La gente hablaba sobre la caja de madera. Decían que era una prueba de que Emília no estaba en sus cabales. La llevaba con ella cada vez que salía de la casa. La trasladaba a la cocina cuando preparaba sus comidas. Para Emília, la caja de madera era una prueba de que no estaba sola. Aún tenía a su tío Tirso, y su presencia la consolaba.
La mayoría de los presentes se reunieron en la sala de estar, pero algunos necesitaban un vaso de agua o una rodaja de la empalagosa tarta macaxeira para soportar todo el velatorio. Esos dolientes se abrieron paso rápidamente hasta la cocina, y se fueron al lado del fogón apagado y alrededor de la mesa de la cocina. Intentaron hablar en voz baja, pero Emília los escuchó desde el pasillo. Se colocó al lado de la puerta de la cocina, manteniendo el cuerpo apartado de la entrada, y contuvo la respiración, como lo había hecho tantas veces cuando espiaba a sus antiguos pretendientes.
– Pobrecita -susurró una mujer.
– Necesita ser fuerte -interrumpió doña Chaves; Emília la reconoció por la voz nasal-. Esa muchacha nació con demasiadas pretensiones… Siempre es tan estirada… y Sofía se lo fomentaba. Ahora tendrá que casarse con un muchacho de Taquaritinga, le guste o no.
– Me refería a su hermana.
– Ah -suspiró doña Chaves-. Por supuesto. ¡La pobre Gramola! Pues sí, sólo Dios sabe lo que le habrán hecho.
– Debería sentirse avergonzado -intervino el señor Chaves-. El coronel Pontes jamás lo habría permitido en Caruaru.
– Eso es porque el coronel Pontes no lo tuvo todo servido en bandeja -respondió otro hombre más viejo. Emília no pudo identificar su voz aguardentosa-. De niño, ni siquiera tenía un palo para pegarle a un perro. Sabe lo que significa luchar por algo.
– Para empezar, si el coronel Pereira tuviera agallas, no habrían venido aquí.
– Sí, pero si fuera su hija, ya habrían encontrado el cuerpo. Sería enterrada como corresponde.
El anciano emitió un gruñido.
– Si hubiera sido mi hija, le habría pegado un tiro delante de esos bastardos. Prefiero que una hija mía esté muerta a que se la lleve una horda de hombres degenerados.
Emília entró en la cocina. Los dolientes se callaron. Puso la caja de tío Tirso en el centro de la mesa. Ni doña Chaves ni los demás miraron a Emília, sino que mantuvieron la vista fija en la caja. Lentamente, uno por uno, salieron de la cocina. Emília se sentó. Se sirvió un vaso de agua y cortó una porción de tarta. Oyó voces que llegaban desde la sala. No era el monótono zumbido de las oraciones, sino un cuchicheo rápido de voces que se superponían unas sobre otras. La muchacha las ignoró.
Más tarde, cuando el cielo se oscureció y los asistentes al duelo por tía Sofía se marcharon para encender sus hogueras de San Juan y comer sus mazorcas de maíz a la parrilla, sólo permanecieron Emília y tío Tirso. Mientras dormitaba desplomada sobre una silla al lado del cadáver de su tía hasta que la despertó el fragor de los fuegos artificiales y le recordó que debía levantarse para encender más velas, su tío Tirso seguía allí, como una presencia constante, en la caja, junto a sus pies.
