Comprendió que si continuaba viviendo con Degas sería consumida por la cólera hasta volverse tan amargada y mordaz como doña Dulce. Para librarse de este destino, imaginó un futuro fuera de la casa de los Coelho. Emília había sido siempre una mujer austera, ahorradora. La costura, con sus medidas, sus patrones, sus proporciones, la obligaba a calcular, a hacer números rápidamente. Había desarrollado una mentalidad económica. La habilidad matemática de Emília se trasladó a los libros de contabilidad; ella era quien llevaba las cuentas en el taller. Las ganancias aumentaron. Al principio, Lindalva y ella solamente ganaban lo suficiente como para pagar el alquiler y los sueldos de las costureras. En abril de 1933 los trajes elegantes y los vestidos floreados de Emília y Lindalva eran ya muy solicitados. La tinta que usaba en los libros de contabilidad cambió del rojo al verde. Las dos amigas se repartían las ganancias a partes iguales, pero, como estaba casada, Emília no podía abrir una cuenta bancaria sin el permiso de su marido. Salvaron este obstáculo desviando sus ingresos a través de Lindalva, que metía las ganancias de su socia en una cuenta separada. «Tus ahorros para escapar», los llamaba Lindalva. Emília nunca la corrigió. Y cuando Lindalva insistió en enseñarle a conducir, no se opuso.
Al igual que los Coelho, la baronesa también era dueña de un Chrysler Imperial con grandes faros y guardabarros curvos. Una vez por semana, Emília dejaba a Expedito en el porche con la baronesa y subía al coche. Ponía un pie en el grueso estribo y se sentaba en el asiento del conductor. Lindalva era también una conductora principiante, pero le daba instrucciones a Emília desde el asiento del acompañante y le decía cuándo tenía que pisar el embrague o el freno.
La primera vez solamente iban a recorrer el camino de entrada a la casa de la baronesa, pero aunque era un ejercicio tan fácil a Emília le sudaban las manos. El volante se le volvía resbaladizo. Cuando el motor se puso en marcha, el vehículo tembló. Emília movió la palanca de cambios hasta que consiguió meter la primera marcha. Soltó el freno. Sus pies apenas llegaban a los pedales: tenía que estirar los dedos del pie para mantener apretado el embrague. Pisó el acelerador. El coche rugió. Sobresaltada, Emília levantó el pie del embrague. El Chrysler se movió, dando sacudidas que le parecieron incontrolables. El motor dio varios estampidos y luego se detuvo. Esto ocurrió seis veces antes de que aprendiera a coordinar el pie derecho con el izquierdo, a retirar uno mientras bajaba lentamente el otro. Cuando lo logró, el coche avanzó con suavidad.
– ¡Bravo! -exclamó Lindalva.
Emília dejó escapar una risita tonta. Movió el volante para no salirse del camino de entrada. Mantuvo el pie en el acelerador y el automóvil avanzó aumentando su velocidad. El corazón de Emília latió desenfrenadamente. Iba demasiado rápido. En la siguiente curva, casi rozó uno de los jazmines perfectamente recortados de la baronesa antes de apretar el pedal del freno. El coche chirrió. Lindalva se deslizó hacia delante en su asiento hasta chocar contra el salpicadero. El Chrysler dio unas sacudidas y se detuvo otra vez. Lindalva se rió.
– Excelente trabajo, señora de Coelho -la felicitó. Lindalva volvió a acomodarse en el asiento de cuero y miró a Emília-. ¿Vas al taller mañana?
– Sí -respondió Emília, secándose las manos en su vestido-. Tenemos otra remesa de ropa para los refugiados.
– ¿Vas a ir con Degas? -quiso saber Lindalva.
– Sí-confirmó ella-. ¿Por qué?
Lindalva se movió en su asiento.
– He oído ciertos comentarios, cosas.
– ¿Qué clase de cosas?
– ¡Oh, Emília, precisamente tú deberías saber cuánto se habla en esta ciudad! Y no para decir cosas buenas.
– ¿Sobre Degas? -preguntó Emília.
– No -continuó Lindalva-. Sobre ti.
– ¿Sobre mí?
