Array Array - Historia de Mayta

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—Mayta y Vallejos me hicieron un gran servicio —murmura, por tercera vez en la mañana— Si no hubiera sido por ellos, seguiría en algún grupúsculo, tratando de vender cincuenta números quincenales de un periodiquito, a sabiendas de que los obreros no lo iban a leer, o que, si lo leían, no lo iban a entender.

Se limpia la boca y con una seña indica al mozo que se lleve su plato.

—Cuando lo de Vallejos, yo ya no creía en lo que hacíamos —añade, con aire fúnebre—. Me daba perfecta cuenta que no conducía a nada, salvo a que volviéramos a la cárcel de cuando en cuando, al exilio de cuando en cuando, y a la frustración política y personal. Y, sin embargo… La inercia, algo que se puede llamar eso o no sé qué. Un miedo pánico a sentirte desleal, traidor. Con los camaradas, con el Partido, contigo mismo. Un terror a borrar de golpe lo que, mal que mal, han sido años de lucha y sacrificio. A los curas que cuelgan la sotana debe pasarles eso.

Me mira como si sólo en ese instante advirtiera que sigo con él.

—¿Alguna vez Mayta se sintió desanimado? —le pregunto.

—No lo sé, tal vez no, él era granítico. —Queda un momento pensativo y encoge los hombros—. O tal vez sí, pero en secreto. Supongo que todos teníamos arrebatos de lucidez en los que veíamos que estábamos al fondo del pozo y sin escalera para trepar.

Pero no lo confesábamos ni muertos. Sí, Mayta y Vallejos me hicieron un gran favor.

—Lo repites tanto que parece que no lo creyeras. O que no te hubiera servido de gran cosa.

—No me ha servido de gran cosa —afirma, con gesto desganado.

Y como me río y me burlo de él diciéndole que es uno de los pocos intelectuales peruanos que ha conseguido independencia y, además, del que puede decirse que hace cosas y ayuda a hacer cosas a sus colegas, me desarma con un ademán irónico. ¿Me refiero a Acción para el Desarrollo? Sí, le servía al Perú, sin duda era un aporte mayor que el que había hecho a este país en veinte años de militancia. Sí, servía también a quienes el Centro les publicaba libros, les conseguía becas y los libraba del burdel de la Universidad. Pero a él, en cambio, lo frustraba. De otra manera que el POR(T), por supuesto. Él hubiera querido —me mira como preguntándose si merezco la confidencia— ser uno de ellos. Investigar, escribir, publicar. Un viejo proyecto muy ambicioso que, ahora lo sabía, nunca llevaría a cabo. Una Historia Económica del Perú. General y pormenorizada, desde las culturas preincaicas hasta nuestros días. ¡Descartado, igual que todos los otros proyectos académicos! Mantener el Centro vivo significaba ser administrador, diplomático, publicista y, sobre todo, burócrata, veinticuatro horas del día. No, veintiocho, treinta. Pues, para él, los días tenían treinta horas.

—¿No es gracioso que un ex–trotskista que se pasó la juventud despotricando contra la burocracia termine de burócrata? —dice, intentando recobrar su buen humor.

—El asunto no da para más —protestó el Camarada Joaquín—. No da para más ¿no se dan cuenta?

En efecto, pensó Mayta, no lo daba, y, además, ¿cuál era el asunto en cuestión? Pues hacía rato que, por culpa del Camarada Medardo, quien había traído al debate la participación de los soviets de soldados en la Revolución rusa, discutían sobre la rebelión de los marineros de Kronstad y su aplastamiento. Según Medardo, esa rebelión antisocialista, en febrero de 1921, era una buena prueba de la dudosa conciencia de clase de la tropa y de los riesgos de confiar en las potencialidades revolucionarias de los soldados. Picado de la lengua, el Camarada Jacinto replicó que en vez de hablar de su actuación en 1921, Medardo debía recordar lo que habían hecho los marineros de Kronstad en 1905. ¿No fueron los primeros en alzarse contra el Zar? ¿Y en 1917 no se adelantaron a la mayoría de las fábricas en formar un soviet? La discusión se desvió luego hacia la actitud de Trotski respecto a Kronstad. Medardo y Anatolio recordaron que en su Historia de la Revolución aprobó, como mal menor, la represión del alzamiento, porque era objetivamente contrarrevolucionario y servía a los rusos blancos y a las potencias imperialistas. Pero Mayta estaba seguro que Trotski había rectificado luego esa tesis y aclarado que él no intervino en la represión de los marineros, la que había sido obra exclusiva del Comité de Petrogrado presidido por Zinoviev. Incluso, escribió que en el exterminio de los marineros rebeldes, durante el gobierno de Lenin, asomaron ya los primeros antecedentes de los crímenes antiproletarios de la burocratización estalinista. Al final, la discusión, por un vuelco imprevisto, se atrancó en si las obras de Trotski estaban bien traducidas al español.

