Charles Bukowski - Mujeres

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Este gigantesco maratn sexual es un proceso de aprendizaje, de conocimiento, en el que Bukowski no escatima sarcsticas observaciones de s mismo, y en el que el machismo de textos anteriores queda seriamente erosionado; todo ello unido a incontables borracheras.Bukowski parace sugerir que las alternativas – una carrera ms respetable, literaria o la que fuese – son an ms deshumanizadas.

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Ann no dijo nada.

– Vamos, dime que soy grande.

– Muy bien, eres grande.

– Bueno, así me gusta. -Jack se acercó y la besó otra vez-. Me siento tan bien. El boxeo es una obra de arte, ya lo creo que sí. Hacen falta tripas para ser un gran artista y también hacen falta para ser un gran boxeador.

– Muy bien, Jack.

– Muy bien, Jack… ¿Eso es todo lo que sabes decir? Pattie se sentía feliz cada vez que yo ganaba. Éramos los dos felices durante toda la noche. ¿No puedes hacer tú lo mismo cuando hago algo bien? ¿Leches, estás enamorada de mí o estás enamorada de los perdedores, de los culos rastreros? Creo que serías más feliz si llegara aquí vencido.

– Yo quiero que ganes, Jack, lo que ocurre es que pones demasiado énfasis en lo que haces…

– Es mi manera de vivir, cojones, es mi vida. Me siento orgulloso de ser el mejor. Es como volar, es como volar a través del cielo y llegar hasta el sol.

– ¿Qué piensas hacer cuando ya no puedas pelear más?

– Infiernos, tendremos tanto dinero que podremos hacer lo que nos dé la gana.

– Excepto soportarnos, quizás.

– Puede que yo aprenda a leer Cosmopolitan, a cultivar mi mente.

– Bueno, hay bastante espacio por cultivar.

– Vete a joder ese coño.

– ¿Qué?

– Vete a joder ese coño.

– Bueno, eso es algo que tú no has hecho hace tiempo.

– Hay tíos a los que les gusta follarse mujeres rompecojones, a mí no.

– Supongo que Pattie no rompía los cojones.

– Todas las mujeres rompen los cojones. Tú eres la campeona.

– ¿Bueno, por qué no vuelves con Pattie?

– Tú estás aquí ahora. Y yo sólo puedo mantener una puta a un tiempo.

– ¿Puta?

– Puta.

Ann se levantó y se fue hacia el armario, sacó su maleta y comenzó a meter sus cosas en ella. Jack fue a la cocina y cogió otra cerveza. Ann estaba llorando, furiosa. Jack se sentó con su cerveza y se tomó un buen trago. Necesitaba un whisky, una botella de whisky y un buen puro.

– Volveré a por el resto de mis cosas cuando no estés por aquí.

– No te preocupes. Te las mandaré todas.

Ella se paró un momento en la puerta.

– Bueno, creo que esto es el final.

– Supongo que lo es -contestó Jack.

Ann cerró la puerta y se fue. Comportamiento clásico. Jack acabó su cerveza y se dirigió hacia el teléfono. Marcó el número de Pattie. Ella se puso.

– ¿Pattie?

– Oh, Jack, hola, ¿cómo estás?

– Gané una gran pelea esta noche. Por puntos. Ya sólo me falta vencer a Parvinelli y consigo el campeonato.

– Los pulverizarás a los dos, Jack. Sé que puedes hacerlo.

– ¿Vas a hacer algo esta noche, Pattie?

– Es la una de la mañana, Jack. ¿Has estado bebiendo?

– Un poco. Lo estoy celebrando.

– ¿Qué pasa con Ann?

– Hemos acabado. Yo sólo voy con una mujer a un tiempo, ya lo sabes.

– Jack…

– ¿Qué?

– Estoy con un tío.

– ¿Un tío?

– Toby Jorgenson. Está en el dormitorio…

– Oh, lo siento.

– Yo también lo siento, Jack, yo te amaba… Quizás te amo todavía.

– Oh, mierda, vosotras las mujeres, siempre lanzando esa palabra por todas partes.

– Lo siento, Jack.

– Está bien. -Jack colgó. Se fue al armario a por su abrigo. Se lo puso, acabó la cerveza, bajó en el ascensor hasta el garaje, cogió su coche y se fue calle Normandie arriba, conduciendo a más de 80 kilómetros por hora. Paró en la tienda de licores de Hollywood Boulevard. Bajó del coche y entró. Cogió un paquete de puros de primera y unos sellos de Alka-Seltzer. Luego se fue hacia la caja y le pidió al encargado una botella de Jack Daniels. Mientras se lo envolvían todo, se acercó un borracho con dos paquetes de puros baratos.

