No ser é del Abasto el Zorzal,
no tendr é yo el esmokin de Carlos Gardel,
mis pilchas ser á n bien rantes,
pero igual, hay que ver,
c ó mo quedan patifusas
cuando canta este atorrante.
No ser á mi caf é el m á s bac á n cabaret ,
no ser á el Armenonville
pero igual, hay que ver,
c ó mo queda muzzarela el m á s taura
cuando al dar la voz de aura
se pone a cantar este gil.
No es que la voy de boc ó n,
ya van a saber de m í ,
acu é rdense del cami ó n
que manejaba este gil,
cuando all á en la marquesina,
con carteles de ne ó n,
anuncien a Juan Molina
en el mismo Armenonville.
Las chicas que van a las fábricas apurando el paso en la densa neblina, los prácticos de remeras rayadas que esperan el paso del barco para iniciar las maniobras, de pronto caen bajo el encantamiento de la canción de Molina y comienzan a mezclarse en una danza al borde del Riachuelo. Haciendo ochos, cortes y quebradas, separándose, cambiando de pareja y volviendo a reunirse, bailan reflejándose en la negrura del agua, al tiempo que cantan a coro las mujeres:
No ser á un Mercedes Benz
su cami ó n,
no ser á un Graham Paige,
pero igual, hay que ver
los suspiros de amor
cuando vemos al chofer.
Bailando sobre los paragolpes, trepados a los estribos, los prácticos y las obreras cantan:
No ser á de Venecia el Gran Canal,
no ser á el Sena el Riachuelo,
pero igual, hay que ver,
c ó mo todo el arrabal
pondr á una alfombra en el suelo
cuando el pibe del cami ó n
cante en el Royal Pigalle.
La sirena de la fábrica vuelve a llamar. Entonces, como si se hubiese roto el ensalmo, las chicas se descuelgan del camión y retoman la marcha hacia el trabajo. Los prácticos, viendo que el buque se aproxima al amarradero, corren a atajar las cuerdas que arrojan desde cubierta. En la soledad de la cabina, contemplándose en el espejo, Juan Molina canta:
No la voy de fanfarr ó n,
pero acu é rdense de m í ,
del que maneja el cami ó n,
cuando el nombre de Molina
brille all á en las marquesinas
fulgurando en el ne ó n,
del glorioso Armenonville.
Un bocinazo lo sustrae de su canción: el barco ya ha terminado de pasar y el puente acaba de descender por completo.
Molina disfrutaba de su trabajo en el Astillero del Plata. La parte más dura era la de cargar el camión con las vigas de acero; el resto se hacía grato: atravesar la ciudad hasta la Dársena Norte y luego esperar a que descargaran los peones del Astillero Hudson. Hecho esto, volvía al Dock Sud y vuelta a empezar, hasta las seis de la tarde. Podía haber hecho el camino de la ribera pero generalmente, como ahora, prefiere internarse en la ciudad y recorrer con su imponente International las elegantes calles de Retiro y de la Recoleta. Pasa frente al Chantecler y el Palais de Glace, escucha los últimos acordes de las orquestas y se jura, como siempre, que algún día habrá de pisar sus tablas gloriosas. Sin embargo, no le queda demasiado tiempo para las ilusiones, tiene que apurarse; el paso del carguero lo retrasó. Viene rápido, embalado por la pronunciada pendiente de Callao, cuando desde la nada aparece una mujer. Poco menos se para sobre el freno. Las ruedas se bloquean haciendo chirriar los neumáticos, pero la mole trae una inercia tal, que parece imposible de frenar. Cuando por fin se detiene, Molina salta del camión esperando encontrarse con lo peor. Respira aliviado cuando ve que la mujer está de pie, petrificada, a dos milímetros del paragolpes. Pasado el susto inicial y la indignación posterior, seguro de que la mujer ha querido tirarse debajo del camión, Molina le pregunta si está bien.
– Creo que sí -balbucea Ivonne, temblando.
– ¿Quiere que la acerque a alguna parte?
