Valmorain se iba recuperando de a poco del ataque gracias a los cuidados de la monja, una alemana severa y completamente inmune a las rabietas de su paciente, que lo obligaba a dar unos pasos y ejercitarse apretando una pelota de lana con la mano enferma. Además, le estaba curando la incontinencia a punta de humillarlo por el asunto de los pañales. Entretanto Hortense se instaló con su séquito de niñeras y otros esclavos en la casa de la ciudad y se dispuso a disfrutar de la temporada social, libre de ese marido que le pesaba como un caballo muerto. Tal vez podría organizarse para mantenerlo vivo, como era lo conveniente, pero siempre lejos.
Había transcurrido apenas una semana desde que la familia había vuelto a Nueva Orleans, cuando en la calle Chartres, donde había ido con su hermana Olivie a comprar cintas y plumas, pues conservaba la costumbre de transformar sus sombreros, Hortense Guizot se topó con Rosette. En los últimos años había visto a la joven de lejos en un par de ocasiones y no tuvo dificultad en reconocerla. Rosette vestía de lanilla oscura, con un chal tejido en los hombros y el pelo recogido en un moño, pero la modestia de su atuendo nada restaba a la altivez de su porte. A Hortense la hermosura de esa joven siempre le había parecido una provocación y más que nunca ahora, que ella misma se ahogaba en su gordura. Sabía que Rosette no se había ido con Maurice a Boston, pero nadie le había dicho que estuviera encinta. Inmediatamente sintió un campanazo de alerta: ese niño, sobre todo si era varón, podía amenazar el equilibrio de su vida. Su marido, tan débil de carácter, aprovecharía ese pretexto para reconciliarse con Maurice y perdonarle todo.
Rosette no se fijó en las dos señoras hasta que las tuvo muy cerca. Dio un paso al lado, para dejarlas pasar, y las saludó con un buenos días cortés, pero sin nada de la humildad que los blancos esperaban de la gente de color. Hortense se le plantó por delante, desafiándola. «Fíjate, Olivie, qué atrevida es ésta», le dijo a su hermana, que se sobresaltó tanto como la misma Rosette. «Y fíjate lo que lleva puesto, ¡es de oro! Las negras no pueden usar joyas en público. Merece unos azotes, ¿no te parece?», agregó. Su hermana, sin entender qué le pasaba, la tomó del brazo para llevársela, pero ella se desprendió y de un tirón le arrancó a Rosette la medalla que Maurice le había dado. La joven se echó hacia atrás, protegiéndose el cuello y entonces Hortense le cruzó la cara de una bofetada.
Rosette había vivido con los privilegios de una niña libre, primero en casa de Valmorain y después en el colegio de las ursulinas. Nunca se había sentido esclava y su hermosura le daba una gran seguridad. Hasta ese momento no había sufrido abuso de los blancos y no sospechaba el poder que tenían sobre ella. Instintivamente, sin darse cuenta de lo que hacía ni imaginar las consecuencias, le devolvió el golpe a esa desconocida que la había atacado. Hortense Guizot, pillada de sorpresa, se tambaleó, se le dobló un tacón y estuvo a punto de caerse. Se puso a gritar como endemoniada y en un instante se formó un corrillo de curiosos. Rosette se vio rodeada de gente y quiso escabullirse, pero la sujetaron por atrás y momentos más tarde los guardias se la llevaron arrestada.
Tété se enteró media hora después, porque muchas personas habían presenciado el incidente, la noticia voló de boca en boca y llegó a oídos de Loula y Violette, que vivían en la misma calle, pero no pudo ver a su hija hasta la noche, cuando el Père Antoine la acompañó. El santo, que conocía la cárcel como su casa, apartó al guardia y condujo a Tété por un angosto pasillo alumbrado por un par de antorchas. A través de las rejas se vislumbraban las celdas de los hombres y al final estaba la celda común donde se hacinaban las mujeres. Eran todas de color, menos una muchacha de cabello amarillento, posiblemente una sierva, y había dos niños negros, en harapos, durmiendo pegados a una de las presas. Otra tenía un infante en brazos. El suelo estaba cubierto por una delgada capa de paja, había unas cuantas mantas inmundas, un balde para aliviar el cuerpo y un jarro con agua sucia para beber; a la fetidez del ambiente contribuía el olor inconfundible de carne en descomposición. En la pálida luz que se filtraba del pasillo, Tété vio a Rosette sentada en un rincón entre dos mujeres, envuelta en su chal, con las manos en el vientre y el rostro hinchado de llorar. Corrió a abrazarla, aterrada, y tropezó con los pesados grillos que le habían puesto a su hija en los tobillos.
