– No te he malinterpretado, Isabella -Su voz fue brusca, suave, un gruñido de advertencia escapó de las profundidades de su garganta-. Tengo muchos enemigos a los que les encantaría poner las manos sobre ti, Rivellio es uno de ellos. Estás protegida en este valle, y no saldrás.
Las cejas de ella se alzaron.
– ¡Eso es ridículo! Ya no soy tu prometida. Solo tienes que anunciarlo al mundo, y la amenaza habrá desaparecido. En cualquier caso, evidentemente estoy más en peligro aquí de lo que estaré en ningún otro sitio… me lo dijiste tú mismo. Nicolai, no estoy huyendo de ti. Volveré inmediatamente. Sabes que debo ir con Lucca.
– Y tú sabes que no puedo permitirlo -Su voz fue tranquila, ronroneando una amenaza.
Para cualquier otro que no fuera Isabella, esa nota peligrosa en su voz habría sido advertencia suficiente. Pero sus ojos mantenían los principios de una turbulenta tormenta.
– ¿No puedes permitirlo, Nicolai, o no lo permitirás?
– Si lo prefieres, enviaré al Capitán Bartolmei junto con los que dan escolta a nuestro sanador. Él personalmente verá que tu hermano esté listo para viajar y le escoltará de vuelta tan rápidamente como sea posible -Se encontró a sí mismo intentando apaciguarla.
– Entonces estaré perfectamente a salvo viajando con el capitán -desafió ella.
Él gruñó. Realmente gruñó. Pero ni siquiera eso fue suficiente para expresar la intensidad de sus emociones. Otro sonido retumbó en las profundidades de su garganta, subiendo de volumen. Un rugido llenó la habitación, una explosión de rabia que sacudió el ala entera del palazzo, haciendo que las alas del halcón se agitaran salvajemente con alarma y los leones de las proximidades respondieran rugido con rugido, como si el don fuera uno de ellos. En las profundidades de las sombras sus ojos ámbar resplandecieron con extrañas llamas. Su pelo estaba despeinado por pasarse constantemente los dedos por él. Caía alrededor de su cara, largo y peludo, bajando por su espalda. Temiendo poder parecer más bestia que nunca, Nicolai se deslizó más profundamente en el interior del hueco.
Su estómago se tensó ante la idea misma de ella viajando durante días y noches en compañía de Rolando Bartolmei. Amigo de la niñez o no, Nicolai no quería a Isabella buscando solaz en los brazos de otro hombre. Ni siquiera inocentemente. Si su hermano no sobrevivía, y ella estaba apesadumbrada, sería perfectamente natural para Bartolmei consolarla.
Isabella se dio la vuelta, toda inquieta energía, sus ojos lanzando tormentosamente llamas hacia él. Le asechó adentrándose en las sombras mientrás el retrocedía aún más.
– A mí no me gruñas, Nicolai DeMarco, y no te atrevas a rugir. Tengo todo el derecho a estar molesta contigo y tu dictadura. No tienes razón para estar enfadado conmigo en absoluto. Tengo intención de ir con el mio fratello y asegurarme de que su salud mejora. Tengo mi propio caballo y no necesito a tu capitán ni tu permiso.
– No me amenaces, Isabella -Su voz fue baja, controlada. Cuidó de dejar sus manos para sí mismo, aunque la fragancia de ella llenaba sus pulmones y hacía cosas malvadas a su cuerpo-. El sanador te traerá vivo a tu hermano y tan rápidamente como sea posible. Deja que eso sea suficiente. -Los celos, una emoción inoportuna y poco atractiva, le estaban carcomiendo. ¿Si Rolando le traía a su amado hermano de vuelta feliz y a salvo, ella estaría agradecida a Bartolmei, mirándole con afecto? Nicolai estaba avergonzado de sus pensamientos, avergonzado de su incapacidad para controlar sus emociones. Siempre había sido tan disciplinado.
El aliento de Isabella quedó atascado en su garganta de puro ultraje. Cerró la distancia entre ellos con tres zancadas furiosas, sin prestar atención a lo imprudente de lo que estaba haciendo. La furia era una energía que crujía en la habitación, feroz y apasionada.
– No puedo creer que me estés ordenando quedarme. -La idea era tan espantosa, que apretó los puños y le golpeó con fuerza directo al estómago. La enfadó incluso más que él ni siquiera fingiera hacer una mueca, mientras sus nudillos escocían. Tiró de su mano hacia atrás, mirándole.
