A su derecha divisó a unos niños que jugaban en el parque infantil. Se detuvo a mirarlos por unos momentos y luego continuó andando por el camino. Levantaba con los pies pequeñas nubes de polvo marrón claro. A su izquierda, una mujer joven salió de una de las casas adosadas empuñando una raqueta de tenis. Diana calculó que debía de tener la misma edad que su hija. La mujer la vio y la saludó con un gesto de la mano, casi como si la conociera. Un momento de familiaridad entre desconocidas. Diana devolvió el saludo y siguió caminando.
Al fondo de la calle dobló a la derecha, siguiendo las instrucciones. Vio una sola placa marrón que le indicó que se encontraba, en efecto, en Donner Boulevard. A pocos metros pudo comprobar que las casas alineadas eran las últimas construcciones de la zona, y que el bulevar en el que se hallaba no llevaba a ningún sitio. Además, estaba más descuidado que las otras calles. Tenía algunos baches, y la acera por la que circulaba estaba agrietada, desconchada y deformada por los hierbajos que crecían entre bloques de hormigón mal encajados.
Diana prosiguió su excursión a través de la mañana hasta que llegó al sendero de tierra que arrancaba a su derecha. Tal como le informaba la carta, alcanzaba a ver el final de Donner Boulevard. La calle desembocaba en un montón de tierra apilada a paladas contra una elevación del terreno. Había una sola valla con unas luces amarillas parpadeantes y un letrero rojo grande que rezaba FINAL DE LA CALZADA, lo cual era una redundancia.
Se detuvo, abrió la botella de agua y tomó un pequeño trago antes de echar a andar por el camino de tierra. Llevó a cabo un breve inventario interior. Le faltaba un poco el aliento, pero no era nada grave. No estaba cansada; de hecho, se sentía fuerte. Una fina capa de sudor le cubría la frente, pero no era nada que indicase que el agotamiento estuviese acechando en algún sitio, a punto de atacar de improviso. El dolor en el vientre había remitido, como para permitirle el placer de dar una caminata por la mañana. Diana sonrió y pensó: «Desde luego, le gusta tomarse su tiempo.»
Se volvió en derredor por un momento, disfrutando de la soledad y la tranquilidad.
Luego siguió adelante, pisando la tierra suelta y arenosa, y emprendió lentamente el ascenso por el camino abandonado.
El corredor de la muerte en Tejas, como en casi todos los estados, no era un corredor. El nombre pervivía, pero el emplazamiento había cambiado. El estado había construido una cárcel con el fin específico de matar a criminales violentos. Se encontraba en una extensión rasa de terreno de una finca ganadera, aislada de ciudades y pueblos, y su única vía de acceso era una carretera de dos carriles de asfalto negro que atravesaba las llanuras. La cárcel misma era un edificio grande y ultramoderno cercado por tres vallas concéntricas de tela metálica y alambre de espino. En cierto modo, la prisión parecía una residencia universitaria grande, o un hotel pequeño, salvo porque las ventanas apenas eran más que unas rendijas de sólo quince centímetros de ancho, abiertas en las paredes de hormigón del edificio. Había una zona de gimnasia y una biblioteca, varias salas de visitas de alta seguridad y una docena de filas con veinte celdas cada una. Todas estaban ocupadas y eran contiguas a una cámara central que a primera vista parecía una sala de hospital pero no lo era. Había una camilla con grilletes y una máquina de matar. Cuando llegaba el momento de la ejecución de un reo, lo ataban de pies y manos y le insertaban en una vena del brazo izquierdo una sonda intravenosa que se prolongaba por el suelo hasta una caja en la pared. Dentro había tres recipientes pequeños que se hallaban conectados al tubo. Sólo uno de ellos contenía una sustancia letal. Tres funcionarios del estado, a una señal del celador, pulsaban otros tantos botones, y los tres envases despedían sus fluidos a la vez. Este sistema seguía el mismo principio que los pelotones de fusilamiento en los que se daba a uno de sus integrantes una bala de fogueo. De este modo, nadie sabía de cierto si su interruptor era el que había liberado el veneno.
