Emília nunca iba a admitir ante Lindalva que su interés por el sufragio era egoísta, pues así parecía menos interesada por la Costurera. Emília fingió estar poco entusiasmada por conocer a la viuda de Carvalho, pero la verdad fue que apenas había dormido la noche anterior a la comida. En el restaurante, Emília se exasperaba ante el silencio de aquella mujer. Al igual que la baronesa, Emília también conocía a ese tipo de mujeres. Allá en Taquaritinga, cuando trabajaba en la casa del coronel Pereira, la joven había visto a otros coroneles y sus esposas ir y venir como huéspedes. La viuda de Carvalho le recordaba al peor tipo de esposa de coronel. Siempre dispuesta a castigar a su marido y a sus criados; tacaña con la comida y con los elogios; y aparentemente piadosa, aunque proclive a chismorrear, a contar historias que convinieran a sus propósitos, aun cuando fueran mentiras.
Emília dejó los cubiertos. Se inclinó sobre la mesa para quedar cara a cara con la viuda.
– ¿Qué aspecto tenía? -le preguntó.
La viuda de Carvalho respondió con la boca llena de arroz:
– ¿Quién?
– La Costurera.
Los demás comensales se quedaron en silencio. Cerca de Emília, un camarero dejó de llenar vasos de agua. La viuda de Carvalho tomó otro bocado de comida.
– Era como un bandido -respondió mientras masticaba-: fea como un demonio.
Un ligero estallido de risas recorrió la mesa. Emília se puso tensa.
– Nadie comenta la fealdad de los hombres. -Su voz temblaba. Emília recordó las muchas lecciones de doña Dulce acerca de la compostura y de cómo no perderla. Tomó un sorbo de agua y sonrió-. He seguido sus entrevistas en los periódicos -continuó Emília-. ¡Usted brinda tantos detalles! Ojalá tuviera yo su don para la observación. Pudo ver muchas cosas a pesar de estar atada a un cactus con la cara pegada a él.
Lindalva se rió entre dientes. En la cabecera de la mesa, la viuda dejó de comer. Estudió a Emília con el ojo que le quedaba. La joven sonrió a manera de respuesta, pero las palmas de sus manos estaban húmedas. Luzia y ella no se parecían, pero tal vez después de observarla bien la viuda -al igual que el doctor Eronildes- había reconocido algún rasgo, algún parecido que Emília no podía ocultar. El corazón de la joven latió rápidamente. ¿Por qué estaba provocando a aquella viuda? ¿Por qué estaba corriendo ese riesgo? Después de un momento, la viuda de Carvalho se decidió a hablar:
– ¿Usted ha visto alguna vez un cactus mandacaru, jovencita?
– Sí.
– Entonces sabe lo largas y afiladas que son sus espinas. No importa lo que vi o escuché. Lo que importa es que sobreviví. Y quien sobrevive tiene el derecho de contar la historia que quiera.
– A los periódicos les encantan las exageraciones -aseguró Emília-. Venden más gracias a ellas.
La viuda de Carvalho se echó hacia atrás en su silla.
– ¿Apoya usted a los cangaceiros?
Emília entrelazó las manos en su regazo para impedir que temblaran.
– No -respondió-. Pero no siempre puedo sentirme superior a ellos. Nadie de nosotros puede afirmar que está en contra del uso de la violencia, porque matamos para hacer la revolución.
Se produjo un silencio alrededor de la mesa. Algunas Damas Voluntarias bajaron la mirada hacia sus platos. Otras miraron a Emília con sus bocas congeladas en sonrisas apretadas, pero con furia en los ojos, como madres demasiado educadas para reprender abiertamente en público a sus hijos, pero sin dejar de advertirles que el castigo vendrá después. Algunas mujeres parecían pensativas. Una de éstas fue la primera en romper el silencio.
– Los hombres fueron quienes mataron, no nosotras -dijo.
– Pero eran nuestros maridos e hijos -apuntó la baronesa-. Y nosotras los apoyamos.
