El día de las elecciones, Emília llevaba una ajustada falda sirena y una blusa cuidadosamente planchada. En la cabeza llevaba el fez que Lindalva le había traído de Europa. El sombrero estaba hecho de tela marrón prensada; doña Dulce sacudió la cabeza cuando lo vio. El doctor Duarte había ordenado al resto de los Coelho que se pusieran «elegantes» el día de las elecciones, porque iba a haber fotógrafos en el principal centro de votación, cerca del teatro Santa Isabel. A pesar de los requisitos de la ley electoral, que exigía a las votantes saber leer y escribir, el presidente Gomes hizo hincapié en la idea del voto popular, de modo que los Coelho no podían llegar al centro de votación en su Chrysler Imperial. Quedaría poco «popular». Ellos, al igual que otras familias del Partido Verde, fueron animados a desplazarse a pie para ir a votar. El doctor Duarte ordenó a Degas que aparcara el coche frente al taller de Emília. Desde allí, los Coelho se dirigirían dando un paseo, codo con codo, al centro de votación.
Cuando bajaron del automóvil, Degas y su padre permanecieron cerca de la puerta del taller. Doña Dulce se cruzó de brazos y golpeó el suelo con el pie. Emília también estaba impaciente por votar y regresar a su casa; no le gustaba dejar solos a Expedito y a su nodriza con las criadas de los Coelho.
El taller estaba cerrado, pues a las costureras se les había dado el día libre. El doctor Duarte recorrió el perímetro del edificio. Degas siguió a su padre mientras señalaba con el dedo el taller hablando en voz baja. Emília no podía distinguir sus palabras. Se alejó del vehículo para escuchar mejor a su marido. Antes de que hubiera avanzado ni un metro, doña Dulce la cogió del brazo.
– Déjalos tranquilos -dijo su suegra-. Tú ya recibes demasiada atención de su padre.
Cuando Degas dijo algo que ella no pudo oír, el doctor Duarte se volvió hacia él. Sus ojos se abrieron, como si su hijo lo hubiera sorprendido. Le dio una palmada a su hijo en la espalda.
– ¡Brillante! -proclamó.
Degas se ruborizó. El doctor Duarte cogió a su hijo por los hombros.
– Ya lo ves -dijo con voz fuerte y entusiasmada-. Has ejercitado la disciplina en estos años, Degas, y ha valido la pena. ¡Eso ha reforzado tu mente!
El doctor Duarte se dirigió hacia doña Dulce y Emília.
– ¡Vamos! -dijo, empujando a Degas hacia delante-. Después estudiaremos los detalles. No podemos llegar tarde a la votación.
El doctor Duarte cogió de la mano a su esposa. Degas enlazó su brazo con el de Emília.
– ¿Qué ha ocurrido? -quiso saber ella.
Degas no la miró a los ojos. Caminaba rápidamente, tratando de alcanzar a sus padres. La calle estaba llena de gente. Los vendedores ambulantes se dirigían a una multitud de votantes bien vestidos. Se vendían abanicos de papel y banderas verdes. Los puestos de bebidas despachaban zumo de caña de azúcar para proporcionar «energía electoral» a los votantes. A lo lejos, los tambores sonaban ferozmente y las trompetas seguían su ritmo acelerado tocando el himno nacional.
– Le he dado una idea -respondió finalmente Degas.
Emília tropezó con un adoquín. Uno de sus zapatos -de tacón alto con punteras abiertas, cual doña Dulce lo consideraba antihigiénico- se torció. Su tobillo se dobló de manera antinatural. Sintió un fuerte dolor. Se tambaleó y Degas la sostuvo. Le puso un brazo alrededor de la cintura y ella se apoyó en él, su pecho contra el de él. Un transeúnte silbó, como si los hubiera sorprendido en un abrazo ilícito. Degas se apartó de inmediato, lo que provocó que ella se apoyara con fuerza en su pie lesionado. Emília hizo una mueca de dolor. Delante de ellos, el doctor Duarte y doña Dulce desaparecieron en la multitud.
– Mi padre te lo vendará -dijo Degas mirándole el tobillo-. Después de votar.
– Sigue sin mí -replicó Emília-. Mi voto no es importante. Es sólo para mantener las apariencias.