– ¡Hey, tío! -le dijo a Jack-. ¿No eres tú Jack Backenweld, el boxeador?

– Sí, yo soy -contestó Jack.

– Hostia, he visto la pelea de esta noche. Jack. Tú sí que tienes un par de cojones. ¡Eres realmente grande!

– Gracias, tío -le dijo al borracho, y entonces cogió la bolsa con sus cosas y se fue hacia el coche. Subió, se sentó, le quitó el tapón a la botella y se tiró un buen trago. Luego arrancó, bajó por West-Hollywood a toda velocidad, dobló en la esquina con Normandie y vio a una jovencita muy bien dotada bajando por la calle. Paró el coche, sacó la botella y se la enseñó gritando, vacilón.

– ¿Quieres dar una vuelta?

Se sorprendió al ver que ella se metía en el coche.

– Le ayudaré a beber esa botella, señor, pero no intente cobrar intereses.

– Cristo, no -dijo Jack.

Bajó por la calle Normandie a 40 Km./h., un ciudadano respetable y el tercer semipesado del mundo. Por un momento pensó en revelarle a la muchacha quién era el tipo con el que estaba dando una vuelta, que se diera cuenta de lo que significaba, pero cambió de idea, extendió su mano hacia la chica y se la puso sobre una rodilla.

– ¿Tiene un cigarrillo, señor? -preguntó ella.

El sacó uno y se lo alcanzó, presionó el encendedor del coche, y cuando saltó, le encendió el cigarrillo.

No hay camino al paraíso

Yo estaba sentado en un bar de Western Avenue. Era alrededor de medianoche y me encontraba en mi habitual estado de confusión. Quiero decir, bueno, ya sabes, nada funciona bien: las mujeres, el trabajo, el ocio el tiempo, los perros… Finalmente sólo puedes ir y sentarte atontado, totalmente noqueado, y esperar; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.

Bueno, pues yo estaba allí sentado y aquí entra una con el pelo largo y moreno, un bello cuerpo y tristes ojos marrones. Yo no dí la vuelta para mirarla, seguí con mi vaso. La ignoré incluso cuando vino y se sentó a mi lado a pesar de que todos los demás asientos estaban vacíos. De hecho, éramos las únicas personas que había en el bar sin contar al encargado. Pidió un vino seco. Entonces me preguntó lo que estaba bebiendo.

– Escocés con agua – contesté.

– Y sírvale al señor un escocés con agua – le dijo al barman.

Bueno, esto no era muy normal.

Abrió su bolso, cogió una pequeña jaula, sacó de ella unos hombrecitos y los puso sobre la barra. Tenían alrededor de diez centímetros de altura, estaban apropiadamente vestidos y parecían tener vida. Eran cuatro: dos mujeres y dos hombres.

– Ahora los hacen así – dijo ella -. Son muy caros. Me costaron cerca de 2000 dólares cada uno cuando los compré. Ahora ya valen cerca de 2400. No conozco el proceso de fabricación pero probablemente sea ilegal.

Estaban paseando sobre la barra. De repente, uno de los hombrecitos abofeteó a una de las pequeñas mujeres.

– ¡Tú, perra! – dijo -. No quiero saber nada más de ti.

– ¡No, George, no puedes hacerme esto! – gritaba ella llorando -. ¡Yo te amo! ¡Me mataré! ¡Te necesito!

– No me importa – dijo el hombrecito, y sacó un minúsculo cigarrillo, encendiéndolo con gesto altivo -. Tengo derecho a hacer lo que se me dé la gana.

– Si tú no la quieres – dijo el otro hombrecito – yo me quedo con ella, yo la amo.

– Pero yo no te quiero a ti, Marty. Yo estoy enamorada de George.

– Pero él es un cabrón, Anna, un verdadero cabronazo.

– Lo sé, pero le amo de todos modos.

Entonces el pequeño cabrón se fue hacia la otra mujercita y la besó.

– Creo que se me está formando un triángulo – dijo la señorita que me había invitado al whisky-. Te los presentaré. Ese es Marty, y George, y Anna y Ruthie. George va de bajada, se lo hace bien. Marty es una especie de cabeza cuadrada.

– ¿No es triste mirar todo esto? Erh… ¿Cómo te llamas?

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