Algunas mujeres se ruborizaron. Si se debía a que estaban asustadas por la conversación o a que ésta las excitaba, Emília no podía saberlo. A la cabecera de la mesa, la viuda de Carvalho sacó un pañuelo y se sonó la nariz, consiguiendo que la atención del grupo volviera a ella.
– La revolución era una causa noble -dijo, acariciándose el ojo que le quedaba y mirando a Emília-. Los cangaceiros matan por diversión. Ésa es la diferencia. Es imperdonable lo que ella me hizo. No había ningún motivo, ni tampoco mostró remordimiento.
Alrededor de la mesa, varias Damas Voluntarias asintieron con la cabeza. La mujer sentada más cerca de la viuda de Carvalho le dio suaves palmadas en la mano. Otros elogiaron su valentía. Emília cogió sus guantes. Sentía una profunda aversión por la viuda, un desprecio igual que el que había sentido hacia las niñas que molestaban a Luzia cuando era pequeña llamándola «lisiada» y «Gramola». Su hermana solía atacar a esas niñas. Les daba patadas o las abofeteaba en la cara, y Emília permanecía detrás mirando, hipnotizada y asustada por la rabia de su hermana. Las niñas que la molestaban quedaban dañadas, pero se lo merecían. El escozor de una bofetada desaparecía. El moretón dejado por un puñetazo se desvanecía con el tiempo. Esta lógica de patio de escuela no parecía que se pudiera aplicar a los actos de la Costurera. El castigo a la viuda le había dejado una lesión permanente. Emília había visto de cerca algún cactus de aquéllos; había tocado sus afiladas espinas. «¿Qué clase de mujer -se preguntó Emília- podía pensar en un castigo semejante? Y lo que es peor: ¿qué clase de mujer lo llevaría a cabo?». Cualquiera que hubiera sido el mal cometido por la viuda de Carvalho, no merecía la crueldad de la respuesta de la Costurera. Ser consciente de esto hizo que Emília guardara silencio durante el resto de la comida. Obligada a tolerar las historias de la viuda, la joven bebió vaso tras vaso de agua de coco para no tener que hablar y así no ponerse en situaciones embarazosas. Se retiró de la mesa con un humor horrible.
Cuando Emília regresó a la casa de los Coelho, se fue directamente arriba. Había puesto la cuna de Expedito en su habitación, al lado de la cama. Cerca de la cuna había un catre para la nodriza que había contratado. Ésta era una mujer grande. El primer día sacó rápidamente su pecho de color caramelo y alimentó al niño en el vestíbulo de la casa, delante de una horrorizada doña Dulce. Emília se había reído con ganas. Después, para no perturbar la sensibilidad de su suegra, organizó un horario de alimentación que consideraba adecuado y encontró un paño bordado para que la nodriza se lo pusiera sobre el pecho.
Encontró a ésta en su habitación. Expedito mamaba del pecho de la mujer, pero sus ojos se cerraban ya lentamente y su cabeza caía vencida hacia atrás. Era el final de su alimentación y estaba atrapado entre sus dos placeres más grandes: el sueño y la comida. Emília lo miró. Se alegraba de tener un ama de cría, pero sentía agudas punzadas de celos cada vez que Expedito se quedaba dormido en sus brazos. Emília se quitó los guantes y el sombrero. Extendió las manos y la nodriza se levantó de la silla y le entregó al pequeño. Cuando la nodriza salió de la habitación, Emília apretó la cara contra la cabeza del niño. Su cráneo se notaba blando y maleable, como arcilla a medio hornear. El sobrepeso, la grasa que tanto le había costado acumular, empezaba a desaparecer de forma natural. A los siete meses su barbilla y sus pómulos estaban más definidos. Su cuello se había estirado. Los brazos crecían lentamente, se estiraban, y los rollos de carne alrededor de las muñecas, que parecían chorizos embutidos, estaban desapareciendo. Emília se preocupaba por sus orejas, que estaban empezando a sobresalir. Cada vez que peinaba los rizos castaños de Expedito, Emília ponía las manos ahuecadas sobre su cabeza, temerosa por cómo iba a crecer, por los cálculos y mediciones que el doctor Duarte podría hacer.
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