Ivonne niega con la cabeza. Sólo entonces Molina repara en aquellos ojos azules y extraviados, y siente una suerte de piedad mezclada con algo que no puede definir, en la certeza de que esa mujer hermosa y confundida ha querido suicidarse. De pronto Ivonne tiene la inquietante impresión de que había estado a punto de llevar su afán por olvidar y huir hasta las últimas consecuencias. Definitivamente, se dice, el desayuno no le ha caído bien. Siente miedo de sí misma. Siente miedo de todo. Todavía temblorosa, sube al tranvía. Juan Molina se trepa al camión, pone la primera y piensa que, bajo otras circunstancias, se hubiese enamorado perdidamente.
No sospecha que aquel curioso encuentro no es el primero y no ha de ser el último. No imagina que aquellos ojos azules y tristes acaban de marcar para siempre su destino.
Todavía no se ha disipado el pequeño tumulto en torno a las huellas de lo que pudo haber sido una tragedia. La gente comenta el incidente señalando las marcas del caucho adherido al empedrado. Los autos disminuyen la velocidad, los curiosos no dejan de preguntar y los supuestos testigos dan versiones tremendas, exageradas hasta el morbo. Casi nadie ha notado que otro auto que venía por Alvear, un Graham Paige refulgente, estuvo a punto de incrustarse debajo del camión.
– Esta esquina es fatídica -dice un hombre somnoliento, que dormitaba en el mullido asiento trasero del Graham Paige hasta que la repentina frenada lo arrancó de su duermevela, haciendo que se golpeara contra el respaldo de adelante.
– Esa chica volvió a nacer -murmura el chofer señalando hacia la mujer que acaba de subir al tranvía-, esta hora es la peor, salen los borrachos del cabaret, los que llegan tarde van como locos. Es la peor hora -insiste.
El hombre que venía medio recostado ahora se incorpora y mientras el chofer vuelve a poner en marcha el motor, se levanta el ala del chambergo, que momentos antes se había acomodado sobre los ojos para protegerse de la luz, pero sobre todo de las miradas indiscretas y, con una voz límpida, contrastante con su aspecto adormilado, dice:
– Esta esquina es trágica, está escrito que si en algún lugar voy morir, va a ser en esta esquina.
El chofer asiente. Ya conoce la historia. Pero su patrón, apoltronado en el asiento y un poco pasado de copas, se la cuenta por enésima vez. Hace varios años, en 1915 exactamente, él y dos amigos, actores ambos, habían tenido la desafortunada idea de ir al Palais de Glace. Algo, un presentimiento, le decía que no, que por aquellos días no había buen elemento y temía que se pudieran encontrar con cierta "mala yunta" de los tiempos que prefería no recordar. Pero sus amigos insistieron y no quedó lugar para la prudencia si podía interpretarse como cobardía -confesó el hombre del chambergo al chofer, mientras encendía un cigarrillo y apoyaba la cabeza en la ventanilla-, de modo que terminó por asentir en silencio. Una vez adentro, en la penumbra, creyó distinguir detrás de unos bigotes tupidos una cara tristemente conocida, la misma que quería evitar. El pálpito no le había fallado. "Vámonos", llegó a decirle a uno de sus amigos. Pero fue tarde. Ya tenían frente a ellos a cuatro tipos que flanqueaban al de bigotes. Luego sobrevino una pequeña escaramuza sin mayores consecuencias, no más que un intercambio de empujones y alguna recriminación de los viejos tiempos. El asunto pareció quedar zanjado. Cerca de la madrugada salieron, subieron al auto y se alejaron por avenida Alvear hacia Palermo. Pero no podía desembarazarse del mal agüero; giró la cabeza por sobre su hombro y entonces pudo distinguir que los estaban siguiendo. A las pocas cuadras los alcanzaron y les cruzaron el auto. Había que bajarse y arreglar las cosas como hombres, aunque ellos fueran tres y los otros cuatro. No alcanzaron a salir cuando el de bigotes se llevó la mano a la cintura, extrajo un revólver y le gritó: "¡Ya no vas a poder cantar más 'El moro'!". Inmediatamente le disparó a quemarropa. Entonces sintió un ardor en el costado izquierdo del pecho.
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