierto de pústulas y piojos, uno más entre ciento sesenta mil infelices que los ingleses mandaron castigados a esa tierra. El menor de los convictos, condenado por hurtar pan, tenía nueve años, y la mayor era una anciana de ochenta y dos, acusada de robar kilo y medio de queso, que se ahorcó a los pocos días de desembarcar. A ese antepasado de Willie, acusado de quién sabe qué tontería, no lo ahorcaron porque era afilador de cuchillos. En esa época tener un oficio o saber leer te valía para que, en vez de que te colgaran, te mandaran a Australia. El hombre estaba entre los fuertes que sobrevivieron gracias a su capacidad para aguantar el sufrimiento y el alcohol, aptitud que heredó casi toda su descendencia. Del abuelo poco se sabe, pero su padre murió de cirrosis. Willie pasó décadas de su vida sin probar una gota de alcohol porque se le alborotaban las alergias, pero si empezaba a hacerlo iba aumentando la cantidad poco a poco. Nunca lo vi ebrio porque antes de llegar a ese punto se ahogaba, como si se hubiese tragado una bola de pelos, y el dolor de cabeza lo tumbaba, pero ambos sabemos que si no fuera por esas benditas alergias habría terminado como su padre. Sólo ahora, después de los sesenta años, es capaz de limitarse a una sola copa de vino blanco y darse por satisfecho. Dicen que la herencia no puede descartarse, y sus hijos -los tres, drogadictos- parecen confirmarlo. No tienen la misma madre, pero en las familias de su primera y su segunda mujer también hay adicciones, que vienen desde los abuelos. El único que nunca le ha dado guerra a Willie es Jason, hijo de su segunda esposa con otro hombre, a quien él quiere como si fuera suyo.

«Jason no tiene mi sangre, por eso es un tipo normal», suele comentar en el tono de quien constata un hecho natural, como la marea o la migración de los patos salvajes.

Cuando lo conocí, Jason era un muchacho de dieciocho años con mucho talento para escribir pero sin disciplina, aunque yo estaba segura de que tarde o temprano la adquiriría; de eso se encargan los rigores de la vida. Planeaba ser escritor algún día, pero mientras tanto se contemplaba el ombligo. Solía escribir dos o tres líneas y venía corriendo a preguntarme si acaso tenían potencial para un cuento, pero no pasaba más allá de eso. Yo misma lo saqué a empujones de la casa para que se fuera a estudiar a un college en el sur de California, donde se graduó con honores, y cuando regresó a vivir con nosotros, trajo a su novia, Sally. Su verdadero padre tenía un temperamento violento, que solía estallar con imprevisibles consecuencias. Cuando Jason tenía unas pocas semanas de vida, sufrió un accidente que nunca llegó a aclararse: su padre dijo que se había caído del mudador, pero la madre y los médicos sospecharon que lo había golpeado en la cabeza y le había hundido el cráneo. Hubo que operarlo y se salvó de milagro, después de pasar mucho tiempo en el hospital, mientras sus padres se divorciaban. Del hospital pasó a ser responsabilidad del Estado por un tiempo; luego su madre se lo llevó a vivir con unos tíos, que según Jason eran verdaderos santos, Y finalmente ella lo trajo a California. A los tres años el chico fue a parar con su padre porque, según parece, en el edificio donde vivía su madre no aceptaban niños. ¿Qué clase de edificio sería ése? Cuando ella se casó con Willie, recuperó a su hijo, y después, cuando se divorciaron, el chiquillo cogió sus bultos y se fue sin vacilar con Willie. Entretanto, su padre biológico hacía apariciones esporádicas y en algunas ocasiones volvió a maltratarlo, hasta que el muchacho tuvo edad y presencia física para defenderse. En una noche de alcohol y recriminaciones en la cabaña de su padre en las montañas, donde habían ido de vacaciones por unos días, el hombre le dio un puñetazo, y Jason, quien se había prometido a sí mismo que no volvería a dejarse avasallar, respondió con el miedo y la rabia acumulados durante años y le destrozó la cara a golpes. Desesperado, manejó de vuelta varias horas en una noche de tormenta y llegó a la casa enfermo de culpa y con la camisa manchada de sangre. Willie lo felicitó: era hora de poner las cosas en claro, dijo. Ese bochornoso incidente estableció una relación de respeto entre padre e hijo y la violencia no volvió a repetirse.

Ese año de duelo, de mucho trabajo, de dificultades económicas y de problemas con mis hijastros fue minando la base de mi relación con Willie. Había demasiado desorden en nuestra vida. No lograba adaptarme a Estados Unidos. Sentí que se me enfriaba el corazón, que no valía la pena seguir remando contra la corriente, mantenernos a flote costaba un esfuerzo desproporcionado. Pensaba en irme, huir, llevarme a Nico y los suyos a Chile, donde por fin había democracia, después de dieciséis años de dictadura militar, y donde vivían mis padres.

«Divorciarme, eso es lo que debo hacer», mascullaba para mis adentros, pero debo haberlo dicho más de una vez en voz alta, porque Willie paró la oreja ante la palabra divorcio. Había pasado por dos anteriores y estaba decidido a evitar un tercero; entonces me presionó para que consultáramos a un psicólogo. Yo me había burlado sin piedad del terapeuta de Tabra, un alcohólico despelucado que le aconsejaba las mismas perogrulladas que yo podía ofrecerle gratis. En mi opinión, la terapia era una manía de los estadounidenses, gente muy consentida y sin tolerancia para las dificultades normales de la existencia. Mi abuelo me inculcó en la infancia la noción estoica de que la vida es dura y ante los problemas no cabe sino apretar los dientes y seguir adelante. La felicidad es una cursilería; al mundo se viene a sufrir y aprender. Menos mal que el hedonismo de Venezuela suavizó un poco aquellos preceptos medievales de mi abuelo y me dio permiso para pasarlo bien sin culpa. En Chile, en tiempos de mi juventud, nadie iba a terapia, excepto los locos de atar y los turistas argentinos, así es que me resistí bastante a la propuesta de Willie, pero él insistió tanto que por fin lo acompañé. Mejor dicho, él me llevó de un ala.

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