Carla Neggers - Abandonada

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La marshal Mackenzie Stewart estaba pasando un tranquilo fin de semana en New Hampshire, en la casa de su amiga la jueza federal Bernadette Peacham, cuando fue atacada. Ella pudo repeler el ataque, pero el agresor consiguió escapar. Todo sugería que se trataba de un loco violento… hasta que llegó el agente del FBI Andrew Rook.
Mackenzie había roto con él su norma de no salir con agentes del orden, pero sabía que él no se había desplazado desde Washington para verla, sino porque trabajaba en su caso. A medida que continuaba la caza del misterioso atacante, el caso dio un giro inesperado cuando Mackenzie siguió a Rook a Washington y descubrió que un antiguo juez amigo de Bernadette, ahora caído en desgracia y convertido en informador de Rook, había desaparecido.
Mackenzie y Rook comprenderían entonces que había más en juego de lo que pensaban y que se enfrentaban a una mente criminal que no tenía nada que perder y estaba dispuesta a jugárselo todo.

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– Ah, hola. No sabía que había alguien aquí.

Jesse sabía que mentía, pues sujetaba una piedra grande en una mano. Lo había visto o lo había oído. La miró a los ojos.

– Bonita tarde para pasear -dijo.

Ella respiró hondo.

– Desde luego. Voy a reunirme con una amiga.

– Usted es Carine Winter, ¿verdad?

La mano de ella apretó visiblemente la piedra. ¿Qué iba a hacer? ¿Darle en la cabeza con ella? Llevaba a su hijito encima y estaba pensando en matar a un hombre a golpes. A él.

Pero ella señaló vagamente el camino.

– Llego tarde.

– Vale. Sin problemas -Jesse se colocó en la sombra de un roble al borde del camino para dejarla pasar-. He tropezado con Mackenzie Stewart hace unos minutos. Me ha dado un susto de muerte. Yo iba caminando y ella ha aparecido de pronto.

Carine apretó el paso sin decir palabra. Debía tener muchas preguntas sobre él, pero no se iba a quedar a hacerlas. Jesse vio que el gorro rojo del niño subía y bajaba con el paso apresurado de su madre, que caminaba todo lo deprisa que osaba ir sin atreverse a hacer daño a su hijo ni a llamar la atención sobre su miedo.

Era una Winter, y todos los Winter de las Montañas Blancas eran gente dura.

La sorpresa para él había sido Mackenzie Stewart.

– Dígale a su amiga pelirroja que no pretendía hacerle daño, que sólo estaba asustado -dijo.

Los marshals, el FBI, la policía estatal… todos analizarían lo que había dicho y pensarían que era algún tipo de loco.

Eso formaba parte de su plan y le parecía bien.

Levantó la voz para que Carine pudiera oírlo todavía.

– Tengo uno de sus calendarios. Me gusta mucho la foto de los somorgujos.

Era cierto que había comprado un calendario y lo había colgado en su casa de México. Ella era una fotógrafa de la naturaleza fantástica que conocía las Montañas Blancas tan bien como él y había captado su espíritu en las fotos.

Creyó oír el motor de un coche camino abajo y se escondió rápidamente bajo el roble con una oleada nueva de adrenalina bombeando por sus venas. Conocía cada centímetro de los senderos que serpenteaban entre las montañas. En menos de una hora él sería una aguja en un pajar y la policía no lo encontraría ni con perros.

Recordó los rizos cobrizos de Mackenzie Stewart, su figura sexy compacta y la sangre escarlata que rodaba por la piel cremosa de su muslo.

Era condenadamente guapa.

Descalza y empapada en su bikini rosa, había conseguido desarmarlo y había estado a punto de darle una paliza. Él había tenido que usar toda su fuerza de voluntad para incorporarse y correr al bosque.

Su atracción por ella había sido inesperada, tan potente y visceral como su impulso de apuñalarla. En ese segundo de decisión seguido de acción, cuando había saltado sobre ella, su intención había sido matarla. Si ella no lo hubiera parado y desarmado, ahora estaría muerta.

Jesse había sabido que atacaría algún día a Mackenzie Stewart desde el momento en que la había visto con la jueza Peacham en el hotel de Washington.

Y ese día había llegado.

Siete

El llanto de un bebé sacó a Rook del refugio de un trío de pinos blancos y salió al camino de tierra de encima del lago. Una mujer rubia que llevaba un niño a la espalda dio un respingo y saltó hacia atrás con una piedra en la mano alzada.

– FBI -dijo él con rapidez-. Andrew Rook. ¿Eres Carine?

