Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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Como por arte de magia, Etienne trazó seis marcas hasta formar ET.

Isabelle lo miró fijamente.

– Quiero escribir mi nombre -dijo. Etienne le pasó la pluma y se colocó detrás de ella, su cuerpo apretado contra el de la muchacha a todo lo largo de la espalda. Isabelle sentía el bulto cada vez más prominente en la parte inferior del vientre del joven y una chispa de deseo temeroso la atravesó velozmente. Etienne colocó su mano sobre la de Isabelle y la guió primero a la tinta y luego al pergamino, empujándola hasta reproducir las seis marcas. ET, escribió. Isabelle comparó las dos.

– Pero son las mismas -dijo, desconcertada- ¿Cómo pueden ser tu nombre y el mío al mismo tiempo?

– Lo has escrito tú, luego es tu nombre. ¿No lo sabías? Las marcas son de quien las escribe.

– Pero… -dejó de hablar y mantuvo abierta la boca, esperando a que las marcas le volaran hasta allí. Pero cuando habló, pronunció el nombre de Etienne, y no el suyo

Ahora tienes que pagar -dijo su profesor, sonriendo. La empujó contra la roca, se colocó detrás, le levantó la falda y se bajó los calzones. Le separó las piernas con las rodillas y con la mano las mantuvo apartadas de manera que pudiera penetrarla de repente, con un rápido empujón. Isabelle se agarró a la roca mientras Etienne avanzaba contra ella. Luego, con un grito, le empujó los hombros, obligándola a inclinarse de manera que su rostro y su pecho se aplastaran con fuerza contra la roca.

Al apartarse Etienne, Isabelle se incorporó, temblorosa. El pergamino se le había pegado a la mejilla y revoloteó hasta el suelo. Etienne la miró y sonrió.

– Ahora tienes tu nombre en la cara -dijo.

Aunque no se hallaba lejos de la de su padre, río abajo, Isabelle no había entrado nunca en la granja de los Tournier. Era la más grande de la zona, aparte de la del duque, situada aún más abajo en el valle, a medio día de camino hacia Florac. Se decía que había sido construida cien años atrás, con añadidos a lo largo del tiempo: una pocilga, una era, un techo de tejas para reemplazar el bálago. Jean y su prima Hannah se habían casado tarde, tenían sólo tres hijos y eran prudentes, poderosos y distantes. Las visitas a su hogar a última hora de la tarde eran poco frecuentes.

A pesar de su influencia, el padre de Isabelle nunca había ocultado su desprecio por los Tournier.

– Se casan entre primos -se mofaba Henri du Moulin-. Dan dinero a la iglesia, pero no regalarían una castaña mohosa a un mendigo. Y se besan tres veces, como si dos no fueran suficientes.

La granja, con forma de L, se extendía por una ladera y tenia la entrada en la intersección, cara al sur. Etienne condujo a Isabelle al interior. Sus padres y dos jornaleros estaban sembrando; Susanne, su hermana, trabajaba al fondo de la huerta.

Dentro todo estaba tranquilo y en silencio. Isabelle sólo oía los gruñidos apagados de los cerdos. Admiró la cochiquera y el establo, dos veces mayor que el de su padre. Se detuvo en la amplia cocina y cuarto común y tocó suavemente la larga mesa de madera con las yemas de los dedos como para tranquilizarse. La habitación estaba limpia, recién barrida, ollas y sartenes colgadas de las paredes a intervalos regulares. El hogar ocupaba todo un extremo, y era tan grande que toda su familia y los Tournier cabrían dentro; toda su familia antes de que empezara a perderla. Su hermana, muerta. Su madre, muerta. Sus hermanos, soldados. Sólo quedaban su padre y ella.

– La Rousse.

Se dio la vuelta, vio los ojos de Etienne, su manera de andar, y retrocedió hasta que el granito le tocó la espalda. Él dio otros tantos pasos y le puso las manos en las caderas.

– Aquí no -dijo Isabelle-. No en casa de tus padres, sobre el hogar. Si tu madre…

Etienne dejó caer las manos. Mencionar a su madre bastaba para calmarlo.

– ¿Se lo has preguntado?

Isabelle no recibió respuesta. Los anchos hombros de Etienne se hundieron y apartó la vista hacia un rincón.

– No les has dicho nada.

– Cumpliré pronto los veinticinco y entonces podré hacer lo que quiera. No necesitaré permiso.