Emília había temido que los cangaceiros le hicieran daño, pero Luzia no. Cuando caminaba de una punta a la otra de la hilera de hombres en el jardín del coronel, apuntando sus medidas, Emília no se apartó de tía Sofía. Encorvó los hombros hacia abajo y levantó la libreta en alto para ocultar su pecho. No los miró a los ojos. Y cuando el Halcón gritó: «¡Tú!», Emília se dio la vuelta. Primero intentó calmarse y luego levantó la mirada de la libreta. Cuando se dio cuenta de que estaba mirando a Luzia y no a ella, Emília sintió sorpresa y alivio a la vez. Aquel hombre la ponía nerviosa. No era su aspecto, pues habría sido buen mozo de no haber sido por la mala higiene y la cicatriz de su rostro. Era su forma de actuar lo que la molestaba. Emília estaba acostumbrada a los hombres ruidosos: los granjeros, que se gritaban entre sí en los campos; los carniceros y tenderos, que se saludaban en el mercado semanal con alaridos y golpes violentos en la espalda. Sólo los hombres de mayor nivel social, como el profesor Celio, hablaban en voz más baja. Pero el Halcón llamaba la atención de manera silenciosa, moviendo el lado del rostro sin cicatriz, ladeando la cabeza o señalando con su grueso dedo. Sus hombres lo miraban constantemente desde la fila que habían formado para medirse, siempre atentos a captar esos indicios silenciosos. A la mayoría de la gente la engañaba haciéndola creer que era discreto y reservado, pero no a Emília. Su voz lo traicionaba. Rara vez hablaba, pero cuando lo hacía su voz salía como un trueno de las entrañas y obligaba a todo el mundo a prestarle atención. Era tan grosero como un granjero cualquiera. Peor, creía Emília, porque intentaba enmascararlo.
Había observado cómo lo medía su hermana. Levantó la vista de su libreta y vio a Luzia dejar caer la cinta métrica. Era raro en ella. Desde el accidente, Luzia había perdido los nervios y la vergüenza. Si le disgustaba una persona, Luzia se acercaba a ella, observándola desde su gran altura, como un pájaro, como si no fuera parte de su mundo, sino algo inferior, de menos valor. El Halcón también se comportó de manera extraña. Cuando Luzia se colocó detrás de él para medirle la espalda, pasó la cinta sobre sus omóplatos y la estiró con la palma de su brazo sano. Mientras pasaba la mano sobre su espalda, el Halcón cerró los ojos. Emília lo vio. Parecía estar saboreando un bocado de comida. Y cuando su hermana volvió a ponerse frente a él, abrió los ojos y contempló la fila de hombres, fingiendo que no le interesaban sus medidas. Emília decidió que estaba desquiciado. Completamente desquiciado.
Se lo dijo más tarde a su hermana, mientras regresaban a casa. Eran bien pasadas las diez de la noche. Emília caminaba entre tía Sofía y Luzia, llevándolas del brazo. Sus vestidos olían a sudor y a humo a causa de la hoguera. Emília sentía que le ardían los ojos, le dolían las piernas. Luzia guardó silencio, hasta que su hermana mayor comenzó a murmurar sobre el Halcón.
– No está bien de la cabeza. -Tía Sofía asintió con un gruñido.
– Ni siquiera hablaste con él -farfulló Luzia.
– No ha sido necesario -dijo Emília-. Casi nos mata del susto, haciendo que nos arrodilláramos en el patio. ¿Y para qué? Para rezarle a una piedra, ¡quién lo iba a decir!
– Por lo menos tienen temor de Dios -dijo tía Sofía, y luego las hizo callar, temerosa de que alguien las oyera.
Emília no tenía energía para discutir con su hermana. Cuando llegaron a casa, Luzia y ella se ayudaron mutuamente a quitarse la ropa y se desplomaron en la cama, vestidas sólo con sus camisolas y sus bragas. Emília durmió profundamente. Tan profundamente que, horas más tarde, no oyó los veintiún pares de sandalias que marchaban por el camino de barro. No vio el resplandor de los faroles de queroseno que rodeaban la parte frontal de su casa. Y cuando oyó la voz -una voz de hombre tranquila y firme- pensó que estaba soñando. Emília cambió de posición y sonrió, creyendo que la voz pertenecía al profesor Celio y que había subido toda la montaña para despertarla.
«Luzia».
Emília se incorporó.
«Luzia».
Luzia estaba echada con los ojos abiertos y había retirado la colcha hasta la cintura, como si estuviera esperando a ese extraño visitante.
«Luzia -volvió a llamar la voz-. Sal afuera».
Tía Sofía fue la primera en alcanzar la puerta. Emília y Luzia se ocultaron detrás de ella. Una lluvia fina se colaba por los listones de la ventana. Era el tipo de lluvia invernal que Emília odiaba. Parecía ligera, pero era tan persistente que empapaba el pelo, la ropa y la tierra, transformándolo todo en un lodazal viscoso. Emília se cubrió los hombros con un chal. Luzia había arrastrado la colcha de la cama, tirando al suelo el mosquitero.
Читать дальше