Isabel Allende - La Suma de los Días

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Isabel Allende narra a su hija Paula todo lo que ha sucedido con la familia desde el momento en que ella murió. El lector vive, junto con la autora, la superación personal de una mujer con una fuerza inspiradora, rodeada siempre de amigos y familiares. Su historia es emotiva, pero también está repleta de humor, personajes pintorescos y anécdotas caóticas y divertidas sobre la complicidad, el amor, la esperanza, la magia y la fuerza de la amistad.

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Celia no pudo acompañar a su abuela en sus últimos momentos ni llorar su muerte porque la verdad es que tú no dejaste espacio para otros duelos, Paula. Nico y yo no captamos la magnitud de su pena en parte porque no conocíamos los detalles de su infancia y en parte porque ella, haciendo alarde de fortaleza, la disimuló. Enterró el recuerdo para llorarla más tarde, mientras seguía cumpliendo con las mil tareas de la maternidad, el matrimonio, el trabajo, aprender inglés y sobrevivir en la nueva tierra que había escogido. En los pocos años que habíamos compartido, aprendí a quererla, a pesar de nuestras diferencias, y después que te fuiste me aferré a ella como a otra hija. Su aspecto me preocupaba, tenía mal color y estaba desganada; además, seguía con náuseas, como en los peores meses del embarazo. La médica de la familia, Cheri Forrester, quien te atendió, aunque no puedes saberlo, dijo que Celia estaba agotada por haber tenido tres niños seguidos, pero que no había causa física para los vómitos, seguramente era una respuesta emocional, tal vez temía que la porfiria se repitiera en algunos de sus hijos.

«Si esto continúa, habrá que internarla en una clínica», nos advirtió. Celia siguió vomitando, pero callada y a escondidas.

UNA NUERA PECULIAR

Permíteme retroceder cinco años para recordarte cómo apareció tu cuñada en nuestras vidas. En 1988 yo vivía con Willie en California, tú estudiabas en Virginia y Nico, solo en Caracas, terminaba su último año de universidad. Por teléfono, tu hermano me había anunciado que estaba enamorado de una compañera de clase y deseaba visitarnos con ella, porque la relación iba en serio. Le pregunté sin rodeos si debía preparar una pieza o dos, y me explicó, en ese tono algo irónico que tan bien conoces, que desde el punto de vista del Opus Dei, dormir con el novio es una perfidia imperdonable. Los padres de la chica estaban indignados por el pecado de que viajaran juntos sin estar casados, aunque ella tenía veinticinco años, y peor aún a casa de una chilena divorciada, atea, comunista y autora de libros prohibidos por la Iglesia: yo.

«Esto es lo único que nos faltaba…», pensé. Dos piezas, por lo tanto. Dos hijos de Willie estaban viviendo en la casa y mi madre decidió venir desde Chile justo en la misma fecha, así es que improvisé una colchoneta de recluta para Nico en la cocina. Mi madre y yo fuimos a esperarlos al aeropuerto y vimos aparecer a tu hermano, con su mismo aspecto de adolescente desmañado, en compañía de una persona que avanzaba con firmes zancadas y cargaba un bulto a la espalda que de lejos parecía un arma pero que de cerca resultó ser un estuche de guitarra. Supongo que para jorobar a su madre, que había sido reina de belleza en un concurso caribeño, Celia caminaba como John Wayne, se vestía con pantalones deformes color aceituna, botas de andinista y una cachucha de béisbol caída sobre un ojo. Había que mirarla dos veces para descubrir lo bonita que era: facciones finas, ojos expresivos, manos elegantes, caderas anchas y una intensidad de la que era difícil sustraerse. La joven de quien mi hijo se había prendado venía desafiante, como diciendo: «Si les gusto, bueno, y si no, se joden». Me pareció tan diferente a Nico que sospeché que estaba encinta y por eso planeaban casarse apurados, pero resultó que no era así. Tal vez ella necesitaba escapar deprisa de su medio, que sentía como una camisa de fuerza, y se aferró a Nico con desesperación de náufrago.

Al llegar a la casa, tu hermano anunció que la colchoneta en la cocina no era indispensable, porque las cosas habían cambiado entre ellos. Entonces los puse en la misma pieza. Mi madre me cogió de un brazo y me arrastró al baño.

– Si tu hijo escogió a esta niña, por algo será. A ti te toca quererla y cerrar la boca.

– ¡Pero fuma pipa, mamá!

– Peor sería que fumara opio.

