Carla Neggers - Abandonada

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La marshal Mackenzie Stewart estaba pasando un tranquilo fin de semana en New Hampshire, en la casa de su amiga la jueza federal Bernadette Peacham, cuando fue atacada. Ella pudo repeler el ataque, pero el agresor consiguió escapar. Todo sugería que se trataba de un loco violento… hasta que llegó el agente del FBI Andrew Rook.
Mackenzie había roto con él su norma de no salir con agentes del orden, pero sabía que él no se había desplazado desde Washington para verla, sino porque trabajaba en su caso. A medida que continuaba la caza del misterioso atacante, el caso dio un giro inesperado cuando Mackenzie siguió a Rook a Washington y descubrió que un antiguo juez amigo de Bernadette, ahora caído en desgracia y convertido en informador de Rook, había desaparecido.
Mackenzie y Rook comprenderían entonces que había más en juego de lo que pensaban y que se enfrentaban a una mente criminal que no tenía nada que perder y estaba dispuesta a jugárselo todo.

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– Sí lo parecía. Pero tú no te fijabas.

– Quizá porque no llevabas pistola.

Gus se marchó en cuanto ella salió de la camioneta. Mackenzie siguió el camino de piedra hasta la parte frontal de la casa. Las contraventanas de madera de cedro necesitaban una mano de pintura. Y las persianas estaban tan rotas que seguramente habría que cambiarlas enteras. Como con casi todo lo demás en el caso de Bernadette, el problema no era el dinero. Tenía fondos de sobra para todo lo que quisiera. Lo que le faltaba era tiempo, inclinación y una tendencia a comprometerse.

El lago brillaba a la luz del sol de la tarde y Mackenzie agradeció el aire fresco y las vistas y sonidos familiares. Se dirigió al porche, donde había una mesa de madera que sabía que Bernadette tenía intención de pintar, en el mismo estado en que la había comprado en un rastrillo dos años atrás. La jueza decía a menudo que su vida estaba tan llena de urgencias que agradecía tener un proyecto sin una fecha de entrega. A la mesa le tocaría cuando le tocara.

La puerta de la cocina estaba abierta. Mackenzie encontró una nota de Carine donde le decía que se iba a dar un paseo con Harry, su hijo de ocho meses.

Lo que implicaba que, como había predicho Gus, buscaba alguna señal de la mujer desaparecida.

Carine había dejado bolsas de papel llenas de comestibles en la mesa, suficientes para alimentar a dos mujeres una semana. Mackenzie abrió un paquete de malvaviscos y se metió uno en la boca de camino al armario de la ropa blanca situado en el pasillo. En su prisa por salir de Washington, no había metido traje de baño pero en el armario, lleno hasta arriba de toallas, sábanas y mantas, encontró un bikini color rosa fuerte y una toalla de playa con dibujos de delfines rosas contra un fondo turquesa, de sus días de antes de ser agente de la ley.

Entró en el baño que, como el resto de la casa, había cambiado poco con los años. Bernadette arreglaba las cosas del lago a medida que iba siendo necesario. No reformaba.

Después de ponerse el bañador, Mackenzie guardó su pistola Browning de nueve milímetros en una pequeña caja fuerte en la despensa y volvió al porche para dirigirse al agua. Pasó el cobertizo que había construido su padre para Bernadette, donde había tenido un accidente que casi lo mata, y salió al muelle de madera.

Se lanzó al agua sin vacilar y salió a la superficie casi inmediatamente; miró las nubes con ojos entrecerrados e intentó centrarse en lo que la rodeaba, en la sensación de la brisa en su cara y su pelo húmedos.

No debía pensar en Washington ni mucho menos en Rook.

En unos momentos se adaptó al agua fría y se colocó de espaldas. Ahora sólo veía el cielo casi sin nubes y pensó en la época en que el lago había sido su refugio y su inteligente y excéntrica vecina su salvación en los meses frenéticos de la recuperación larga e incierta de su padre, cuando él no podía volver al trabajo de carpintería que conocía y amaba. Mackenzie se enteraría más tarde de que entonces habían andado justos de dinero. Su madre, que antes trabajaba media jornada como profesora auxiliar, acabó trabajando jornada completa y dedicando toda su energía a llevar comida a la casa y a ayudar a recuperarse a su esposo.