– Se dice que tú lo estás encubriendo. Que lo proteges. -Lindalva arrugó sus cejas depiladas-. ¿Sabes adonde va por las tardes?
Asintió con la cabeza.
– A Barrio Recife. Lo seguí una vez, pero sólo hasta el puente.
Lindalva suspiró. Amagó con decir algo, pero luego se detuvo y agarró la mano de Emília.
– Cuando nos conocimos, te prometí hablar con franqueza.
– Entonces hazlo -le pidió.
– Se encuentra con ese piloto…, Chevalier. No es discreto al respecto. Bueno, por lo menos eso es lo que la gente está diciendo. La gente es hipócrita, Emília. Hablan de Degas, pero te condenan a ti por no ponerle freno. No es justo.
Emília asintió con la cabeza. Lindalva la abrazó y bajaron del coche. Después, mientras Emília iba en el tranvía de primera clase con Expedito en su regazo, las palabras de Lindalva revoloteaban en su mente. Degas corría grandes riesgos en sus andanzas cotidianas, pero ella se llevaba la peor parte del chismorreo. Sintió una chispa de furia. Estaba acostumbrada a ser el tema de las conversaciones -se había murmurado sobre ella tanto en Taquaritinga como en Recife-, pero hasta entonces como consecuencia de sus propios actos, no de los de otra persona. Y en ese momento parecía que Degas y la Costurera podrían comportarse como quisieran, mientras que Emília tendría que cargar con las consecuencias de sus actos.
Al día siguiente, cuando su marido le dijo que se quedara en el taller a la hora del almuerzo, ella se negó. El no discutió; regresaron a la casa de los Coelho, donde comieron junto a doña Dulce y el doctor Duarte. En medio de la comida, Degas sacó el tema de la Costurera. Cuando doña Dulce lo reprendió por ello, pasó a hablar de Expedito.
– El niño está creciendo muy rápidamente -dijo, mirando a Emília a los ojos-. Mi padre podrá medirlo pronto.
Emília dejó caer su tenedor, que golpeó un plato. El ruido recordó a Emília el que hacían, cuando se cerraban, las ratoneras de la tía Sofía, que se negaba a usar veneno, pues le preocupaba que contaminara la comida, de modo que recurría a las trampas de metal y cuando cazaba alguna rata metía la jaula entera en el agua, ahogando al animal dentro.
– No te preocupes por eso -dijo finalmente Emília, con la mirada en su plato-. Creo que descubrirá que es un niño común.
– Estoy de acuerdo -intervino doña Dulce-. «Común» es la definición exacta.
No discutió con su suegra. Al día siguiente permitió que Degas la acompañara al taller y no se opuso cuando él se escabulló y la dejó que almorzara sola en su oficina. Entonces, Emília fijó la vista en sus libros de contabilidad y en los crecientes números de su cuenta bancaria. Expedito y ella ya no estarían allí cuando quisieran medirle el cráneo. Iban a cambiar aquella vida por otra. Se irían al sur, o incluso al extranjero. A cualquier lugar donde no hubiera Coelhos ni cangaceiros.
A finales de 1933 la Costurera atacó dos campamentos de las obras de la carretera Transnordeste. Según las informaciones del periódico, los cangaceiros mataron a los ingenieros y quemaron suministros y herramientas. Les habían dicho a los trabajadores -todos hombres reclutados en los campamentos de refugiados- que se fueran con sus familias o se unieran al grupo. Algunos hombres partieron con los cangaceiros; la mayoría regresó al campamento de refugiados más cercano. Los trabajadores que regresaron contaban historias sobre la Costurera. Tenía buena puntería y llevaba el pelo corto, como un hombre. Desde lejos, los trabajadores no podían distinguirla de los demás cangaceiros, hasta que gritaba sus órdenes. Su voz la delataba. Su altura y el brazo lisiado la distinguían de las otras mujeres en el grupo del Halcón. Los trabajadores confirmaron que, efectivamente, había algunas cangaceiras de pelo largo que peleaban al lado de los hombres. Según los trabajadores que escaparon, las mujeres armadas eran las más violentas de todos ellos.
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