– Mi roca de cristal, hallada en el mar entre el cáliz y la hostia sagrada. La tierra tiembla, mas no Jesucristo, nuestro Padre. Frente al altar también tiemblan los corazones de mis enemigos cuando me ven. Con el amor de la Virgen María, me cubre la sangre de Jesucristo, mi padre. Estoy encadenado. Si alguien me quiere matar de un tiro, no lo puede hacer. Si me disparan, saldrá agua de los cañones de sus armas. Si intentan acuchillarme, los puñales caerán de sus manos. Y si me encierran, las puertas se abrirán. He sido rescatado, soy rescatado y seré rescatado con la llave del tabernáculo. Cierro mi aura.
Los cangaceiros repitieron la oración y sus voces ascendieron y descendieron como un coro desentonado. Al final, guardaron silencio. Luego cada hombre dijo:
– Cierro mi aura.
– Cierro mi aura.
– Cierro mi aura.
Después de que el último hombre hablara, el Halcón miró a Luzia.
– Dilo -susurró.
El coronel mantuvo la cabeza agachada. Luzia miró a tía Sofía y luego a Emília. Ellas la miraron a su vez, confundidas. ¿Qué sucedería si no decía nada? ¿Su obediencia las salvaría a todas?
– No temas -dijo el Halcón, levantando el tono de voz esta vez, y sus palabras sonaron más a amenaza que a consuelo-. Dilo.
Luzia fijó la mirada en su rostro violentado, en sus chispeantes ojos negros. Uno lagrimeaba, el otro estaba seco. No apartaría la mirada. Su rostro la cautivaba, le provocaba curiosidad y repulsión. Conseguía que olvidara la cinta métrica -el cuidadosamente enrollado y muy apretado ovillo de tinta y números- que aún guardaba en sus manos. Luzia aflojó el puño. La cinta se desenrolló en sus manos.
– Cierro mi aura -dijo al fin, y en su rostro apareció una sonrisa.
Taquaritinga do Norte, Pernambuco
Junio-noviembre de 1928
Emília tenía una noche para coser el traje fúnebre de tía Sofía.
Lo confeccionó con el lino negro más suave que encontró el coronel. Doña Conceiçao le dio cuatro botones de madreperla y un metro de encaje negro. Emília cosió el vestido con la Singer a pedal en la casa del coronel, y dejó a tía Sofía tumbada, inmóvil, en la cama, bajo el cuidado de doña Chaves y la comadre Zefinha, que lloraban y discutían mientras encendían velas, balbuceaban avemarías y colocaban rodajas de limón en agua hirviendo para disimular el hedor. Emília ya sabía las medidas de su tía. Usó el encaje de manera astuta, aplicándolo al cuello del vestido, y empleó los cuatro botones preciados sobre la parte delantera, donde los pudieran ver los dolientes. Cuando terminó el vestido, lo remojó en almidón. Luego, a pesar de la fatiga, las piernas entumecidas y los ojos hinchados, Emília sacó el vestido del almidón y preparó la plancha. Las brasas tintineaban dentro de la estructura de metal. Emília sacudió la plancha de un lado a otro, como si fuera a arrojarla al otro lado de la habitación; saltaron chispas. El humo salió formando pequeñas nubecitas sobre la nariz metálica. Cuando apoyó la superficie plana sobre el vestido, chisporroteó. Emília comenzó a planchar con tanta rapidez que el vestido no se secaba y las arrugas no se estiraban. El sudor le nublaba la vista. Emília trabajó con mayor esmero. Presionó con mayor fuerza, como si cada arruga, cada pliegue húmedo fuera un surco oscuro en su interior que debía recibir calor y ser planchado y borrado.
