Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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Me levanté temprano y prolongué el café hasta las siete media, momento en que una recepcionista contestó al teléfono en la empresa de Rick. No sabía dónde estaba mi marido, pero prometió que me llamaría su secretaria tan pronto como apareciera. Cuando por fin lo hizo, a las ocho y media, no había hecho otra cosa que tomar café y me encontraba un tanto mareada.

– Bonjour, madame Middleton -me saludó con voz cantarina-. ¿Qué tal está?

Había renunciado, después de repetidos intentos, a explicarle que no utilizaba el apellido de Rick.

– ¿Sabe dónde está Rick? -pregunté.

– En París, en viaje de negocios -dijo-. Tuvo que irse de repente anteayer. Vuelve esta noche. ¿No se lo dijo?

– No, no me lo dijo.

– Le puedo dar el teléfono del hotel si quiere llamarlo allí.

Cuando establecí comunicación con el hotel, Rick Ya se había ido. Por alguna razón aquello me enfadó más que todo lo anterior.

Cuando mi marido llegó a casa aquella noche apenas me sentía capaz de hablar con él. Pareció sorprendido verme, pero también contento.

Ni siquiera le saludé.

– ¿Por qué no me dijiste que te marchabas? -le pregunté.

– No sabía dónde estabas. Fruncí el ceño.

– Sabías que iba a los archivos de Mende para consultar los registros. Podías haber contactado conmigo allí.

– Ella, si quieres que te diga la verdad, no estaba nada seguro sobre lo que te proponías hacer en estos últimos días…

– ¿Qué quieres decir con eso?

– … Dónde has estado, adónde ibas. No me has llamado ni una vez. No dijiste con claridad adónde ibas ni el tiempo que ibas a estar fuera. Tampoco sabía que fueras a volver hoy. En realidad no sabía si tardarías semanas en volver.

– Vamos, no exageres.

– No estoy exagerando. No me vengas con ésas. No esperes que te cuente dónde estoy si tú no me dices dónde estás.

Fruncí el ceño sin mirarle. Se mostraba tan sensato y estaba tan cargado de razón que sentí deseos de darle un puñetazo. Suspiré y dije:

– De acuerdo. Lo siento. Lo siento mucho. Lo que ha pasado es que no encontré nada y luego volví y no estabas y, bueno, he bebido demasiado café y se me ha puesto el estómago de punta.

Rick se echó a reír y me abrazó.

– Háblame de lo que sí has encontrado.

Escondí la cara en su hombro.

– Una gran cantidad de nada. Excepto que he conocido a una chica muy simpática y a un viejo cascarrabias.

Sentí la mejilla de Rick moverse sobre mi cabeza Me aparté para verle la cara. Tenía el ceño fruncido.

– ¿Te has teñido el pelo?

Al día siguiente paseamos por el mercado de los sábados, el brazo de Rick sobre mis hombros. Me sentía más a gusto conmigo misma que durante los dos meses últimos. Para celebrarlo, así como el hecho de que la psoriasis parecía mejorar, llevaba mi vestido suelto favorito, amarillo pálido y sin mangas.

El mercado crecía de tamaño todos los fines de semana con la proximidad del verano. Ahora la actividad era mayor que nunca y llenaba la plaza por completo. Los granjeros habían llegado con camiones cargados de fruta y verdura, queso, miel, beicon, pan, paté, pollos, conejos, cabras. Podía comprar dulces en grandes cantidades, una bata como la de Madame, un tractor incluso.

Todo el mundo estaba allí: nuestros vecinos, la mujer de la biblioteca, Madame en un banco al otro lado de la plaza con dos de sus compinches, alumnas de una clase de yoga en la que también participaba yo, la mujer con el bebé que casi se ahoga y todas las personas a las que les había comprado algo en algún momento.

Incluso con todas aquellas personas alrededor, lo localicé al instante. Parecía estar discutiendo ferozmente con un tipo que vendía tomates; luego los dos sonrieron y se palmearon la espalda. Jean-Paul recogió una bolsa, se dio la vuelta y casi chocó conmigo. Salté hacia atrás para evitar mancharme el vestido con los tomates y di un traspiés. Rick y Jean-Paul me sujetaron cada uno por un codo y, mientras recobraba el equilibrio, los dos siguieron sosteniéndome un segundo antes de que Jean-Paul me soltara,

– Bonjour, Ella Tournier -dijo, con una inclinación de cabeza y un leve alzamiento de cejas. Llevaba una camisa de color azul pálido. Sentí una repentina necesidad de extender la mano y tocarla.

