Tracy Chevalier - El azul de la Virgen

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El azul de la Virgen: краткое содержание, описание и аннотация

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En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.

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Esto ya se parece más a lo que imaginaba, pensé.

Me detuve cerca de la cumbre, en un lugar llamado Le Col de Finiels, y me senté en el capó del coche. Al cabo de unos minutos se detuvo el ventilador automático y el silencio me pareció maravilloso; me puse a escuchar y oí el canto de algunos pájaros y el sordo bramido del viento Según el mapa, hacia el este, a través de un pinar y más allá de una colina, se hallaba el nacimiento del Tarn. Tuve la tentación de ir en su busca.

Pero lo que hice fue descender por el otro lado del ponte, zigzagueando, hasta que la última revuelta me llevó por la simple fuerza de la gravedad, hasta Le Pont de Montvert, donde pasé un hotel, un colegio, un restaurante y unas cuantas tiendas y bares. De la carretera salían caminos que luego serpenteaban entre las casas construidas colina arriba. Por encima de los techos más bajos vi el tejado de una iglesia con un campanario de piedra.

Vislumbré el agua del otro lado de la carretera, donde, oculto por una valla baja de piedra, corría el Tarn. Aparqué junto a un viejo puente, por el que entré a pie, para contemplar el río desde arriba.

Allí el Tarn había cambiado por completo. En lugar de ser ancho y pausado, no tenía más allá de seis metros de orilla a orilla y galopaba como un torrente. Contemplé los cantos rodados de intensos colores rojos y amarillos que brillaban bajo el agua. Me costó trabajo apartar los ojos.

Esta agua recorrerá todo el camino hasta Lisle, pensé. Todo el camino hasta donde vivo.

Eran las diez de la mañana de un miércoles. Quizá Jean-Paul estuviera sentado en el café, contemplando también el río.

Basta, Ella, me dije, enérgica. Piensa en Rick o no pienses en nadie.

Por fuera la mairie -un edificio gris con postigos marrones y una bandera francesa que colgaba, flácida, de una de las ventanas- era bastante presentable. Dentro, en cambio, aquello parecía un baratillo; el sol se filtraba a través de una niebla hecha de polvo. En el rincón más distante, junto a una mesa, monsieur Jourdain leía el periódico. Era bajo y rollizo, de ojos saltones, piel cetrina y una de esas barbas de mala calidad que desaparecen a mitad de camino cuello abajo y desdibujan la línea de la mandíbula. Su mirada era de desconfianza mientras yo me abría camino entre gastados muebles antiguos y montones de papeles.

– Bonjour, monsieur Jourdain -le saludé con tono decidido.

Gruñó algo y siguió mirando el periódico.

– Me llamo Ella Turner…, Tournier -continué, pronunciando el francés con mucho cuidado-. Me gustaría examinar algunos registros que conservan ustedes aquí, en la mairie. Más concretamente un compoix de 1570. ¿Podría verlo?

Me miró brevemente y luego continuó leyendo el periódico.

– ¿Monsieur? Es usted monsieur Jourdain, ¿no es cierto? En Mende me dijeron que tenía que hablar con usted.

Monsieur Jourdain se pasó la lengua por los dientes. Miré su periódico. Leía la sección deportiva, las páginas de las carreras de caballos.

Dijo algo que no entendí.

Pardon ?-le pregunté.

Volvió a hablar de manera incomprensible y me pregunté si estaba borracho. Cuando le pedí una vez más que repitiera lo que había dicho, agitó las manos y me salpicó de saliva, soltando un torrente de palabras. Di un paso atrás.

– ¡Dios mío! ¡Menuda caricatura! -murmuré en inglés.

Entornó los ojos y volvió a gruñir; di media vuelta Y me marché. Estuve un rato echando chispas mientras me tomaba un café en un bar, luego busqué el teléfono de los archivos de Mende y llamé a Mathilde desde una cabina.

Lanzó un grito cuando le expliqué lo sucedido.

– Déjamelo a mí -me aconsejó-. Vuelve dentro de media hora.

