Carla Neggers - Abandonada

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La marshal Mackenzie Stewart estaba pasando un tranquilo fin de semana en New Hampshire, en la casa de su amiga la jueza federal Bernadette Peacham, cuando fue atacada. Ella pudo repeler el ataque, pero el agresor consiguió escapar. Todo sugería que se trataba de un loco violento… hasta que llegó el agente del FBI Andrew Rook.
Mackenzie había roto con él su norma de no salir con agentes del orden, pero sabía que él no se había desplazado desde Washington para verla, sino porque trabajaba en su caso. A medida que continuaba la caza del misterioso atacante, el caso dio un giro inesperado cuando Mackenzie siguió a Rook a Washington y descubrió que un antiguo juez amigo de Bernadette, ahora caído en desgracia y convertido en informador de Rook, había desaparecido.
Mackenzie y Rook comprenderían entonces que había más en juego de lo que pensaban y que se enfrentaban a una mente criminal que no tenía nada que perder y estaba dispuesta a jugárselo todo.

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– Te vas a desmayar, agente Stewart. Y piensa en lo que te voy a hacer entonces.

Sabía su nombre… sabía que había atacado a una agente federal.

La atravesó una punzada de dolor. Tenía que inmovilizarlo, asegurarse de que no se levantaba aunque ella se desmayara. Sólo necesitaba un golpe fuerte en el cuello. Pero sentía la sangre del costado mezclándose con el agua fresca del lago en su piel. El modo en que lo agarraba se debilitó y la toalla cayó de su brazo al suelo.

Él aprovechó el momento y la empujó hacia atrás. Ella bloqueó el movimiento y consiguió seguir en pie mientras él gruñía, daba media vuelta y se alejaba corriendo entre los matorrales maldiciendo como un loco.

¿Tendría otra arma escondida en el bosque?

Mackenzie sabía que no podía perseguirlo. Estaba descalza y herida. Había tenido una posibilidad de capturarlo y había fallado. Necesitaba buscar la pistola, un teléfono y ponerse ropa seca.

El corazón le dio un vuelco. «Carine».

Su amiga estaba en el camino con el niño. ¿Y si se tropezaban con ese bastardo?

¿Y si ya lo habían hecho?

Apretó la herida con el brazo para comprimirla. No quería recoger la toalla y arriesgarse a desmayarse.

La puerta del cobertizo seguía abierta. ¿Su atacante había salido de allí? ¿O se dirigía hacia allí cuando la vio salir del agua y meterse en los matorrales?

Tenía que ver si había más víctimas en el cobertizo. Si su atacante hubiera tenido un cómplice, éste habría salido ya. Ella, con su bikini rosa, era un blanco fácil para dos hombres.

En el cobertizo no había nada fuera de su sitio. No había espacio para que se escondiera una persona; la canoa vieja estaba de pie y los kayaks ligeros apoyados en la pared. Mackenzie agarró una barra de hierro de las herramientas que colgaban de ganchos y clavos. Pero el peso tiró de la herida del costado y la hizo caer de rodillas. La barra cayó también al suelo de cemento y aterrizó a pocos centímetros de una mancha vieja… la sangre de su padre, que seguía allí después de veinte años.

Se obligó a levantarse, eligió un martillo menos pesado que la barra de hierro y salió del cobertizo guiñándole los ojos al sol. La brisa hacía que le castañetearan los dientes.

No podía desmayarse.

– Mac.

– ¿Qué?

Ella parpadeó intentando concentrarse, intentando impedir que le diera vueltas la cabeza. Debía de estar alucinando, porque no era posible que tuviera tan mala suerte. Primero la atacaban de pronto, la apuñalaban y humillaban, ¿y ahora se materializaba ante ella Andrew Rook, agente especial del FBI, con su pelo moreno y sus ojos oscuros y sin humor?

Él achicó los ojos al ver la sangre que caía por el costado de ella. Se mostraba controlado, centrado.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Me han atacado. Y no ha sido un tiburón -señaló detrás del cobertizo con la mano ensangrentada-. El hombre que me ha pinchado está en el bosque. No lleva mucha ventaja. Puedes alcanzarlo.

– Necesitas un médico.

Ella negó con la cabeza.

– Mi amiga Carine está en el camino con su hijito. Yo no puedo ir a buscarlos -tosió. Un error, pues el dolor se hizo tan intenso que lo vio todo blanco y estuvo a punto de soltar el martillo-. Vete, ¿vale?

Rook metió la mano al bolsillo de la chaqueta.

– Llamaré a la policía.

