Khaled Hosseini - Cometas en el Cielo

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Cometas en el Cielo: краткое содержание, описание и аннотация

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Sobre el telón de fondo de un Afganistán respetuoso de sus ricas tradiciones ancestrales, la vida en Kabul durante el invierno de 1975 se desarrolla con toda la intensidad, la pujanza y el colorido de una ciudad confiada en su futuro e ignorante de que se avecina uno de los periodos más cruentos y tenebrosos que han padecido los milenarios pueblos que la habitan. Cometas en el cielo es la conmovedora historia de dos padres y dos hijos, de su amistad y de cómo la casualidad puede convertirse en hito inesperado de nuestro destino. Obsesionado por demostrarle a su padre que ya es todo un hombre, Amir se propone ganar la competición anual de cometas de la forma que sea, incluso a costa de su inseparable Hassan, un hazara de clase inferior que ha sido su sirviente y compañero de juegos desde la más tierna infancia. A pesar del fuerte vínculo que los une, después de tantos años de haberse defendido mutuamente de todos los peligros imaginables, Amir se aprovecha de la fidelidad sin límites de su amigo y comete una traición que los separará de forma definitiva.
Así, con apenas doce años, el joven Amir recordará durante toda su vida aquellos días en los que perdió uno de los tesoros más preciados del hombre: la amistad.

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Durante el curso escolar, seguíamos una rutina diaria. Cuando yo conseguía salir a rastras de la cama y avanzar a duras penas hasta el baño, Hassan ya se había lavado, rezado su namaz matutino con Alí y preparado mi desayuno: té negro caliente con tres terrones de azúcar y una rebanada de naan tostado y untado con mi mermelada de cerezas preferida, todo ello cuidadosamente dispuesto sobre la mesa del comedor. Mientras yo desayunaba y me quejaba de los deberes, Hassan hacía mi cama, lustraba mis zapatos, planchaba la ropa que iba a ponerme y preparaba la cartera con mis libros y mis lápices. Mientras planchaba, yo le oía canturrear con su voz nasal antiguas canciones hazara. Luego, Baba y yo marchábamos a bordo de su Ford Mustang negro, un coche que levantaba miradas de envidia por donde quiera que pasase, pues era el mismo coche que Steve McQueen conducía en Bullit, una película que estuvo en cartel durante seis meses. Hassan se quedaba en casa y ayudaba a Alí en las tareas diarias: lavar a mano la ropa sucia y tenderla en el jardín, barrer los suelos, comprar naan del día en el bazar, adobar la carne para la cena y regar el césped.

Después del colegio, Hassan y yo nos reuníamos. Yo cogía un libro y subíamos a una colina achaparrada que estaba en la zona norte de la propiedad de mi padre en Wazir Akbar Kan. En la cima había un viejo cementerio abandonado con hileras irregulares de lápidas anónimas y malas hierbas que inundaban los caminos de paso. Las muchas temporadas de nieve y lluvia habían oxidado la verja de hierro y desmoronado parte de los blancos muros de piedra del cementerio, en cuya entrada había un granado. Un día de verano, grabé en él nuestros nombres con un cuchillo de cocina de Alí: «Amir y Hassan, sultanes de Kabul.» Aquellas palabras servían para formalizarlo: el árbol era nuestro. Después del colegio, Hassan y yo trepábamos por las ramas y arrancábamos las granadas de color rojo sangre. Luego nos comíamos la fruta, nos limpiábamos las manos en la hierba y yo leía para Hassan.

Él, sentado en el suelo y con la luz del sol, que se filtraba entre las hojas del granado, bailando en su cara, arrancaba con expresión ausente briznas de hierba mientras yo le leía historias que él no podía leer por sí solo. Que Hassan fuera analfabeto como Alí y la mayoría de los hazaras era algo que estaba decidido desde el mismo momento de su nacimiento, tal vez incluso en el mismo instante en que había sido concebido en el ingrato seno de Sanaubar. Al fin y al cabo, ¿qué necesidad tenía de la palabra escrita un criado? Pero a pesar de su analfabetismo, o tal vez debido a él, Hassan se sentía arrastrado por el misterio de las palabras, seducido por aquel mundo secreto que le estaba prohibido. Le leía poemas y relatos, y alguna vez adivinanzas, aunque dejé de hacerlo en cuanto constaté que él era mucho mejor que yo solucionándolas. Así que le leía cosas incuestionables, como las desventuras del inepto mullah Nasruddin y su asno. Pasábamos horas sentados bajo aquel árbol, hasta que el sol se ponía por el oeste, y aun entonces Hassan insistía en que quedaba suficiente luz para un relato más, o un capítulo más.

Lo que más me gustaba de las sesiones de lectura era cuando nos encontrábamos con alguna palabra que él desconocía. Yo le tomaba el pelo y ponía en evidencia su ignorancia. En una ocasión, estaba leyéndole un cuento del mullah Nasruddin cuando él me interrumpió.

– ¿Qué significa esa palabra?

– ¿Cuál?

