Lorenzo Silva - El blog del Inquisidor

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Intrigante, enigmática, imposible de abandonar.
Una historiadora se encuentra en la web un blog que le llama la atención «Cuaderno del Inquisidor». Ella ha centrado su tesis doctoral en el estudio del Tribunal del Santo Oficio en la España del siglo XVII, por lo que el apelativo del «Inquisidor» despierta enseguida su interés. El diario digital de este Inquisidor refleja a un hombre atormentado que relata que ha tenido parte en unos polémicos sucesos ocurridos en un convento español en el siglo XVII, cuando se acusa a las monjas y el abad de herejía. Él es el encargado de los interrogatorios a los acusados. ¿Pero, quién hay detrás de este inquisidor que cuelga su bitácora en la red? ¿Qué significa este diario? ¿Utiliza el proceso de unas pobres monjas y su abad a modo de expiación de una culpa que es incapaz de afrontar?
Una historia profunda, intrigante, que subraya que estamos ante puro Misterio de la vida, el juego de apariencia y verdad, la manipulación de la realidad.Una novela que se lee de un tirón, que subyuga absolutamente, y que con el tema central de la culpa y la expiación nos descubre los entresijos del alma humana. Una peculiar historia de amor, rabiosamente contemporánea con el toque de Lorenzo Silva.

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Sí. Pero no de tus intimidades. Ya sabes que eso lo guardo.

Lo sé. Me asombra verte con una mujer. ¿Qué ha sido de todas tus teorías y prevenciones? ¿ Y de tu ángel exterminador?

El ángel ahora está demasiado ocupado, exterminándome a mí. Y en cuanto a lo demás, tenías razón. A veces, necesitamos a otro que nos salve. A mí es ella quien me ha salvado de ésta, por ahora, y me da fuerzas para seguir. Estoy jodido, pero me siento afortunado. Por tenerla.

Ya ves, no somos tan malas, las mujeres.

Claro que no. Al final, la mujer es la casa, y es bueno tener una casa.

La mujer es la casa… Que no te oiga una feminista.

Me da igual. La feminista que se busque al que le diga lo que quiera oír. A mí me gusta la mujer que no hace aspavientos a ser la casa de los suyos. Al revés, que quiere y puede serlo y sabe que eso no la limita.

Mientras no confundas ser la casa con limpiar la casa…

No lo confundo. Limpiar sabe cualquiera. Hasta yo.

Supongo que cada uno tiene su idea de lo que es la casa. Pero si ésa es la tuya, y tienes quien te la dé y consigues que le compense, me parece bien. Yo no soy feminista. Vivo y dejo vivir.

¿Sabes, estos días me acordaba de ti, oyendo una canción.

¿Cuál?

Tengo el disco por ahí. Sobre ese altavoz. ¿Puedes cogerlo?

Sí, cómo no.

Quédatelo, si quieres. Te gustará.

Johnny Cash. Desde luego, nunca dejarás de sorprenderme.

La canción no es suya. Corte número 8.

Aquí dice que el 8 es… In My Life.

Justo.

De otro John. Lennon.

El mismo.

¿Qué me dijiste una vez de él? Ah, sí. Que no lo contratarías como filósofo. ¿Es que has cambiado de opinión?

No. Aquí lo contrato como poeta, que es algo mucho más difícil. Y a Cash para cantarlo. Grabó ese disco cuando ya estaba muy enfermo. Óyelo. En esa voz suya, grave, y a la vez cansada y rota, es estremecedor .

¿Y por qué te hacía pensar en mí?

Sobre todo, por uno de los versos. Ese que dice lo de no perder nunca el afecto por lo que hubo en tu vida.

¿Debo entender que eso me otorga un lugar en tu vida?

Desde luego.

Gracias. Pero soy realista. Me toca aceptar que es otra la que se lleva el último verso, que es el mejor.

Tú puedes ser ese último verso de quien quieras.

Nadie puede eso. Se te concede o no. Y está bien así.

No te me hagas fatalista, al final.

No, claro que no. Pienso seguir esperando. Tú acabas de decirlo. Nunca sabes lo que pasará más adelante.

Algo sí sé, en cualquier momento entrará Anna a decirnos que se nos ha acabado el tiempo. Y aún me queda algo. Lo que quería pedirte.

Adelante.

Creo que entenderás por qué te lo pido a ti. Es más, que no había otra persona a quien pudiera pedírselo.

Si está en mi mano, lo haré. No lo dudes.

Gracias, Theresa.

No voy a contar ahora lo que me ha pedido. Estoy algo cansada. Si acaso mañana, cuando haya cumplido el encargo.