Claro está que no quieren que nos casemos, pensó Isabelle. Mi familia es pobre, no tenemos nada, y ellos son ricos, poseen una Biblia, un caballo, saben escribir. Se casan entre primos, son amigos de monsieur Marcel. Jean Tournier es el representante del duque de l'Aigle, y se encarga de cobrarnos los impuestos. Nunca aceptarán como nuera a una muchacha a la que llaman La Rousse.

– Podríamos vivir con mi padre -sugirió Isabelle-. Su vida ha sido muy dura desde que se marcharon mis dos hermanos. Necesita…

– Jamás.

– Así que tenemos que vivir aquí.

– Si.

– Sin el consentimiento de tus padres.

Etienne cambió el peso del cuerpo de una pierna a otra, se recostó contra el borde de la mesa y se cruzó de brazos. Luego la miró a los ojos.

– Si no les gustas -dijo en voz baja-, la culpa la tienes tú, La Rousse.

A Isabelle se le tensaron los brazos y apretó los puños.

– ¡No he hecho nada malo! -exclamó-. También creo en la Verdad.

Etienne sonrió.

– Pero eres devota de la Virgen, ¿no es cierto?

Isabelle bajó la cabeza, sin dejar de apretar los puños.

– Y tu madre era bruja.

– ¿Qué has dicho? -susurró Isabelle.

– El lobo que mordió a tu madre lo había enviado el diablo para llevársela. Y están todos esos niños que nacieron muertos.

Lo miró furiosa.

– ¿Crees que mi madre mató a su hija y a su nieta?

– Cuando seas mi mujer -dijo Etienne-, no ejercerás de comadrona -la tomó de la mano y la llevó hacia el establo, lejos de la cocina paterna.

– ¿Por qué me quieres a mí? -preguntó en voz tan baja que él no la oyó. Se contestó ella misma: porque soy la que más odia su madre.

El cernícalo se inmovilizó en el aire encima de su cabeza, aleteando contra el viento. Gris: macho. Isabelle entornó los ojos. No, castaño rojizo, el color de su pelo: hembra.

Sin ayuda de nadie había aprendido a flotar boca arriba sobre el agua, moviendo suavemente los brazos extendidos, pechos aplanados, cabellos que flotaban en el río como hojas en torno a su rostro. Miró de nuevo hacia lo alto. El cernícalo se disponía a zambullirse a su derecha. El breve momento del impacto quedó oculto por un matorral de retama. Cuando la rapaz apareció de nuevo llevaba en el pico una criatura diminuta, un ratón de campo o un gorrión. Remontó el vuelo veloz y enseguida se perdió de vista.

Isabelle se incorporó bruscamente, acuclillándose sobre la larga roca lisa del fondo del río, y los pechos recobraron su redondez. Los sonidos no salían de ningún sitio en concreto, un tintineo aquí y allá, hasta unirse de repente y formar un coro de cientos de esquilas. Los trashumantes: el padre de Isabelle había pronosticado que llegarían al cabo de dos días. Debían de tener buenos perros aquel verano. Si no se apresuraba la rodearían cientos de ovejas. Se levantó deprisa y se dirigió con cuidado hacia la orilla, donde se quitó el agua de la piel con una mano abierta y se escurrió el pelo. Aquel pelo que tanta vergüenza le daba. Se puso la camisa y el vestido y ocultó los cabellos bajo un amplio trozo de tela blanca.

Se estaba remetiendo el extremo de la tela cuando se quedó quieta al sentir que unos ojos la espiaban. Examinó todo lo que pudo de la tierra circundante sin mover la cabeza, pero no descubrió nada. Las esquilas aún sonaban lejos. Se buscó con los dedos mechones sueltos y los empujó bajo la tela, luego dejó caer los brazos, se remangó la falda y echó a correr por el camino que seguía el curso del río. Pronto lo abandonó para cruzar un campo de retamas achaparradas y de brezos.

Alcanzó la cima de una colina y contempló la otra vertiente. Mucho más abajo ondulaba un campo con las ovejas que ascendían por la ladera. Dos pastores, uno delante, otro detrás, y un perro a cada lado, mantenían unido al rebaño. De cuando en cuando unos cuantos animales se desmandaban, pero enseguida regresaban, empujados por los perros. Debían de llevar cinco días caminando ya, desde Alés, pero tampoco en aquella última cumbre daban señales de cansancio. Tendrían todo el verano para reponerse.

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