Rosette los mantenía al día con las noticias de Maurice, que llegaban con un atraso de dos o tres meses. El profesor Harrison Cobb, después de escuchar los pormenores de la historia, le ofreció a Maurice hospitalidad en su casa, donde vivía con una hermana viuda y su madre, una anciana chiflada que comía flores. Más tarde, cuando supo que Rosette estaba encinta y daría a luz en noviembre, le rogó que no buscara otro alojamiento, sino que trajera a su familia a convivir con ellos. Agatha, su hermana, era la más entusiasmada con esa idea, porque Rosette la ayudaría a cuidar a su madre y la presencia de la criatura los alegraría a todos. Esa casa enorme, atravesada por corrientes de aire, con habitaciones vacías, donde nadie había puesto un pie en muchos años, y antepasados vigilando desde sus retratos en las paredes, necesitaba una pareja enamorada y un niño, anunció.
Maurice comprendió que Rosette tampoco podría viajar en el verano y se resignó a una separación que se prolongaría más de un año, hasta que pasara el próximo invierno, ella se hubiera recuperado del parto y el niño pudiera soportar la travesía. Entretanto alimentaba el amor con un río de cartas, como había hecho siempre, y se concentró en estudiar en cada minuto libre. Harrison Cobb lo empleó como secretario, pagándole mucho más de lo que correspondía por clasificar sus papeles y ayudarlo a preparar sus clases, un trabajo liviano que le dejaba tiempo a Maurice para estudiar leyes y para lo único que a Cobb le parecía importante: el movimiento abolicionista. Asistían juntos a manifestaciones públicas, redactaban panfletos, recorrían periódicos, comercios y oficinas, hablaban en iglesias, clubes, teatros y universidades. Harrison Cobb encontró en él al hijo que nunca tuvo y al compañero de lucha que había soñado. Con ese joven a su lado, el triunfo de sus ideales le parecía al alcance de la mano. Su hermana Agatha, también abolicionista como todos los Cobb, incluso la dama que comía flores, contaba los días que faltaban para ir al puerto a recibir a Rosette y el bebé. Una familia de sangre mezclada era lo mejor que podía ocurrirles, era la encarnación de la igualdad que predicaban, la prueba más contundente de que las razas pueden y deben mezclarse y convivir en paz. ¡Qué impacto tendría Maurice cuando se presentara en público con su esposa de color y su hijo a defender la emancipación! Eso sería más elocuente que un millón de panfletos. A Maurice los encendidos discursos de sus benefactores le resultaban un poco absurdos, porque en realidad nunca había considerado a Rosette distinta a él.
El verano de 1806 se hizo muy largo y trajo a Nueva Orleans una epidemia de cólera y varios incendios. A Toulouse Valmorain, acompañado por la monja que lo cuidaba, lo trasladaron a la plantación, donde se instaló la familia a pasar los peores calores de la temporada. Parmentier diagnosticó que la salud del paciente era estable y el campo seguramente lo aliviaría. Los remedios, que Hortense le diluía en la sopa, porque se negaba a tomarlos, no le habían mejorado el carácter. Se había puesto rabioso, tanto que él mismo no se soportaba. Todo le producía irritación, desde el escozor de los pañales hasta la risa inocente de sus hijas en el jardín, pero más que nada Maurice. Tenía fresca en la memoria cada etapa de la vida de su hijo. Recordaba cada palabra que se dijeron al final y las repasaba mil veces buscando una explicación para esa ruptura tan dolorosa y definitiva. Pensaba que Maurice había heredado la locura de su familia materna. Por sus venas corría la sangre debilitada de Eugenia García del Solar y no la sangre fuerte de los Valmorain. No reconocía nada propio en ese hijo. Maurice era igual a su madre, con iguales ojos verdes, su enfermiza propensión a la fantasía e impulso de destruirse a sí mismo.