Mackenzie había dicho entonces a sus padres que no se preocuparan por ella, que estaba bien. Siempre le había gustado merodear por el bosque y capturar ranas en la orilla del lago. Cuando su padre empezó a necesitar tanto a su madre, pensó que su propensión a deambular sola podía ser al fin una ayuda en lugar de un motivo de preocupación y llegó a disfrutar mucho de los momentos que pasaba a solas en el bosque.

Al final, sin embargo, había acabado por decidirse a hacer autostop hasta el pueblo y Nate Winter, entonces adolescente, la había recogido y llevado a la tienda de su tío, donde ella enseguida robó una navaja de bolsillo y dos cajas de cerillas.

Casi veinte años después, no conseguía recordar el impulso que la había llevado a hacerlo, pero sí la vergüenza profunda y la rabia, principalmente contra sí misma, cuando la pilló Gus.

Y el sermón de Bernadette. Eso sí lo recordaba. La jueza le explicó que la ley no era cuestión de ver lo que podías conseguir. Los semáforos en rojo no había que obedecerlos sólo cuando había un coche patrulla a la vista. Existían para el bienestar y la seguridad de todos.

Nunca le había hablado de sus padres ni de lo preocupados y abrumados que estaban. Pensándolo ahora, Mackenzie comprendía que ésa había sido la razón de que Gus la llevara con Bernadette y no con ellos.

Su vecina, brusca y directa, le había ofrecido que utilizara su biblioteca. Podía llevarse libros a casa o podía sentarse a leer en el porche o en el muelle. Cuando estaba en Washington, le permitía entrar en la casa a buscar libros.

Mientras nadaba ahora en el lago, Mackenzie iba notando cómo la abandonaba la tensión de los dos últimos días.

Salió del agua y se estremeció cuando la brisa rozó su piel húmeda. Agarró la toalla y se secó rápidamente los brazos.

La puerta del cobertizo que había a la derecha del muelle estaba abierta. Bernadette a menudo no se molestaba en echar el candado. Allí no había nada muy importante… canoas, kayaks, chalecos salvavidas, el cortacésped y herramientas de jardinería.

Aun así, no era el lugar favorito de Mackenzie.

La puerta ancha crujió con un golpe de viento.

Se echó la toalla sobre los hombros y salió del muelle a un camino de grava y piedras que iba desde la casa.

Oyó ruido en los arbustos entre el cobertizo y la orilla del lago y se detuvo a asomarse al montón de pinos, helechos espesos y zarzamoras tan llenas de pinchos que nada podía atravesarlas.

¿Pavos salvajes? ¿Una ardilla?

Detrás del cobertizo había un bosque entrecruzado de senderos que llevaban a sus lugares favoritos, conectados por caminos que acababan alejándose serpenteantes por las montañas.

Mackenzie escuchó unos segundos, pero como no oyó nada más, se acercó a la puerta del cobertizo.

Un sonido gutural, un gruñido, surgió de los matorrales. Se volvió con rapidez justo cuando algo saltó de entre los arbustos y se lanzó sobre ella.

Un hombre de pelo oscuro y barba.

Mackenzie saltó hacia atrás, pero él se arrojó sobre ella blandiendo un cuchillo.

Reaccionó al instante. La adrenalina inundó sus sentidos y enrolló la tolla de playa en el brazo para parar la segunda cuchillada. Agarró rápidamente la muñeca de él, con el cuchillo apuntando al suelo, al tiempo que le hacía una llave en el codo con la otra mano. Tiró con fuerza de la muñeca para alejarla de sí.

Él gimió de dolor, pero no soltó el cuchillo.

Ella le dio una patada fuerte en la parte interna de la rodilla.

Él soltó el cuchillo y cayó al suelo gritando de dolor.

Mackenzie dio una patada al cuchillo y lo lanzó entre los matorrales. Su atacante olía a sudor rancio y su barba estaba descuidada. Llevaba el pelo salvaje y sucio, entreverado de gris. Iba ataviado con botas de montaña, pantalón caqui y una camiseta marrón manchada de sudor.

Unos ojos pálidos la observaban.

Ella había visto antes esos ojos.

Sintió algo caliente rezumando por su costado izquierdo, pero no se permitió mirar.

– Estás sangrando -le dijo él sonriente-. Te he pinchado.

No mentía. Ella sentía ahora el dolor superar la adrenalina que la había protegido en los primeros segundos de la herida. Pero ésta no podía ser profunda. Su contraataque le había impedido apuñalarla en el riñón y matarla allí mismo. En vez de eso, le había hecho un corte de unos quince centímetros en el costado, justo encima de la cadera.

En las comisuras de la boca de su atacante había saliva.

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