El agente tóxico también había mejorado. Se había hecho más eficaz. Los reos debían cerrar los ojos y contar hacia atrás desde cien. Por lo general morían antes de llegar al noventa y cinco. De vez en cuando, alguno contaba hasta noventa y cuatro. Nadie había sobrevivido más allá del noventa y dos.
El interior de la prisión era igualmente moderno, lodos los rincones estaban vigilados por cámaras de circuito cerrado. El lugar tenía un aire sumamente pulido y antiséptico; era como entrar en un mundo que imitaba el alambre de espino de las vallas: eficiente, reluciente como el acero y mortal.
Un guardia de la cárcel escoltó a Jeffrey y Susan Clayton a una de las salas de visitas. Había dos sillas en cada extremo de una mesa de metal. Nada más. Todo estaba atornillado al suelo. En un lado de la mesa, atornillada a la superficie, había una anilla de acero.
– Es inteligente -comentó Jeffrey mientras esperaban-, muy inteligente. Tirando más a excepcional que a normal. Dejó la escuela en octavo curso porque los otros chicos se burlaban de sus genitales deformes. Durante diez años no hizo otra cosa que leer. Luego, durante otros diez, no hizo otra cosa que matar. No lo subestimes en ningún momento.
Una puerta lateral se abrió con el chasquido electrónico de un cerrojo desactivado, y otro guardia, acompañado por un hombre enjuto y nervudo, con aspecto de hurón, los brazos recubiertos de tatuajes y una mata de pelo blanco que le caía sobre los ojos rojos de albino, entró en la sala. Sin una palabra, el guardia sujetó la cadena de las esposas del preso a la anilla de la mesa. Acto seguido, se enderezó y dijo:
– Todo suyo, profesor. -Tras saludar con un movimiento de cabeza a Susan Clayton, se marchó.
El reo, que iba vestido con un mono, era delgado, con el pecho hundido y unas manos incongruentemente grandes, como garras, y que le temblaron ligeramente cuando se agachó para encenderse un cigarrillo. Susan advirtió que tenía un ojo caído, mientras que el otro parecía alerta, con la ceja enarcada mientras la observaba.
Mantuvo la vista fija en Susan durante varios segundos. Luego se volvió hacia Jeffrey.
– Hola, profesor. No esperaba volver a verle. ¿ Qué tal la pierna? -La voz del hombre sonaba curiosamente aguda, casi como la de un niño. A ella le pareció que disimulaba bastante bien la ira.
– Se me curó enseguida. No llegaste a tocar la arteria. Ni los ligamentos.
– Es lo que me contaron. Lástima. Tenía prisa. Habría necesitado un poco más de tiempo. -El hombre sonrió de un modo extraño, torciendo el borde de la boca hacia arriba como si tuviera un tic, y devolvió su atención a Susan-. ¿Y tú quién eres?
– Mi ayudante -respondió Jeffrey rápidamente.
El asesino se quedó callado unos instantes al detectar la mentira en lo precipitado de la respuesta.
– No lo creo, Jeffrey. Tiene sus ojos. Una mirada fría. Un poco como la mía, de hecho. Me da escalofríos y ganas de acurrucarme por el miedo. También tiene algo de su barbilla, pero el mentón sólo denota obstinación y perseverancia, a diferencia de los ojos, que dejan al descubierto su alma. Oh, percibo una semejanza muy clara. A cualquiera con unas mínimas dotes de observación le resultaría evidente. Y las mías, como sin duda ya sabe, profesor, son significativamente más agudas.
– Es mi hermana Susan.
El asesino sonrió.
– Hola, Susan. Soy David Hart. No nos dejan dar la mano, eso sería infringir las normas, pero puedes llamarme David. Tu hermano, por otro lado, ese sucio cerdo mentiroso, debe llamarme señor Hart.
– Hola, David -dijo Susan con tranquilidad.
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