Los dos funcionarios encargados del reclutamiento de trabajadores para construir la carretera también actuaron como Luzia había pronosticado. Apenas sonaron los primeros disparos, los hombres se agacharon y se pusieron las manos sobre la cabeza, aplastando sus sombreros de paja. Los refugiados, sin embargo, no respondieron según las expectativas de Luzia. En los ataques anteriores, los hombres y las mujeres de la caatinga se habían apartado del camino de los cangaceiros. Se escondían en sus casas o se agachaban tranquilamente en la calle, a la espera de que terminara el combate. En cambio esta vez la gente que estaba en el patio de la viuda no dejó caer sus platos para salir corriendo. Incluso después de los primeros disparos, permanecieron en la fila. Algunos segundos después empezaron a empujarse entre ellos. Lo hacían como aletargados al principio, como si estuvieran probando sus fuerzas. Antes de que los cangaceiros pudieran detenerlos, la muchedumbre avanzó hacia el porche. La viuda de Carvalho comenzó a golpear a hombres y mujeres con un gran cucharón de madera. La gente la ignoró. Todos metían sus latas o las manos en el recipiente de frijoles. Se metían puñados en la boca. Un líquido marrón les corría por la cara. Otros rompían los sacos hasta que la harina blanca salía de ellos y se derramaba sobre el porche. Varias mujeres se arrastraban por el suelo y recogían harina en sus faldas. Las ayudantes de la viuda -las tres mujeres encorvadas que distribuían la comida- no se apartaron del caos, sino que empezaron también ellas a servirse las provisiones de la viuda.
– ¡Yo estaba primero! ¡Yo estaba primero! -gritaba un anciano, abriéndose paso a arañazos por el porche. Un niño, atrapado entre la multitud, lloraba.
Luzia apuntó su Parabellum. No podía limitarse a disparar al aire… Las sonoras descargas de los rifles de los cangaceiros no habían detenido a la muchedumbre, de modo que ¿por qué habría de hacerlo el disparo de una pistola? Recordó las lecciones de tiro de Antonio, escuchó su voz en su oreja: «Si disparas, no puede ser un tiro inútil, cada bala es importante». Un hombre fuerte estaba junto al recipiente de frijoles, metiéndose los últimos restos en la boca. Luzia apuntó a un brazo, pero como la multitud se abría paso a empellones, le dio en el pecho. El hombre se inclinó hacia delante. La gente que se encontraba a su alrededor se quedó paralizada.
– ¡Atrás! -gritó Luzia con voz firme y profunda, como había sido la de Antonio-. Tranquilos. Os daré comida sin quitaros dinero. Ni la dignidad.
La multitud la miró, luego se miraron entre ellos. Sus caras estaban manchadas con salsa de frijoles. Tenían grumos de harina entre los dedos. Luzia siguió apuntando con su Parabellum. Lenta mente, la multitud se dispersó. Canjica e Inteligente retiraron del porche el cuerpo del refugiado muerto. Ponta Fina y Baiano ataron de pies y manos a los funcionarios encargados de la construcción de la carretera. Luzia ordenó a los demás cangaceiros que pusieran orden y organizaran toda la comida que quedaba para su distribución. Cuando la viuda de Carvalho trató de escapar agachada por la puerta principal, Luzia la agarró de un brazo.
La viuda frunció su amplia boca. Delgados pelos oscurecían su labio superior. La trenza de la mujer se había soltado durante la pelea. Con su brazo libre, la viuda se apartó los pelos grises de la cara.
– ¿Dónde está el Halcón? -preguntó.
Luzia apretó su mano sobre el brazo de la anciana.
– ¿Por qué?
– Quiero hablarle.
– Está ocupado. Usted está bajo mi autoridad.
La viuda se encogió.
– Entonces dispárame. Vamos, hazlo.
Luzia negó con la cabeza. Incluso con una pistola apuntándola, aquella mujer seguía dando órdenes.
– No soy una criada de su cocina -replicó-. Dispararé cuando yo quiera.
– Muy bien -respondió la viuda-, pero no hago tratos con mujeres.