Tampoco voy a contar, ni ahora ni nunca, lo que he leído en el papel que me ha dado. Son tres folios, manuscritos. Su caligrafía es pequeña e irregular, y al principio me costó entenderla. En resumen, lo que ahí me desvela es aquello por lo que tantas veces le pregunté. La historia detrás de la historia. Los detalles. Ahora, al fin, sé lo que hizo y qué le pasó. Y por qué ha acabado aquí, en Berlín. No es una historia agradable, ni ejemplar, pero tenía razón: lo que importa es lo que le sucedió por dentro. Su dolor, su culpa, su reconstrucción. Como él me lo contó yo lo he contado, e incluso he podido añadir el último capítulo: el de la reparación que le ha dado al final la vida. Más no se me puede exigir. Y yo no debo decir más.

Antes de irme, he cogido su mano. Quería tocarlo, aunque fuera sólo eso, un roce, un instante. La he sentido caliente, quizá por la fiebre. Ha apretado mis dedos y nos hemos mirado. Ha vuelto a darme las gracias. Le he dicho que era yo quien le estaba agradecida y que confiaba en que se pondría bien. Y eso ha sido todo. Con lo que aquí, en tantas noches en blanco, llegamos a compartir.

En la puerta del ascensor hemos coincidido con una muchacha de unos veinte años. Alta, castaña, de vivaces ojos azules. Ha saludado a Anna con familiaridad y han estado intercambiando información sobre el enfermo. La chica tenía un aplomo insólito para su edad. Anna me ha presentado. Una amiga de tu padre. De España. La voy a llevar a su hotel y ahora vuelvo. La chica no ha hecho el menor gesto de extrañeza. Tampoco me ha preguntado nada. Encantada, me ha dicho, y se ha metido en la casa en seguida. Creo que sería incapaz de reconocerme, si volviéramos a vernos. Mejor así.

Anna me ha dado una serie de recomendaciones sobre los lugares que debía visitar de la ciudad. Ha sido muy atenta y no le guardo ningún rencor, pero he preferido ignorarlas y dar una vuelta a mi aire. Al final he acabado caminando sola por los senderos del Tiergarten, bajo un frío casi polar. En cierto momento han empezado a caer copos de nieve. Entonces he pensado que por encima de todo debo alegrarme de que estén a su lado, las dos. Porque no está solo, y necesita tener esa luz femenina. Y mientras las lágrimas corrían por mis mejillas, y los mocos por mis labios, me he sentido como Marcello Mastroianni en la escena final de Le notti bianche.

Quien quiera saber por qué, la tiene en YouTube. Acabo de verla, como la perfecta imbécil que soy. No aprenderé nunca.

5 de diciembre

Séate concedido

Madrid. 14.15 horas. Cerca de la Gran Vía.

Esto sí es el final. Y tiene sentido que lo escriba aquí, en Madrid, como lo tenía (no podía ser una casualidad) que el billete de regreso que me sacaron desde Berlín no fuera directo. Cuando lo recibí lo miré tan rápido, y con la cabeza tan puesta en otra parte, que no había reparado en que entre el aterrizaje en Barajas y la salida del avión para las islas había casi siete horas de diferencia. El tiempo suficiente para poder llevar a cabo sin apremios mi misión.

Ya está hecho. No ha sido difícil. Y me ha gustado.

Aprieto el viejo timbre. Ayer por la tarde, cuando telefoneé para pedir cita, me dijeron que si venía yo sola no tenía necesidad de reservar hora. Que en cuanto llegara bastaba con que llamara a la puerta del convento y me atenderían. Después de medio minuto largo, se oye al otro lado una voz que me pregunta qué deseo.

– Llamé ayer, por teléfono. Vengo a ver la iglesia.

– Ah, sí. Vaya a la puerta grande.

Estoy en la calle de San Roque, esquina a la calle del Pez. En pleno corazón del viejo Madrid. Donde se levantan, desde hace casi cuatrocientos años, el convento y la iglesia de las benedictinas de la Encarnación o de San Plácido. El edificio del convento no es el originario, sino una reconstrucción de principios del siglo XX sobre la planta del primero. La iglesia, en cambio, data de la segunda mitad del XVII. Es sólo la iglesia lo que enseñan, porque el convento sigue siendo de clausura. Pero es lo más cerca que puedo estar del alma de Teresa Valle de la Cerda y del lugar donde se gestó su desgracia y luego su redención. Aquí vivió y aquí escribió, también, aquel singular alegato que le permitiría perdurar y hacerse oír a través de los siglos.

Espero frente al portón de la iglesia. Al cabo de un par de minutos oigo el ruido de los cerrojos al descorrerse. Al otro lado de la puerta aparece una monjita casi octogenaria, muy menuda. Diría que no rebasa en mucho el metro cuarenta. Rehuye mi mirada, cohibida, mientras me invita a pasar a la iglesia. Da algunas luces y puedo apreciar en seguida que se trata de un templo espléndido, con una alta bóveda y una valiosa colección de arte sacro. Nadie lo diría por su discreta apariencia desde la calle. Y mejor, desde luego, que algunos ignoren las riquezas que se guardan tras esos muros.

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