Lo que Mathilde le dijo por teléfono a monsieur Jourdain dio resultado, porque, pese a lo hostil de su mirada, me llevó por un pasillo hasta una habitación poco espaciosa que albergaba una mesa desbordada de papeles.

Attendez -murmuró antes de marcharse.

Me pareció estar en un almacén; mientras esperaba fisgoneé un poco. Había cajas y libros por todas partes, algunos muy antiguos. Montones de papeles que parecían documentos oficiales descansaban directamente sobre el suelo, y sobre la mesa había muchas cartas sin abrir, todas dirigidas a Abraham Jourdain.

Al cabo de diez minutos el secretario de la mairie reapareció con una caja grande y la dejó caer sobre la mesa. Luego, sin mirarme ni dirigirme la palabra, se volvió a marchar.

La caja contenía un libro similar al compoix de Mende, aunque más grande y peor conservado. La encuadernación de cuero estaba tan estropeada que ya no mantenía unidas las hojas. Lo traté con el mayor cuidado posible, pero incluso así algunos trocitos y esquinas quedaron reducidos a polvo o se rompieron. Me guardé disimuladamente los fragmentos en los bolsillos, ante el temor de que monsieur Jourdain los encontrase y me gritara.

A mediodía me echó. Sólo llevaba una hora trabajando cuando apareció en el umbral, me miró iracundo y gruñó algo. Sólo me enteré de lo que decía por los golpes que se daba en el reloj de pulsera. Caminó a grandes zancadas por pasillo y vestíbulo para abrir la puerta principal, cerrándola con un portazo cuando hube salido; luego corrió el cerrojo. Me quedé parpadeando al sol, deslumbrada después del tiempo pasado en aquella habitación oscura y polvorienta.

Enseguida me rodearon los niños que salían de un vecino patio de recreo.

Respiré hondo. Gracias a Dios, pensé.

Me compré cosas para almorzar cuando ya estaban cerrando las tiendas: queso, melocotones y un pan de color rojo oscuro que, según me explicó el tendero, era una especialidad local, hecho con castañas. Por un camino entre las casas de granito subí hasta la iglesia, en lo más alto del pueblo.

Era un sencillo edificio de piedra, casi tan ancho como alto. La que me pareció ser la entrada principal estaba cerrada con llave, pero en un lateral encontré una puerta abierta, con la fecha 1828 grabada encima, y me metí dentro. La nave estaba llena de bancos de madera. Había galerías a lo largo de los muros laterales. También un órgano de madera, un facistol y una mesa con una Biblia, abierta, de gran tamaño. Eso era todo. Ningún adorno: ni estatuas, ni crucifijos ni vidrieras. Nunca habla visto una iglesia tan desnuda. Ni siquiera había un altar que diferenciara el lugar del pastor del de los fieles.

Me acerqué a la Biblia, el único objeto en todo el edificio que no era puramente funcional. Parecía antigua, aunque no tanto como el compoix que había estado consultando. Empecé por hojearla. Me llevó algún tiempo -ignoraba el orden de los diferentes libros-, pero a la larga encontré lo que quería. Empecé a leer el salmo treinta y uno: J'ai mis en toi mon espérance: garde-moi donc, Seigneur. Cuando llegué al primer verso de la tercera estrofa, Tu es ma tour et forteresse, los ojos se me habían llenado de lágrimas. Dejé de leer y me fui corriendo.

Tonta, más que tonta, me reñí, recostada en el muro que rodeaba la iglesia, mientras me secaba las lágrimas. Me forcé a comer, parpadeando bajo el brillante resplandor del sol. El pan de castañas sabia dulce, estaba muy seco y se me atragantaba. Durante el resto del día me quedó la sensación de que seguía allí.

Cuando regresé a la mairie, monsieur Jourdain, las manos entrelazadas, estaba otra vez en su mesa. No leía el periódico; de hecho daba toda la sensación de estar esperándome.

– Bonjour, monsieur. ¿Puedo seguir consultando el compoix, si es tan amable?

Abrió un archivador vecino a su mesa, sacó la caja y me la entregó. Luego estudió mis facciones con detenimiento.

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