– Isabella -se sentó-. ¿Qué pasa? -Se frotó el puente de la nariz, confundido por su reacción-. Serás mi amante -la tranquilizó-. Nunca te dejaré. Enviaré a por otra novia si debo, pero tú te quedarás aquí y vivirás conmigo.
Su barbilla se alzó una fracción. Rodó lejos de él, se sentó al otro lado de la cama, e inspeccionó las sábanas manchadas, evidencia de su inocencia perdida, su temperamento se alzó haciendo que tuviera que luchar por controlarse.
– Supongo que me lo merezco, Signor DeMarco, y, por supuesto, sus deseos son órdenes para mí. ¿Tendría la decencia de salir de mí ahora por favor? – Enviará a por otra novia. Se atrevía a decirle eso mientras su cuerpo estaba todavía latiendo a causa de su invasión.
– Isabella, es el único modo de sortear la maldición. ¿No lo ves? -Extendió el brazo hacia ella, pero ella salió de la cama y avanzó lentamente hacia su bata, con sus oscuros ojos tormentosos.
– Don DeMarco, le pido que salga de mi habitación. He acordado servirle en cualquier cosa que me requiera a cambio de la vida de Lucca. Si desea que sea su amante, así será. Pero le pido que salga de mi habitación antes de olvidarme de mí misma y tirarle algo bastante grande a la cabeza. -Se sentía orgullosa de haberselas arreglado para mantener la voz tranquila.
– Estás enfadada conmigo.
– ¡Que listo por tu parte suponerlo. ¡Sal! -Pronunció las palabras cuidadosamente por si él fuera minusválido de algún modo. Quizás era eso lo que le ocurría los hombres después de yacer con una mujer. Quizás perdían el sentido y se convertían en perfectos imbéciles.
– Te estoy protegiendo, Isabella. -señaló razonablemente mientras tiraba de sus ropas-. Debes verlo. No tenemos otra elección.
– Le he pedido amablemente que salga de mi dormitorio -Isabella asumió su tono más orgulloso-. A menos que no tenga derechos en nuestra siempre cambiante relación, creo que la privacidad es poca cosa que pedir.
– Tienes que ver que tengo razón en esto -dijo Nicolai, exasperado con ella-. Dio, Isabella, podría haberte matado. Y si te conviertes en mi esposa, un día lo haré.
– Ah, si, de nuevo esa excusa. Un simple pinchazo se parece mucho a la puñalada de una daga. Creo que lo que me han apuñalado es el corazón.
Él tomó un profundo aliento y sacudió la cabeza.
– Tuvimos suerte esta vez. Lo sentí tomarme. Casi no pude controlar a la bestia, con mis emociones tan intensas, no me arriesgaré a casarme contigo y dejar que la bestia te tome, ni siquiera para apaciguar tus sentimientos heridos. La decencia no significa nada frente a la posibilidad de perderte.
– La decencia significa mucho para el mio fratello, signore, y para mi buen nombre. Soy una Vernaducci, y nosotros, al menos, no nos retractamos de nuestra palabra. -Le miró por encima de la nariz, en cada gramo la hija de su padre. Caminó hasta la puerta y la abrió de un tirón, ignorando el hecho de que estaba desnuda.- Salga de mi habitación de inmediato.
– ¡Isabella! -Horrorizado, él cogió su ropa con una mano, sus botas con la otra y se apresuró a la entrada del pasadizo secreto.
Ignorándole, Isabella tiró tranquilamente de la campanilla para convocar a un sirviente. Tercamente se negó a volver la mirada hacia Nicolai mientras él escapaba al interior del pasadizo. Miró resueltamente fuera de la puerta de su dormitorio, esperando a que su llamada fuera respondida.
Alberita llegó, sin aliento. Hizo una reverencia tres veces.
– ¿ Signorina ?
– Por favor dile a Sarina que la necesito inmediatamente. Y, Alberita, no hay necesidad de más reverencias.
– Si, signorina -dijo la doncella, haciendo repetidas reverencias. Se dio la vuelta y corrió vestíbulo abajo a una velocidad vertiginosa.