Una pequeña sonrisa suavizó la dura línea de la boca de Nicolai cuando gentilmente le sujetó la cintura y le atrajo la mano palpitante a su corazón. Porque no pudo contenerse a sí mismo, se llevó su mano a la boca, su lengua se arremolinó sobre los nudillos magullados con un calor consolador.
Ella era ciertamente coraje y fuego; cualquier otra mujer se habría desmayado alejándose de los terrores de su posición. No Isabella, con sus ojos tormentosos y apasionada boca.
– ¿No tienes el buen sentido de temerme, verdad? -observó. Él temía suficiente por los dos. Había visto la evidencia de la maldición con sus propios ojos. Había sentido el fluir de la salvaje excitación, conocido el ardiente sabor floreciendo en su boca.
– Tengo miedo, Nicolai -admitió ella-. Solo que no de ti. Por ti. Por mí. No soy una muñeca. Soy consciente de que esto podría terminar muy mal. Pero en realidad ya estamos en ello. Estoy aquí en este valle. Ya te he conocido, el patrón de nuestras vidas ya se está desplegando a nuestro alrededor. ¿Se detendría si escondo la cabeza bajo la cama como haría una niña? ¿En qué ayudaría eso, Nicolai? Quiero vivir mi vida, por poca que pueda tener, no esconderme temblando bajo una colcha.- Su palma le acarició las cicatrices de la cara, su corazón se suavizó, derritiéndose, ante su expresión.
– Isabella -susurró él suavemente, doloridamente, su garganta atascada por tal emoción que no podía respirar apropiadamente.- No hay otra como tú -Sacrificarla por su gente, por su valle, era un horrendo intercambio. Sabía como debía haberse sentido su padre. El vacio. El autodesprecio. La desesperación. Nicolai había rezado, y había encendido muchas velas a la buena Madonna . Aún así, el peligro rodeaba cada movimiento que hacía Isabella.
– Te deseo, Isabella -dijo, su voz dolorida de deseo-. Que Dios me ayude, te deseo una y otra vez, cuando debería estar encerrándote en algún lugar lejos de mí.
Levanto la mirada hacia él, y ese simple acto fue su perdición. El deseo relampagueaba en los ojos de él. Posesividad. Hambre. Amor. Era puro, sin diluir. Ardía brillantemente. Gimiendo, inclinó la cabeza y tomó posesión de su boca. Dominante. Masculino. Exigiendo respuesta. Devorándola. No podía conseguir suficiente de ella, no podía acercarse lo suficiente.
Apesar de todo, ella le estaba besando en respuesta, alimentándose de él. Un fuego rabiaba en ella, ardiendo fuera de control, una tormenta de tal intensidad que se vio barrida por ella, ya no era capaz de pensar, solo sentir. Sus brazos, por propia voluntad, se arrastraron hasta el cuello de él, sus dedos se enredaron en el pelo. Se sentía débil de desearle, anhelando su boca, su cuerpo poseyéndola.
Sus labios abandonaron los de ella para trazar un camino por la barbilla, bajando por la columna de la garganta, dejando llamas donde su lengua se arremolinaba y acariciaba. No había ningún cordel en el cuello del vestido que le diera acceso a su cuerpo. Por pura frustración encontró sus pechos a través de la tela del vestido. Su boca era ardiente y húmeda, empujando con fuerza haciendo que la tela frotara sus pezones, excitándolos hasta duros picos de deseo. El cuerpo de ella se derritió de deseo. La recostó sobre su brazo, dirigiendo los pechos hacia arriba para poder sacar primero uno, después el otro, por el escote del vestido. La tela acunaba los pechos como manos, sujetándolos altos para su inspección.
– Eres tan hermosa -Su aliento era cálido contra la carne dolorida.
El cuerpo de ella se tensó, una charca caliente se aposentó bajo dentro de ella, exigiendo alivio. Sus manos se movieron sobre ella, los pulgares jugueteando y volviéndola loca, su boca era fuerte, caliente y persistente hasta que ella le tiró del pelo, deseando más. Isabella intentó su propia exploración, tirando de su camisa, de sus calzones, pero las piernas amenazaron con fallarle cuando él le levantó el bajo de la falda.
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