Emília apartó esos pensamientos enseguida. Observó a la mula, que marchaba despreocupada a su lado. No sabía qué era peor, si resignarse a la muerte de Luzia o continuar creyendo que estaba viva. Si su hermana estaba viva, probablemente había sufrido más de lo que Emília podía imaginar. Aun así, la muchacha no pudo evitar desear que Luzia estuviera viva. Echaba de menos la fortaleza de su hermana, su sentido común. Emília tenía tantas dudas y preguntas… Sabía lo que hacía falta para ser una doña de verdad. O al menos tenía una idea. Las novelas por entregas de Fon Fon hablaban de abrazos apasionados. Emília podía imaginarlos. Podía imaginar al profesor Celio, sus suaves y blancas manos, su delgado cuerpo inclinado bajo su chaleco de lino, abrazándola, incluso besándola, pero no sabía exactamente lo que sucedía después. Luzia y ella habían especulado muchas veces sobre el tema antes de dormirse.
– ¿Cómo crees que es? -susurró Emília una vez junto a la oreja de su hermana para que tía Sofía no pudiera oírlas-. Debe de ser tremendamente romántico.
– Es igual que los animales -replicó Luzia-. Me lo dijo Ana María.
– ¡No! -exclamó con voz sorda Emília. Sentía aversión por la hija del tendero-. Ana María es vulgar.
Emília había visto a las gallinas cacarear y corretear cada vez que el gallo de doña Chaves inflaba su plumaje y corría tras ellas. Había visto a la hembra del cerdo y de la cabra en celo, dándose contra las paredes de su corral con la cabeza o las pezuñas, hasta que eran apareadas con un macho. Una vez, camino a la escuela, Emília y Luzia habían visto a dos caballos «en el acto sagrado», como lo llamaba tía Sofía. Dos hombres condujeron a una yegua de la brida y la colocaron en un pequeño espacio vallado, donde había un semental. Éste se meneó de un lado a otro, resoplando agitadamente por las fosas nasales. La yegua relinchó y corrió en círculos, dando coces y levantando nubes de polvo. Cuando se calmó, el semental se precipitó sobre la yegua. Sus patas traseras parecían demasiado delgadas para sostener su gran peso. Su vientre era abultado; las patas delanteras se enroscaron bajo su cuerpo; sus partes privadas, de color oscuro, colgaron cerca del suelo. Cayó sobre la espalda de la yegua. Esta pareció hundirse bajo su peso, pero lo soportó. Emília se negó a creer que lo mismo sucedía entre hombres y mujeres. Tal vez los brutos de Taquaritinga fueran como animales en corrales, pero los hombres educados eran diferentes.
La mula relinchó a su lado. El viejo acompañante le golpeó los cuartos traseros con un palo. Emília cerró los ojos. Se imaginó que con el profesor Celio sólo sentiría suavidad, una gran suavidad que la consumiría hasta quedar sumida en un profundo sueño a su lado. Sí, pensó Emília, así sería.
Emília tembló detrás de la máquina de coser. Su pie se quedó atrapado en el pedal. Se había quitado el pañuelo de la cabeza antes de clase y lo había metido en la maleta y, dejando a la vista su corta melena. Pero el calor del cuarto de costura y su propio sudor estropearon los rizos que con tanto esmero se había hecho, aplastándolos y alisándolos. La máquina número 17 -el puesto de Luzia- estaba vacía, delante de ella. Su última lección consistía en el bordado.
El profesor Celio fue amable y solícito, y le aseguró que recuperaría las clases perdidas. El resto de las mujeres de la clase pasaban sus manteles una y otra vez bajo la gruesa aguja de la máquina, hasta que las puntadas se transformaban en gruesos diseños de flores y vides retorcidas. Emília no podía concentrarse. Sus flores no parecían flores, sino horribles manchas rojas. Se sintió aliviada y asustada cuando el reloj que estaba encima del escritorio del profesor Celio finalmente dio la hora y terminó la clase.
Las matronas de mayor edad se congregaron alrededor del instructor y le soltaron sus últimas preguntas desesperadas. Tiraban de las mangas de su traje, intentando llamar su atención.
– Profesor, ¿qué hago si se me rompe la aguja?