A mí me resultó muy fácil querer a Celia, a pesar de que me chocaban su atrevida franqueza y sus modales bruscos -los chilenos todo lo decimos con rodeos y andamos como pisando huevos- y que en apenas media hora ya nos había expuesto sus convicciones sobre razas inferiores, izquierdistas, ateos, artistas y homosexuales, todos depravados. Me pidió que le advirtiera si alguien en cualquiera de estas categorías llegaba de visita, pues prefería no hallarse presente, pero esa misma noche nos hizo reír con esos chistes subidos de tono que no oíamos desde los tiempos relajados de Venezuela donde, menos mal, no existe el concepto de lo «políticamente correcto» y uno puede burlarse de lo que le dé la gana, y después sacó la guitarra del estuche y nos cantó, con una voz conmovedora, las mejores canciones de su repertorio. Nos conquistó.

Poco después Celia y Nico se casaron en Caracas, en una estirada ceremonia en la que tú acabaste con náuseas en el baño, creo que de puros celos porque perdías la exclusividad de tu hermano, y mi familia se retiró temprano porque allí no calzábamos. No conocíamos casi a nadie, y Nico nos había advertido que los parientes de su novia no nos tenían simpatía: éramos refugiados políticos, habíamos escapado de la dictadura de Pinochet, por lo tanto debíamos ser comunistas, carecíamos de suficiente dinero o posición social y no pertenecíamos al Opus Dei, ni siquiera éramos católicos practicantes. Los recién casados se instalaron en la casa que yo había comprado cuando vivía en Caracas, demasiado grande para ellos, y Alejandro, tu primer sobrino, nació un año después. Salí disparada de San Francisco, viajé muchas horas contando los minutos, estremeciéndome por la expectativa, y pude abrazarlo recién nacido, oloroso a leche materna y polvos de talco, mientras con el rabillo del ojo estudiaba a mi nuera y mi hijo con creciente admiración. Eran dos chiquillos jugando a las muñecas. Tu hermano, que poco antes era un muchacho inconsciente que arriesgaba el pellejo trepando picos de montañas o nadando con tiburones en mar abierto, ahora cambiaba pañales, preparaba biberones y cocinaba panquecas para el desayuno, codo a codo con su mujer.

La única zozobra en la existencia de esta pareja era que el hampa había señalado su casa. Habían entrado a robar muchas veces, se habían llevado tres automóviles del garaje y ya no servían de nada las alarmas, los barrotes en las ventanas ni las descargas eléctricas en las rejas, capaces de asar a un gato distraído si las rozaba con el bigote. Cada vez que llegaban de la calle, Celia permanecía en el coche con el bebé en brazos y el motor encendido, mientras Nico descendía, pistola en mano, como en las películas, para recorrer la casa de arriba abajo y cerciorarse de que no hubiese un desalmado oculto en alguna parte. Vivían asustados, algo muy conveniente para mí, porque no me costó nada convencerlos de que se trasladaran a California, donde estarían seguros y contarían con ayuda. Con Willie preparamos un apartamento encantador, un altillo de bohemios en torre encaramada en un cerro, con una vista panorámica de la bahía de San Francisco, un tercer piso sin ascensor, pero ambos eran fuertes y volarían por las escaleras con los bártulos del crío, las bolsas del mercado y las de la basura. Los esperé con la ansiedad de una novia dispuesta a sacar el jugo a mi reciente condición de abuela. En más de una ocasión me agazapé en el cuarto reservado para Alejandro después de dar cuerda a los móviles colgados del techo y a las cajitas de música, para cantar en susurros las canciones de cuna que había aprendido cuando tú y tu hermano eran pequeños. La espera fue eterna, pero todos los plazos se cumplen y por fin llegaron.

Mi amistad con Celia comenzó a tropezones, porque suegra y nuera venían de ideologías opuestas, pero si pensábamos regodear nos en las diferencias, la vida se encargó de eliminar la mala leche con unos cuantos coscorrones. Pronto olvidamos cualquier germen de desavenencia y nos concentramos en los rigores de criar un niño -y después dos más- y adaptarnos a otra lengua y a nuestra condición de inmigrantes en Estados Unidos. Aunque no lo sabíamos entonces, un año más tarde nos tocaría la prueba más brutal: cuidarte, Paula. No había tiempo para tonterías. Mi nuera se desprendió muy rápido de las hilachas que la ataban al fanatismo religioso y empezó a dudar de los demás preceptos inculcados a machote en su juventud. Apenas comprendió que en Estados Unidos ella no era blanca, se le pasó el racismo, y su amistad con Tabra barrió sus prejuicios contra artistas y gente de izquierda. De los homosexuales, sin embargo, prefería no hablar. Todavía no había conocido a las madres de Sabrina.

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