Contrariamente a lo que suponía el doctor Parmentier, su paciente no encontró descanso sino más preocupaciones en la plantación, donde pudo comprobar el deterioro que Sancho le había anticipado. Owen Murphy se había marchado al norte con toda su familia, a ocupar la tierra que había adquirido penosamente, después de trabajar treinta años como animal de carga. En su lugar había un capataz joven recomendado por el padre de Hortense. Al día siguiente de llegar, Valmorain decidió buscar otro, porque el hombre carecía de experiencia para manejar una plantación de ese tamaño. La producción había disminuido de forma notoria y los esclavos parecían desafiantes. Lo lógico habría sido que Sancho se hiciera cargo de esos problemas, pero resultó obvio para Valmorain que su socio sólo cumplía un papel decorativo. Eso lo obligó a apoyarse en Hortense, aun sabiendo que mientras más poder tuviera ella, más se hundía él en su poltrona de hemipléjico.
Discretamente, Sancho se había propuesto reconciliar a Valmorain con Maurice. Debía hacerlo sin levantar las sospechas de Hortense Guizot, a quien las cosas le estaban saliendo mejor de lo planeado y ahora tenía control sobre su marido y todos sus bienes. Se mantenía en contacto con su sobrino mediante cartas muy breves, porque no escribía bien en francés; en español lo hacía mejor que Góngora, aseguraba, aunque nadie a su alrededor sabía quién era ese señor. Maurice le contestaba con los detalles de su vida en Boston y profusos agradecimientos por la ayuda que daba a su mujer. Rosette le había contado que recibía dinero a menudo del tío, quien jamás lo mencionaba. Maurice también le comentaba los pasos de hormiga con que avanzaba el movimiento antiesclavista y otro tema que lo tenía obsesionado: la expedición de Lewis y Clark, enviada por el presidente Jefferson a explorar el río Missouri. La misión consistía en estudiar a las tribus indígenas, la flora y fauna de esa región casi desconocida por los blancos y alcanzar, si fuera posible, la costa del Pacífico. A Sancho la ambición americana de ocupar más y más tierra lo dejaba frío, «quien mucho abarca, poco aprieta», pensaba, pero a Maurice le inflamaba la imaginación y si no hubiera sido por Rosette, el bebé y el abolicionismo, habría partido a la siga de los exploradores.
Tété tuvo a su hija en el bochornoso mes de junio ayudada por Adèle y Rosette, quien quería ver de cerca lo que le esperaba a ella al cabo de unos meses, mientras Loula y Violette se paseaban por la calle tan nerviosas como Zacharie. Cuando tomó a la niña en brazos, Tété se echó a llorar de felicidad: podía amarla sin miedo a que se la quitaran. Era suya. Debería defenderla de enfermedades, accidentes y otras desgracias naturales, como a todos los niños, pero no de un amo con derecho a disponer de ella como le diera la gana.
La dicha del padre fue exagerada y los festejos que organizó fueron tan generosos que Tété se asustó: podían atraer mala suerte. Por precaución, le llevó la recién nacida a la sacerdotisa Sanité Dédé, quien cobró quince dólares por protegerla con un ritual de salivazos propios y sangre de gallo. Después se fueron todos a la iglesia para que el Père Antoine la bautizara con el nombre de su madrina: Violette.
El resto de ese verano húmedo y caliente se le hizo eterno a Rosette. A medida que su vientre crecía, más falta le hacía Maurice. Vivía con su madre en la casita que había comprado Zacharie y estaba rodeada de mujeres que no la dejaban nunca sola, pero se sentía vulnerable. Siempre había sido fuerte -se creía muy afortunada- pero ahora se había puesto temerosa, sufría pesadillas y la asaltaban nefastos presentimientos. «¿Por qué no me fui con Maurice en febrero? ¿Y si algo le pasa? ¿Si no volvemos a vernos? ¡Nunca debimos separarnos!», lloraba. «No pienses cosas malas, Rosette, porque el pensamiento hace que sucedan», le decía Tété.
En septiembre, algunas familias que escapaban al campo ya estaban de vuelta y entre ellos Hortense Guizot con sus hijas. Valmorain se quedó en la plantación, porque todavía no conseguía reemplazar al capataz y porque estaba harto de su mujer y ella de él. No sólo le fallaba el capataz, tampoco podía contar con Sancho para que lo acompañara, porque se había ido a España. Le habían informado que podía recuperar unas tierras de cierto valor, aunque abandonadas, pertenecientes a los García del Solar. Esa insospechada herencia era sólo un dolor de cabeza para Sancho, pero tenía deseos de volver a ver su país, donde no había estado desde hacía treinta y dos años.
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