– Profesor, ¿qué pasa si el pedal de mi máquina se queda pegado?
– Profesor, ¿por qué siempre me salen torcidas las puntadas?
Emília se tomó tiempo para ordenar su espacio de trabajo. Dobló y volvió a doblar la tela de la práctica. Enrolló cuidadosamente todos sus hilos alrededor de los husos de madera. Cerró la tapa de la maleta. La joven madre de la máquina 12 se demoró cerca de la silla de Emília. Miró atentamente el vestido oscuro de Emília y preguntó:
– ¿Dónde está tu hermana, querida?
Emília tiró del hilo que estaba en la base de su máquina.
– Lamento que la otra señorita Dos Santos esté enferma -terció el profesor Celio, apostándose al lado de la máquina de Emília-. Espero que le enseñes lo que hemos aprendido hoy.
Emília asintió. Se sintió henchida de amor por él. A su alrededor, las mujeres comenzaron a enumerar recomendaciones para la ficticia enfermedad de Luzia -aceite para el dolor de cabeza, té para el dolor-. Emília asintió, distraída. Observó al profesor Celio mientras se pasaba un peine de metal por el pelo. Rápida y elegantemente, le quitó el polvo a las máquinas y colocó las sillas en su sitio. Cuando se hubo marchado la última de las mujeres, Emília se quedó rezagada.
– La clase de hoy ha sido muy buena -dijo-. Lamento haberme perdido las otras. -El sudor corría por su cuerpo. Emília bajó el tono de voz-: ¿Sabe por qué he faltado a clase?
El profesor Celio levantó sus pálidas manos, indicándole con ello que no siguiera.
– Tu acompañante vino a contármelo -dijo-. Es información de carácter sumamente confidencial.
– Sí -suspiró Emília, aliviada.
«Es información de carácter sumamente confidencial», se repitió a sí misma. Qué hermoso. Echó un vistazo por la ventana de la clase; su viejo carabina se había retrasado. El tiempo era oro. Las manos se resbalaban alrededor del asa de su maleta. Había preparado bien lo que iba a decir, y las palabras exactas habían ocupado su mente durante los días previos a la clase, mientras pulía cada frase y practicaba cada pausa, ensayando sus súplicas para que tuvieran un tono más respetable que desesperado. Carraspeó.
– ¿Cuándo debes encontrarte con tu acompañante? -preguntó el profesor Celio.
– No vendrá.
– Ah, ¿no? -El profesor Celio hizo una pausa, pensando en aquella maleta-. ¿Te quedarás aquí, en Vertentes? ¿Tienes familia en esta zona?
– No tengo familia.
– Disculpa -dijo el profesor Celio con gravedad. Sacudió la cabeza, y luego tomó la mano de Emília en la suya. Sus dedos eran tan delicados y fríos como los de un niño. Presionó los labios sobre su mano. Emília sintió que la garganta se le quedaba muy seca y tragó saliva para no toser y arruinar el momento. El profesor Celio levantó la vista mientras mantenía la mano cerca de su boca.
– Disculpa mi osadía -dijo-. Me marcharé a Sao Paulo dentro de un par de días. Vendrá un nuevo representante de Singer. Quería pasar más tiempo contigo. Tal vez… -su cara enrojeció, y luego prosiguió-: Tal vez sin tu acompañante.
– Celio… -comenzó Emília, y las palabras aparecieron estampadas en su memoria como las marcas azules del patrón de costura que indicaban qué conservar y qué desechar-. Como bien sabes, estoy en una situación desesperada…
– Por supuesto -interrumpió Celio-. Lo comprendo. Sólo que yo…
– Lo sé… -siguió Emília, y el patrón se le apareció con claridad en la mente-. Estoy apresurando nuestro noviazgo.
– ¿Noviazgo?
– Sí. -Suspiró, irritada por sus interrupciones. Celio soltó su mano. Emília la recuperó y se aferró a ella. No había sido tan difícil concentrarse cuando estaba sola en su casa, pronunciando este discurso mientras lavaba las ollas o intentaba distinguir las vigas oscuras antes de dormir-. Sé que estoy apresurando nuestro noviazgo. No querría jamás ser una carga para ti. Pero sé que somos compatibles…
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