—No tiene sentido que votemos sobre esto —opinó Mayta—. Lleguemos a un consenso, se puede conciliar los planteamientos. Aunque me parece poco probable, reconozco que Vallejos podría estar encargado de infiltrarnos o de alguna provocación. De otro lado, como ha dicho el Camarada Jacinto, no debemos desperdiciar la oportunidad de ganarnos a un militar joven. Ésta es mi propuesta. Haré contacto con él, lo tantearé, veré si hay manera de atraerlo. Sin darle, por supuesto, ninguna información sobre el Partido. Si huelo algo sospechoso, punto final. Y, si no, ya se verá qué hacemos, sobre la marcha.

O porque estaban cansados o porque había sido más persuasivo, aceptaron. Al ver que las cuatro cabezas asentían, conformes, se alegró: podría comprar cigarrillos, fumar.

—En todo caso, si las tenía, disimulaba muy bien sus crisis —dice Moisés—. Es algo que siempre le envidié: la seguridad en lo que hacía. No sólo en el POR(T). También antes, cuando era moscovita o aprista.

—Cómo explicas todos esos cambios, entonces. ¿Por convencimiento ideológico? ¿Por razones psicológicas?

—Morales, más bien —me rectifica Moisés—. Aunque, hablar de moral en el caso de Mayta te parecerá incongruente ¿no?

En sus ojos brilla una luz maliciosa. ¿Espera una pequeña insinuación para enrumbar por el lado de la chismografía?

—No me parece incongruente en absoluto —le aseguro—. Siempre sospeché que todos esos cambios políticos de Mayta tenían una razón más emotiva o ética que ideológica.

—La búsqueda de la perfección, de lo impoluto —sonríe Moisés—. Había sido muy católico de chico. Hasta hizo una huelga de hambre para aprender cómo vivían los pobres. ¿Sabías eso? Le venía de ahí, tal vez. Cuando se persigue la pureza, en política, se llega a la irrealidad.

Me observa un momento, callado, mientras el mozo nos sirve los cafés. Mucha gente ha partido del Costa Verde, entre ellos el hombre importante con sus guardaespaldas armados de metralletas, y, además de oír de nuevo la voz del mar, divisamos, hacia la izquierda, entre los rompeolas de Barranquito, a unos tablistas que esperan los tumbos, sentados en sus tablas como jinetes. «Un atentado desde el mar sería lo más fácil, dice alguien. La playa no está cuidada. Hay que advertirle al administrador.»

—¿Qué es lo que te interesa tanto de Mayta? —me pregunta Moisés, mientras, con la punta de la lengua, toma la temperatura del café—. Entre todos los revolucionarios de esos años, es el más borroso.

—No sé, hay algo en su caso que me atrae más que el de otros. Cierto simbolismo de lo que vino después, un anuncio de algo que nadie pudo sospechar entonces que vendría.

No sé cómo seguir. Si pudiera, se lo aclararía, pero, a estas alturas, solamente sé que la historia de Mayta es la que quiero conocer e inventar, con la mayor vitalidad posible. Podría darle razones morales, sociales, ideológicas, demostrarle que es la más importante y urgente de las historias. Todo sería mentira. La verdad, no sé por qué la historia de Mayta me intriga y me perturba.

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