– Imbécil.

– ¿No sabes lo que significa? -le pregunté, sonriendo.

– No, Amir agha.

– Pero ¡si es una palabra muy normal!

– Ya, pero no la sé. -Si alguna vez se percataba de mis burlas, su cara sonriente no lo demostraba.

– En mi colegio todo el mundo sabe lo que significa. Veamos. «Imbécil» significa listo, inteligente. Te pondré un ejemplo para que lo veas. «En lo que se refiere a palabras, Hassan es un imbécil.»

– Aaah -dijo, con un movimiento afirmativo de cabeza.

Después me sentía culpable de haberlo hecho. Así que intentaba arreglarlo regalándole una de mis camisas viejas o un juguete roto. Me decía a mí mismo que aquello era compensación suficiente para una broma sin mala intención.

Con mucho, el libro favorito de Hassan era el Shahnamah, el relato épico del siglo X sobre los antiguos héroes persas. Le gustaban todas esas historias, los shas de la antigüedad, Feridun, Zal y Rudabeh. Pero su cuento favorito, y el mío, era el de Rostam y Sohrab, el del gran guerrero Rostam y Rakhsh, su caballo alado. Rostam hiere mortalmente en batalla a su valiente enemigo Sohrab, y descubre entonces que Sohrab es su hijo, que había desaparecido mucho tiempo atrás. Destrozado por el dolor, Rostam escucha las palabras de su hijo moribundo: «Sí en realidad sois mi padre, habéis teñido entonces vuestra espada con la sangre de vida de vuestro hijo. Y lo habéis hecho con gran aplicación. He intentado convertiros en amor y he implorado de vos vuestro nombre, incluso he creído contemplar en vos los recuerdos relatados por mi madre. Pero he apelado en vano a vuestro corazón, y ahora el momento de nuestra reunión ha finalizado…»

– Vuelve a leerlo, por favor, Amir agha -decía Hassan.

A veces, cuando le leía ese pasaje, sus ojos se inundaban de lágrimas y yo siempre me preguntaba por quién lloraba, si por Rostam, que, destrozado por el dolor, se arrancaba las vestiduras y se cubría la cabeza con cenizas, o por el moribundo Sohrab, que sólo anhelaba el amor de su padre. Yo, personalmente, no veía la tragedia del destino de Rostam. ¿Acaso no era cierto que todos los padres albergaban en el corazón el secreto deseo de matar a sus hijos?

Un día de julio de 1973 le gasté otra broma a Hassan. Estaba leyéndole y, de repente, me aparté del relato escrito. Simulé que seguía leyendo del libro, volvía las páginas con regularidad, pero había abandonado por completo el texto, había tomado posesión de la historia y estaba creando una de mi propia invención. Hassan, por supuesto, no se daba cuenta de lo que sucedía. Para él, las palabras de las páginas no eran más que un amasijo de códigos, indescifrables y misteriosos. Las palabras eran puertas secretas y yo tenía las llaves de todas ellas. Después, cuando con un nudo en la garganta provocado por la risa le pregunté si le gustaba el relato, Hassan empezó a aplaudir.

– ¿Qué haces? -dije.

– Es la mejor historia que me has leído en mucho tiempo -contestó sin dejar de aplaudir.

Yo me eché a reír.

– ¿De verdad?

– De verdad.

– Es fascinante -murmuré. Yo también lo creía. Aquello era… totalmente inesperado-. ¿Estás seguro, Hassan?

Él seguía aplaudiendo.

– Ha sido estupendo, Amir agha. ¿Me leerás más mañana?

– Realmente fascinante -repetí, casi falto de aliento, sintiéndome como quien descubre un tesoro enterrado en su jardín. Colina abajo, las ideas estallaban en mi cabeza como los fuegos artificiales de Chaman. «Es la mejor historia que me has leído en mucho tiempo», había dicho. Y le había leído muchas historias… Hassan estaba preguntándome algo en aquel instante.

– ¿Qué? -inquirí.

– ¿Qué significa «fascinante»? -Me eché a reír. Lo estrujé en un abrazo y le planté un beso en la mejilla-. ¿A qué viene todo esto? -me preguntó sorprendido, sonrojándose.

Le di un empujoncito amistoso y sonreí.

– Eres un príncipe, Hassan. Eres un príncipe y te quiero.

Aquella misma noche escribí mi primer relato. Me llevó media hora. Se trataba de un cuento sobre un hombre que encontraba una taza mágica y descubría que si lloraba en su interior, las lágrimas se convertían en perlas. Sin embargo, a pesar de haber sido siempre pobre, era un hombre feliz y raramente soltaba una lágrima. Entonces buscó y encontró maneras de entristecerse para que de ese modo sus lágrimas le hicieran rico. A medida que aumentaban las perlas, aumentaba también su avaricia. La historia terminaba con el hombre sentado encima de una montaña de perlas, cuchillo en mano, llorando en vano en el interior de la taza y con el cuerpo inerte de su amada esposa entre sus brazos.

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