– ¡Ahora no quieres votar! -dijo Degas riéndose-. Ese niño te ha convertido en una mujer diferente.
– No tiene nada que ver con él.
– Tus prioridades han cambiado -continuó Degas, con el brazo todavía alrededor de la cintura de ella-. Lo comprendo.
Emília miró a su marido a los ojos. Las mejillas de él estaban rojas.
– ¿Cuál ha sido tu idea, antes en el taller? -preguntó Emília.
Degas suspiró.
– Se la he contado primero a mi padre -explicó-. Sabía que lo comprenderías.
Emília respiró profundamente. El tobillo le latía.
– Están buscando un medio mejor para enviar ciertos suministros al interior -continuó Degas-. Para que no sean atacados y robados.
– ¿Qué clases de suministros? -quiso saber Emília.
– Armas de fuego. Balas. Cosas que no deberían caer en manos de los cangaceiros.
– ¿Y qué más?
– La Costurera no asalta tus envíos de caridad -respondió Degas-. Tú apareces en los periódicos, anuncias el destino y los artículos que van en ese tren llegan siempre sanos y salvos.
– Esos trenes llevan provisiones para ayudar a los necesitados -explicó Emília-. Los cangaceiros lo saben. Respetan la caridad.
– Precisamente. Eso es lo que le he dicho a mi padre.
– ¿Por qué?
– Los usaremos en nuestro beneficio -informó Degas-. Esconderemos las armas en tus ropas de caridad. Llegarán a los campamentos y serán distribuidas a los soldados. Si los soldados consiguen armas nuevas, los cangaceiros no durarán mucho.
Emília le soltó el brazo. Se mantuvo erguida, sin apoyo. Un dolor punzante le subió desde la pierna. Se le había inflamado el tobillo, la piel estaba hinchada sobre un lado de su zapato.
– No vamos a realizar más envíos -dijo-. Lindalva y yo lo hemos decidido. Ya hemos enviado bastante.
– Si esta idea funciona, Emília, me llevaré todo el mérito. ¿Comprendes? La gente va a creer que tengo capacidad de organización. Olvidarán… todo lo demás.
– Quieres utilizarme. Como siempre.
– No. Quiero tu ayuda.
– ¿Y si no lo hago?
Los grupos de votantes empujaron a Emília y Degas, impacientes porque parados en medio les dificultaban el paso. Degas la envolvió con su brazo por la cintura y la levantó bruscamente. Ella cojeó y se apartó de la fila apoyándose en su marido.
– ¡Nada es fácil contigo! -susurró Degas, soltando a Emília. Cerró los ojos y se frotó la cara con las manos-. Tú… Todos me convierten en alguien que no quiero ser. Me gusta ese niño. Me dolería contarle a mi padre quién es. No quiero hacer eso.
– Entonces no lo hagas -replicó Emília.
– No soy un malvado, Emília -continuó él-. Ella sí lo es. Es una criminal. Ha matado a muchas personas. No olvides eso.
– No lo olvido nunca -confirmó su mujer-. No castigues a Expedito por eso.
– El estará más seguro cuando la detengan a ella -aseguró Degas-. Cuando él crezca, si su cráneo es deforme, ¿quién lo protegerá? Cuanto más me respete mi padre, más posibilidades tiene ese niño. ¿Crees acaso que mi padre y mi madre enviarán a un niño de la sequía a una escuela decente? Bien sabes que no. Sabes que ellos esperan que sea jardinero o que realice algún tipo de tarea en la casa. Si este plan de los envíos funciona, mi padre me dará parte del negocio. Podremos permitirnos tener nuestra propia casa. Podré tener intimidad. Tú podrás darle a ese muchacho lo que necesite. Podemos dejarle un legado.
En la distancia, la banda dejó de tocar. Emília escuchó gritos de entusiasmo; la votación había comenzado. Experimentó los mismos sentimientos que había tenido unos cuantos años atrás, hacía ya varios carnavales, cuando Degas le puso el pañuelo mojado con éter sobre la nariz y la boca. Se sentía mareada, confundida, no muy segura acerca de las palabras que había escuchado. Lo único que sabía era que tenía que tomar una decisión: condenar a su hermana o condenar a Expedito.
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