Luzia se rió, y se sobresaltó por su propia risa. Estaba exhausta y hambrienta, y temía no poder detener la risa una vez que comenzara. Se pasó la manga de la chaqueta por la boca, como si pensara que con ello haría desaparecer su sonrisa.
– Descuide, usted no va a hacer ningún trato conmigo -replicó Luzia. Luego, incapaz de resistirse, preguntó-: ¿Cómo siendo mujer no confía en otras mujeres?
La viuda suspiró.
– Las mujeres son malas. Especialmente entre ellas. Lo sé porque yo soy así. Tú también lo sabes.
Detrás de la viuda de Carvalho, el grupo de adolescentes de labios rojos se amontonaba en el porche. Miraban, temerosas, a los cangaceiros. La muchacha recién apartada -la que la viuda había elegido entre la multitud antes del ataque- aún no tenía pintados los labios. Su boca estaba reseca y abierta. En los extremos de sus trenzas llevaba dos cintas descoloridas, prueba de que, aunque su pelo estaba duro y polvoriento, en algún momento se había arreglado. O su madre la había peinado. Los ojos de la niña eran castaños, oscuros, con largas pestañas. Se parecían a los ojos de Emília, y Luzia sabía que si las cosas hubieran sido diferentes, si su hermana y ella se hubieran quedado en Taquaritinga, podrían haber sido víctimas de esa misma sequía. Emília podría haber sido esa niña de trenzas que observaba a Luzia con una mirada asustada y enfadada, como un niño que acabara de ser golpeado.
– ¿Y ellas? -quiso saber Luzia.
La viuda de Carvalho se encogió de hombros.
– Habrá un campamento de trabajadores para construir la carretera cerca de aquí. Iban a ser enviadas allí.
– ¿Para qué?
– Para trabajar.
– ¿Qué clase de trabajo harían? -insistió Luzia.
La viuda entornó los ojos.
– No irán a cavar zanjas, desde luego.
Luzia miró a la muchacha de las trenzas.
– ¿Cómo te llamas?
– Doralinda -masculló-, pero me llaman Dada.
– ¿Eres virgen todavía?
La niña se ruborizó. La viuda de Carvalho rió.
– Es tan pura como el agua clara. Ya no se puede encontrar nada tan fresco por aquí.
La viuda miró a los cangaceiros en el patio y en el porche. Se relamió los labios y acercó la boca a la oreja de Luzia.
– Todos tus hombres pueden pasar un rato con ellas -susurró la viuda-. No cobraré mucho. Pero tendrán que quedarse fuera. Mi casa no es ningún harén.
Luzia soltó el brazo la viuda y le arrebató el cinturón en el que llevaba el dinero; las monedas cayeron en el porche, tintineando sobre el suelo de piedra. Cuando la viuda se agachó para recogerlas, Luzia la sujetó por el brazo.
– ¡Mi marido no me dejó nada! -chilló la mujer-. Necesito comprar un billete de tren a Recife.
– Usted vendió su tierra para que hicieran la carretera. ¿Es que Gomes no le pagó?
– Me dio un pagaré. Mi dinero está en un banco en Recife. Pero tengo que encontrar la manera de llegar allí. Gomes envió soldados y comida, pero no puedo ir andando a la ciudad.
– Y por eso las va a vender… -dijo Luzia, señalando con la cabeza al grupo de niñas.
– Hemos llegado a un acuerdo: yo les doy comida y ellas me dan lo que los hombres que hacen la carretera les paguen por ir a los campamentos.
– No son de su propiedad -dijo Luzia- sólo porque sea la esposa de un coronel.
– Lo sé. Ellas van porque quieren, yo no las estoy apuntando con un rifle.
La viuda chasqueó la lengua. Luzia apoyó su Parabellum en el cuello de la anciana, que hizo una mueca de dolor.
– Tampoco te pertenecen a ti -siseó la viuda de Carvalho. Su respiración era acida y cálida-. No somos diferentes tú y yo. Tú les darás esta comida y querrás algo a cambio de tu generosidad. Yo quiero su dinero, tú quieres su lealtad. ¿Cuál de las dos les pide más?
– No nos parecemos -replicó Luzia, con la boca tan cerca de la cara de la vieja viuda que podría haberle dado un mordisco-. Usted es una traidora por vender la tierra para que hagan la carretera.
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