Ella asintió y bajó el brazo. Él había sacado su revólver, un Smith & Wesson del calibre 38 que llevaba a veces en el tobillo, pero ella pareció relajarse un tanto.

– Se ha metido en el bosque -hizo una seña vaga detrás de sí-. El hombre al que busca, ¿verdad? Ha dicho que Mackenzie… -la mujer lo miró sin aliento y evidentemente alterada.

– Mackenzie está bien -no era necesario que entrara en detalles sobre el ataque en ese momento-. ¿El niño y usted están bien?

– Sí.

Carine cerró los ojos con fuerza y respiró por la nariz. Contuvo el aliento un instante y exhaló el aire por la boca. Volvió a abrir los ojos.

– Lo siento -le temblaba la voz-. Estoy algo alterada.

– ¿El hombre al que ha visto va a pie? ¿Tiene un vehículo?

– Va a pie. Yo no he visto ningún coche. El camino acaba en el bosque. Si tuviera coche, tendría que volver por aquí y a mí no me ha pasado nadie -hizo una pausa, ya más calmada-. Lleva tanta ventaja que puede estar en distintos senderos. Quizá pueda alcanzarlo.

Rook no tenía intención de dejarla.

– Vamos a volver con su amiga. La acompaño y me cuenta lo que ha pasado.

Carine palideció aún más.

– Mackenzie no está bien, ¿verdad?

– Se pondrá bien. Mac es dura.

Carine sonrió inesperadamente.

– ¿Le deja que la llame Mac?

– No, pero lo hago.

– Me ha hablado de usted.

No dijo nada más y Rook prefirió no imaginar lo que le habría contado de él.

Curiosamente, el niño de Carine le sonrió, mostrando dos dientes arriba, dos abajo y mucha baba. Tenía las pestañas pegadas por las lágrimas. Rook le devolvió la sonrisa.

– Ya estás a salvo, amigo -miró a su madre-. Es niño, ¿verdad?

– Harry -respondió ella-. Ese hombre… ¿sabe quién es?

– No.

– He oído ruido en el bosque, he pensado que podía ser un animal y he buscado una piedra -tendió la mano a sus espaldas y tocó el pie de su hijo, vestido con un calcetín rojo salido a medias-. He tenido encuentros con hombres duros otras veces, pero es distinto -movió la cabeza-. Es diferente cuando tienes que proteger a un niño.

– Claro que sí. Lo ha hecho muy bien. Ya están a salvo.

Mientras bajaban el sendero de tierra, ella le contó todos los detalles de lo que había vivido y terminó justo cuando llegaban a casa de Bernadette Peacham. Rook sabía que tenía que hablarle de la herida de Mackenzie, pero cuando se disponía a hablar, Carine salió corriendo delante de él.

– ¡Mackenzie!

Estaba sentada en el camino de grava, temblando, apoyada en el sedán que había alquilado Rook en el aeropuerto. Carine corrió hasta ella, se quitó la mochila con el niño y la dejó en la hierba. El niño se chupó el puño.

– Harris está creciendo -murmuró Mackenzie.

– Estás sangrando.

– Está controlado. No se me va a caer el hígado ni nada de eso.

Rook se acercó a ella.

– Estás tan blanca como una sábana. ¿Hay una ambulancia en camino?

– No necesito una ambulancia -ella apoyó la cabeza en el coche-. Veo que has alquilado un vehículo negro. Muy propio de un agente del FBI.

– Mac…

– No sé qué haces aquí, Rook. Vas de traje y armado hasta los dientes. No has venido a escalar Cold Ridge ni a tostar malvaviscos con Carine y conmigo, ¿verdad?

Él no contestó. Ella tenía los ojos vidriosos y los labios púrpura e intentaba controlar los temblores.

– Te estás congelando -dijo él. Se quitó la chaqueta deportiva que llevaba y se la puso encima. Ella hizo una mueca, pero no protestó-. Te llevaré personalmente a Urgencias si es preciso.

– Le he dicho a la operadora de la policía que me han apuñalado. Seguro que envían una ambulancia aunque no la necesito -Mackenzie cambió de posición sin dejar de apretarse el costado con el paño de cocina ensangrentado e hizo una mueca-. Si me desmayo, dejadme aquí en el camino. Recuperaré el conocimiento en unos segundos.

Carine parecía aliviada por el intento de humor de su amiga.

– ¿Hay algo que yo pueda hacer?

– Me encantaría tener ropa seca. Mi mochila está en la cocina. No quiero ir al hospital con un bikini rosa y la chaqueta de un poli.

– No me extraña. Vuelvo enseguida -Carine sacó al niño medio dormido de la mochila y se dirigió a la casa, impaciente por ayudar a su amiga.

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