– Qué tal, Jean-Paul -repliqué, con mucha tranquilidad. Recordé haber leído en algún sitio que la persona a la que uno se dirige primero y que se presenta a la otra es la más importante. Me volví con mucho cuidado hacia Rick y dije-: Rick, te presento a Jean-Paul. Jean-Paul, éste es Rick, mi marido.

Se estrecharon la mano, Rick dijo «bonjour» y Jean-Paul «hola». Sentí ganas de reír, ¡eran tan distintos! Rick alto, ancho, dorado y abierto; Jean-Paul pequeño, nervudo, moreno y calculador. Un león y un lobo, pensé. Y cómo desconfían el uno del otro.

Hubo un silencio incómodo. Jean-Paul se volvió hacia mí y dijo en inglés:

– ¿Qué tal sus investigaciones en Mende? Me encogí de hombros con indiferencia.

– No muy bien. Nada útil. Nada en absoluto, a decir verdad -pero no era indiferencia lo que sentía: pensaba, con un sentimiento de culpa y de placer, que Jean-Paul había llamado a Mathilde y que yo no le había llamado; que el incómodo inglés de Jean-Paul era lo único que revelaba su agitación interior; que Rick y él eran muy distintos; que los dos me vigilaban estrechamente.

– ¿De manera que va a otras ciudades para hacer ese trabajo?

Traté de no mirar a Rick.

– Fui a Pont de Montvert también, pero no encontré nada. No es mucho lo que queda de aquella época. No es tan importante, de todos modos. Da un poco lo mismo, en realidad.

La sonrisa sarcástica de Jean-Paul me decía tres cosas: está mintiendo, creía que iba a ser fácil y ya se lo advertí.

Pero no dijo nada de todo aquello y se quedó mirándome el pelo con fijeza.

– El pelo se le está volviendo rojo -comentó.

– Sí -le sonreí. Lo había expresado de la manera justa: sin preguntas ni acusaciones. Por un momento, mi marido y el mercado desaparecieron.

Rick me deslizó una mano espalda arriba hasta colocármela en el hombro. Reí, nerviosa, y dije:

– Bueno, nos tenemos que ir. Me alegro de verle.

Au revoir , Ella Tournier -dijo Jean-Paul.

Rick y yo tardamos unos minutos en hablar. Fingí estar absorta en la compra de miel y Rick sopesó berenjenas con las manos. Finalmente dijo:

– De manera que es ése, ¿verdad?

Le lancé una mirada feroz.

– Es el bibliotecario, Rick. Nada más.

– ¿Seguro?

– Sí -hacía mucho tiempo que no le mentía.

Una tarde, al volver de clase de yoga, oí sonar el teléfono cuando todavía estaba en la calle. Corrí para contestar y conseguí decir un «¿diga?» completamente sin aliento antes de que una voz aguda, emocionada, empezase a hablar tan rápidamente que tuve que sentarme y esperar a que terminara. Por fin conseguí hacerme escuchar en francés.

– ¿Quién habla?

– Mathilde, soy Mathilde. Escucha, ¡es maravilloso, tienes que verlo!

– Mathilde, más despacio. No entiendo lo que dices ¿Qué es maravilloso?

Mathilde respiró hondo.

– Hemos encontrado algo sobre tu familia, sobre los Tournier.

– Espera un momento quiénes lo habéis encontrado?

– Monsieur Jourdain y yo ¿Recuerdas que te hablé de que había colaborado antes con él en Le Pont de Montvert?

– Sí

– Bien; hoy no tenia que trabajar en el mostrador principal, de manera que se me ocurrió coger el coche y hacerle una visita, ver la habitación de la que me hablaste. ¡Menudo basurero! De manera que monsieur Jourdain y una servidora empezamos a mirar lo que había por allí. ¡Y en una de las cajas de libros encontró a tu familia!

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