– El móvil no funciona aquí. Hay un teléfono en la casa. Yo llamaré, tú vete -Mackenzie alzó la vista sujetándose el costado ensangrentado e intentó no estremecerse-. ¿Y se puede saber qué haces aquí?

Él suspiró entre los dientes apretados.

– Más tarde -sacó la pistola de su funda y se la tendió-. Voy a buscar a tu amiga. Quédate esto.

– No es necesario -ella levantó el martillo-. Estoy armada.

– Toma la maldita pistola, Mac -él le quitó el martillo y le puso la nueve milímetros en la mano-. Yo tengo otra.

Ella no discutió y se enderezó, súbitamente consciente de que llevaba un bikini rosa minúsculo.

Miró hacia la casa, pero después de dos pasos, el estómago le dio un vuelco. Se quedó inmóvil, mareada, con la mente confusa. ¿Cómo había ocurrido eso? Un rato antes estaba nadando y ahora se encontraba herida y discutiendo con el hombre al que había ido a olvidar a New Hampshire.

– Sabía mi nombre -dijo, cuando pasó la náusea.

Creyó oír que Rook maldecía entre dientes.

– Ponte presión en la herida y busca calor. No te arriesgues a una hipotermia.

Ella lo miró.

– ¿Intentas mosquearme o es que no piensas irte?

Rook no contestó y se alejó por el bosque.

Mackenzie se tambaleó hasta el porche de la casa y consiguió entrar en la cocina. Encontró el teléfono y marcó el 911. Contó a la operadora todo lo que sabía.

– Avise a los equipos que buscan a la senderista perdida de que el hombre que me ha atacado a mí puede haberla encontrado antes a ella.

– Señora, tiene que buscar un lugar seguro y tumbarse…

Ella había olvidado identificarse como agente federal. Lo hizo y ofreció el nombre de Gus como contacto.

Cuando colgó el teléfono, encontró un paño de cocina limpio y lo apretó en la herida, que seguía sangrando. Apartó bolsas de panecillos de hamburguesas y chocolatinas en busca de las llaves del coche de Carine. Iría a buscarla personalmente.

Temblaba, sudaba y se le doblaban las rodillas.

– Odio esto -dijo para sí; se puso las chanclas con el paño de cocina apretado en la herida.

Volvió al porche llevando la pistola de Rook en la mano libre. No tenía intención de desmayarse y estrellarse contra un árbol. No lo haría.

Pero cuando llegó al camino de grava, sabía ya que no iba a entrar en el coche de Carine. No iría a ninguna parte. No sólo por el riesgo para ella, sino porque podía acabar atropellando a alguien. Tal vez a Rook.

Se tensó para impedir que le castañetearan los dientes. Tendría que confiar en que Rook salvara a Carine y a su hijo.

Seis

Jesse Lambert escupió a un lado del camino estrecho de tierra que rodeaba el lago pintoresco y se preguntó si Mackenzie Stewart se desmayaría antes de que pudiera pedir ayuda o no. No sabía cómo de grave era su herida.

¿Y si sólo era un arañazo y ella lo perseguía ahora?

Esa idea le gustó. Le estimulaba estar de vuelta en las montañas. Unas semanas de marchas le agudizarían la mente, el cuerpo y el espíritu, apagados por el estilo de vida que llevaba en Washington. Volvería a estar en forma en poco tiempo. Pero no disponía de unas semanas… todavía no.

Le dolía la rodilla donde la agente federal le había dado una patada.

«Zorra».

Pero se sentía lleno de energía por el enfrentamiento entre ellos, por la lucha y el espíritu de ella. Eso no se lo esperaba. Pensó que debía haber sido el destino lo que la había llevado allí.

Y New Hampshire era el único lugar que se le ocurría donde Cal pudiera haber escondido su dinero.

¡Pobre Harris, que intentaba hacerse rico con una última apuesta! Pero New Hampshire era una respuesta razonable y Jesse había llegado allí la noche anterior y forjado un plan osado pero bien estructurado. Había considerado a Cal y a Harris socios que se habían aprovechado de su relación con él. Y ahora lo habían engañado.

A primera hora de la mañana había salido para las montañas. Sus montañas. Ellas lo consolaban y reconfortaban. Nunca estaba tan en paz consigo mismo como en las Montañas Blancas. Nunca viviría allí, porque hacerlo disminuiría el poder de restablecerlo que tenían. Pero siempre volvía a ellas después de un estallido violento.

El llanto del bebé lo sacó de sus pensamientos.

Una mujer dobló el recodo del camino con un niño con gorro rojo colgado en una especie de mochila a su espalda. Se sobresaltó y después sonrió.

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