Isabella no se movió, de pie junto a la puerta esperando, su pie desnudo golpeaba el suelo a un ritmo impaciente, de genio, de mortificación. Sarina se apresuró hacia ella, e Isabella la cogió de la mano y la arrastró a su dormitorio. Cerró la puerta firmemente y se apoyó contra ella. Los tremblores estaban empezando profundamente en su interior, extendiéndose a través de su cuerpo.
Sarina miró de su cara pálida a la cama desarreglada, las sábanas manchadas. Volvió a mirar a Isabella.
– Debo librarme de la evidencia inmediatamente.
– No hay necesidad -Isabella ondeó una mano y trabajó por mantener su voz incluso, pero esta se tambaleaba alarmantemente-. Ya no soy su prometida. Me ha informado de que soy su amante, y enviará a buscar otra novia -Para su horror, su voz se rompió completamente, y se le escapó un sollozo.
Sarina estaba atónita.
– Eso no puede ser. Tú eres la elegida. Los leones saben. Ellos siempre saben. Isabella… -empezó, su mirada se desvió de vuelta a las sábanas manchadas.
Isabella se cubrió la cara, avergonzada de llorar en presencia de un sirviente, pero nada detendría el flujo de lágrimas. Se consoló con el conocimiento de que la finca DeMarco era difirente, los sirvientes mayores eran tratados como familia.
Sarina fue hacia ella inmediatamente, tragándose cualquier sermón y rodeando a la joven con los brazos, con expresión compasiva. Isabella posó la cabeza en el hombro de Sarina, aferrándose a ella.
Sarina cloqueó, palmeando la espalda de Isabella en un intento de calmar la tormenta de lágrimas.
– Él no puede haberlo dicho en serio. No esta pensando con propiedad.
– Debería haberte escuchado.
– Si Nicolai cree estar protegiéndote, eso no supone ninguna diferencia. ¿No le habrías dicho que no si te hubiera querido como amante antes de ofrecerte matrimonio?
Isabella sacudió la cabeza.
– No -tenía que ser honesta consigo misma y con Sarina. Se habría convertido en su amante si esos hubieran sido los términos de su acuerdo, pero nunca se habría permitido a sí misma sentirse tan atraída por él. Al menos eso esperaba. Una esposa podría tarde o temprano encontrar una forma de disponer de una amante-. Habría hecho cualquier cosa que él me hubiera pedido por salvar a Lucca. Todavía lo haré, pero ahora es diferente, Sarina -sacudió la cabeza de nuevo y abandonó el consuelo de los brazos del ama de llaves para sentarse en el borde de la cama y examinar el recordatorio de su pecado-. Todo ha cambiado.
– Porque le amas -declaró Sarina.
Isabella asintió tristemente.
– Y él rebajará lo que tenemos juntos. No tengo más elección que aceptar lo que decreta, pero me llevará algún tiempo empezar a perdonarle. Y no sé que haré cuando envíe a buscar una esposa.
Su frotó ausentemente las sienes latentes.-¿Por qué no escoge simplemente a alguien de este valle?
– Ningún DeMarco elige esposa de dentro del valle -Sarina sonaba ligeramente sorprendida-. Eso no se hace. ¿Y qué famiglia se arriesgaría a semejante cosa?
– Por supuesto que no, no cuando creen que el novio podría comerse a la novia -era un pequeño intento de humor, pero salió amargo- Mejor traer a una chica de unas tierras donde no conozcan semejante historia, que no pueda escapar y sea vendida por su famiglia por beneficio -cuadró los hombros-. Al menos yo escogí mi propio destino, Sarina. Vine aquí voluntariamente, y él me dijo qué esperar.
Miró tristemente alrededor de la habitación con su plétora de guardianes alados y cruces.
– Se suponía que estaría a salvo aquí. Creí que de algún modo ella me protegería si estaba en esta habitación.
– Estoy segura de que la Madonna está observándote, Isabella -la tranquilizó Sarina.
– Debe ser -estuvo de acuerdo Isabella-. ya que todavía estoy viva a pesar de la maldición. Pero estaba pensando en Sophia. Esta era su habitación. Siento su presencia a veces. Debe ser terrible para ella ver lo que sus palabras han operado. Desearía poder ayudarla de algún modo. Creo que debe haber sufrido enormemente.
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