El Père Antoine venía preparado, porque conocía de sobra las condiciones en que estaban los presos. En su canasto traía pan y trozos de azúcar para repartir entre las mujeres y una manta para Rosette. «Mañana mismo te sacaremos de aquí, Rosette, ¿verdad mon père?» , dijo Tété, llorando. El capuchino guardó silencio.
La única explicación que pudo imaginar Tété para lo ocurrido fue que Hortense Guizot quiso vengarse por la ofensa que ella le había hecho a su familia al negarse a cuidar a Valmorain. No sabía que la sola existencia de ella y Rosette era una injuria para esa mujer. Derrotada, fue a la casa de Valmorain, donde había jurado no volver a poner los pies, y se tiró al suelo ante su antigua ama para suplicarle que liberara a Rosette y a cambio ella cuidaría a su marido, haría lo que le pidiera, cualquier cosa, tenga piedad, señora. La otra mujer, envenenada de rencor, se dio el gusto de decirle todo lo que se le ocurrió y después hacerla echar a empujones de su casa.
Tété hizo lo posible por aliviar a Rosette, con sus limitados recursos. Dejaba a su pequeña Violette con Adèle o con Loula y llevaba comida a diario a la cárcel para todas las mujeres, porque estaba segura de que Rosette compartiría lo que recibiera y no podía soportar la idea de que pasara hambre. Debía dejar las provisiones con los guardias, porque rara vez la dejaban entrar, y no sabía cuánto esos hombres le entregaban a las presas y cuánto se apropiaban. Violette y Zacharie se hacían cargo del gasto y ella pasaba la mitad de la noche cocinando. Como además trabajaba y cuidaba a su niñita, vivía extenuada. Se acordó de que Tante Rose prevenía enfermedades contagiosas con agua hervida y les rogó a las mujeres que no probaran el agua del jarro, aunque se murieran de sed, sólo el té que ella les llevaba. En los meses anteriores varias habían muerto de cólera. Como ya hacía frío en las noches, consiguió ropa gruesa y más mantas para todas, porque su hija no podía ser la única abrigada, pero la paja húmeda del suelo y el agua que exudaban las paredes le produjo a Rosette dolor al pecho y una tos persistente. No era la única enferma, otra estaba peor, con una llaga gangrenada producida por los grillos. Ante la insistencia de Tété, el Père Antoine logró que le permitieran llevar a la mujer al hospital de las monjas. Las otras ya no volvieron a verla, pero una semana más tarde supieron que le habían cortado la pierna.
Rosette no quiso que avisaran a Maurice de lo que había ocurrido, porque estaba segura de que iba a salir en libertad antes de que él alcanzara a recibir la carta, pero la justicia se retrasaba. Transcurrieron seis semanas antes de que el juez revisara su caso y actuó con relativa prisa solamente porque se trataba de una mujer libre y por presión del Père Antoine. Las otras presas podían esperar años nada más que para saber por qué fueron arrestadas. Los hermanos de Hortense Guizot, abogados, habían presentado los cargos contra ella «por haber atacado a golpes a una señora blanca». La pena consistía en azotes y dos años de cárcel, pero el juez cedió ante el santo y suprimió los azotes, en vista de que Rosette estaba encinta y que la misma Olivie Guizot describió los hechos tal como fueron y se negó darle la razón a su hermana. Al juez también lo conmovió la dignidad de la acusada, que se presentó con un vestido limpio y contestó a los cargos sin mostrarse altanera, pero sin flaquear, a pesar de que le costaba hablar por la tos y que las piernas apenas la sostenían.
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