Tío Tirso y ella fueron los únicos presentes durante las últimas horas de tía Sofía. Emília puso la caja de huesos al lado de su tía. Había rechazado toda ayuda. Ella sola hirvió la hierba de santa María con leche y la metió a cucharadas en la boca de tía Sofía, para calmarle la tos. Ella sola colocó toallas humeantes con vapor de menta sobre el pecho de tía Sofía, para ayudarla a respirar. Ella sola cepilló las sábanas manchadas, acercó pañuelos a la nariz de su tía y suavizó los labios secos de tía Sofía con aceite de coco. En el peor momento, cuando cedió la tos y sobrevino la fiebre, tía Sofía emitió unas palabras:
– ¡Tirso! -le gritó a la caja de madera-. ¡Esas malditas aves de rapiña! -Emília dio unas palmaditas sobre la frente de su tía con una toalla húmeda. Tía Sofía le agarró la muñeca con fuerza-. María -dijo, confundiendo a Emília con su madre-, cuida de ese hijo que tienes en el vientre. La gente que te vea, tan preciosa y embarazada, te echará el mal de ojo. Lo transmitirá a tus hijas.
Cuando tía Sofía habló de su madre, Emília quiso saber más, pero los ojos de su tía se cerraron, inapelables, y entró en un estado de sueño febril. Había momentos en los que la tía Sofía estaba lúcida. Sonreía débilmente a Emília y le rogaba al Señor que cuidara de sus hijas cuando se marchara de este mundo. Emília la tranquilizó. Le aseguró a tía Sofía que no se iría de este mundo, todavía no. Pero una noche tía Sofía no pudo dejar de toser. La falta de aire la ahogaba. Su pecho temblaba. Luego miró fijamente al techo, como si hubiera descubierto algo entre las tejas. Tía Sofía exhaló un largo silbido y luego quedó en silencio.
– ¿Tía? -susurró Emília-. ¿Tía?
En su último ataque de tos, tía Sofía había echado a un lado las sábanas. Emília percibió una mancha gris sobre el colchón. Tocó la sábana; estaba húmeda y caliente. Emília se alegró: si tía Sofía había orinado, entonces aún estaba viva y durmiendo. Pero después de una hora, y después dos, la tía Sofía permaneció inmóvil, a pesar de los intentos de Emília para despertarla. La mancha del colchón se enfrió. Emília encendió una vela y envolvió los dedos de su tía alrededor de ella.
El vestido estuvo listo a tiempo para el velatorio. Tía Sofía descansaba sobre el suelo, acostada sobre la blanca hamaca fúnebre que Emília había extendido debajo de ella. Era un préstamo del coronel y estaba destinada a ser usada en su propio funeral cuando llegara el momento. La lona era suave y resistente, ribeteada con un fleco exquisitamente bordado, que se arrastró por el suelo cuando levantaron la hamaca. De acuerdo con las costumbres, los pies de tía Sofía estaban descalzos y apuntaban hacia la puerta, para que su alma pudiera salir fácilmente de la casa. Emília colocó montones de dalias alrededor de su tía, y doña Chaves salpicó el cuerpo con un frasco entero de una intensa agua de colonia. A pesar de las dos bolitas de algodón en los agujeros de su nariz, el rostro de tía Sofía había quedado fijado en una mirada severa, con los labios apretados, como si no aprobara el perfume con que la habían rociado.
El traje fúnebre tenía un aspecto elegante; Emília estaba orgullosa de su trabajo.
– ¿Acaso no está espléndida? -susurraban los presentes arrodillándose al lado del cuerpo. Nadie la llamó «Sofía», porque si los muertos oían su nombre, permanecían en el mundo de los vivos, pues pensaban que aún los necesitaban.
A la mañana siguiente, un grupo de hombres levantaría la hamaca en la que se hallaba envuelta tía Sofía y la llevaría a la misa del padre Otto y luego a enterrarla. Hasta ese momento, Emília debía saludar a quienes venían a presentar sus respetos. Era la víspera de San Juan, un momento inoportuno para un velatorio. La gente quería celebrar la fecha, lanzar fuegos artificiales, encender hogueras con sus familias y ver a sus hijos bailar en la charanga local. Tía Sofía siempre había disfrutado del alboroto de ese día. Todos los años,
Luzia, Emília y ella dedicaban una semana a fabricar un globo de papel con ramas secas y trocitos de papeles de colores. En la víspera de San Juan, encendían el pequeño bote de queroseno dentro del globo y lo lanzaban al viento para rendir homenaje al santo. Juntas observaban el suave ascenso del globo al cielo nocturno. Primero ardía el papel y luego la madera, hasta que todo el artilugio estallaba en llamas y descendía en picado, como un cometa que caía a la Tierra. Ese año no habría globo de papel. Sólo un entierro.
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