Cuando se hubieron marchado, estudié La Vista durante mucho tiempo. La dama está sentada, y el unicornio descansa en su regazo. Podría pensarse que se aman. Quizá sea así. Pero la dama sostiene un espejo y el unicornio podría muy bien contemplarse con ojos amorosos en lugar de mirar a la dama, que tiene los ojos torcidos y le pesan los párpados. Su sonrisa está llena de aflicción. Puede que ni siquiera vea al unicornio.
Eso es lo que pienso.
Me alegré de que Georges me confiara el dobladillo. Busqué la tira de lana marrón, aguja e hilo y, con mucho cuidado, recogí los hilos de la urdimbre como les había visto hacerlo a Aliénor y a Christine. Luego me senté junto a la ventana y di primero una puntada y luego otra. Cosí tan despacio como si estuviera contando los cabellos de un bebé dormido. Cada vez que oía gritar a Aliénor, apretaba los dientes y luchaba contra el temblor que se apoderaba de mis manos.
Había cosido la mitad de un lado del tapiz cuando cesaron los alaridos. También me detuve yo y me limité a esperar. Aunque debería haber rezado, estaba demasiado asustado para hacer hasta eso.
Finalmente, Christine apareció en el umbral con un atadijo de tela suave en los brazos y me sonrió.
– ¿Aliénor? -pregunté.
A Christine le hizo reír la expresión de mi cara.
– Tu esposa está bien. Todas las mujeres gritan. Los partos son así. Pero ¿no quieres saber qué te ha nacido? Te presento a un nuevo tejedor -me mostró a su nieto. Tenía la cara aplastada y roja y ni un solo pelo en la cabeza.
Me aclaré la garganta y extendí los brazos para recibir a Etienne.
– Habéis olvidado quién es su padre -dije-. Este niño será pintor.
Tiempo de Septuagésima de 1492
Nunca me han gustado las semanas que preceden a la Cuaresma. Hace frío: un frío que ha durado demasiado, un frío que se me ha metido en los huesos. Estoy cansado de sabañones, de articulaciones que crujen, y de la manera en que mantengo tenso el cuerpo, porque si me dejo ir siento aún más frío. Hay poco que comer y lo que queda no es nada apetitoso: está escabechado y salado y es seco y duro. Echo de menos las lechugas recién cortadas, la caza recién muerta, una ciruela o una fresa.
No trabajo mucho durante Septuagésima: tengo las manos agarrotadas por el frío y no soy capaz de empuñar un pincel. Y tampoco encuentro mujeres que me agraden. Espero. Prefiero la Cuaresma, pese a sus rigores. Al menos cada día que pasa hace más calor y hay más luz, aunque todavía escasee la comida.
Una mañana glacial, cuando tiritaba en la cama bajo muchas mantas y me preguntaba si merecía la pena levantarse, recibí un mensaje para reunirme con Léon le Vieux en Saint-Germain-des-Prés. No voy por allí desde hace tiempo, por temor a encontrarme con Geneviéve de Nanterre. Tenía, en cambio, escaso temor y ninguna esperanza de ver a su hija. Un amigo que mantiene los ojos abiertos en beneficio mío sobre lo que sucede en la rue du Four -donde no me atrevía a dejarme ver- me contó que a Claude la habían desterrado de París el verano pasado, aunque ninguno de los criados sabía dónde. También Béatrice había desaparecido.
Me puse toda la ropa que poseo y apresuré el paso hacia el sur, cruzando el Sena helado por el pont au Change y el pont Saint-Michel. No me paré en Notre Dame: hacía demasiado frío incluso para eso. Cuando llegué a Saint-Germain-des-Prés miré dentro de la iglesia con precaución, preguntándome si encontraría arrodillada a Geneviéve de Nanterre. Pero no había nadie: era un momento intermedio entre dos misas y el recinto estaba demasiado frío para entretenerse allí.
Finalmente encontré a Léon en el marchito jardín del claustro. Pocas cosas crecían en aquella época del año, aunque había unas cuantas campanillas de invierno y otros brotes que asomaban entre el barro. Ignoraba en qué podrían convertirse. Aliénor había tratado de instruirme acerca de las plantas, pero todavía necesitaba algo más que un bultito verde para discernir su futuro.
En invierno Léon le Vieux camina con un bastón para protegerse contra la nieve y el hielo. Ahora lo utilizaba para hurgar en las matas de espliego y romero. Alzó la vista.
– Siempre me sorprende lo resistentes que son en invierno, cuando todo lo demás está muerto -se agachó y arrancó unas hojas de cada una, luego las aplastó entre los dedos, que se llevó a la nariz-. Por supuesto que no son tan aromáticas ahora: para eso necesitan sol y calor.
– También dependerá del jardinero, non ?
– Quizá -Léon le Vieux dejó caer las hojas y se volvió hacia mí-. Han llegado los tapices de Jean le Viste.
La noticia me produjo una inesperada oleada de alegría.
– ¡De manera que Georges consiguió terminarlos para la Purificación! ¿Habéis ido a Bruselas?
Léon le Vieux negó con la cabeza.
– Me niego a viajar en invierno dado el estado de los caminos; no lo haría ni aunque me lo pidiera el Rey.
A mi edad hay que estar sentado junto al fuego y no dedicarse a viajar día y noche por nieve y fango para traer los tapices a París a tiempo. Quiero morir en mi cama y no en una posada mugrienta, de camino para cualquier sitio. No; envié un mensaje con los soldados y le pedí a un mercader de Bruselas, conocido mío, que comprobara la calidad del trabajo. Y, por supuesto, el gremio de tejedores los aprobó: eso es lo importante.
– ¿Los habéis visto? ¿Qué aspecto tienen?
Léon le Vieux hizo un gesto con el bastón y empezó a caminar hacia el arco por donde se salía del claustro.
– Ven conmigo a la rue du Four y podrás verlos.
– ¿Seré bien recibido?
– Monseigneur Le Viste los ha colgado ya, y quiere que los examines para estar seguro de que la altura es la correcta -se volvió a mirarme y añadió-: Écoute , pórtate bien cuando estés allí -luego se echó a reír.
Ni siquiera en las fantasías más alcohólicas de mis veladas en Le Coq d'Or había soñado con que se me invitara a entrar sin problemas en casa de Claude le Viste. Allí estaba, sin embargo, con el mayordomo de gesto avinagrado dejándonos pasar. Si no me hubiera acompañado Léon le Vieux me habría lanzado contra él, para devolverle la paliza. Tuve, en cambio, que seguirlo mansamente mientras nos conducía a la Grande Salle y luego nos dejaba allí para ir en busca de su señor.
Me situé en el centro de la estancia, con Léon le Vieux a mi lado, y fui mirando a las diferentes damas, mis ojos de un lado a otro, tratando de captarlas todas a la vez. Las contemplé más tiempo del que he pasado nunca examinando cualquier cosa. Léon tampoco se movía ni hablaba. Era como si estuviéramos atrapados en un sueño. Y no estaba seguro de querer despertarme.
Cuando por fin Léon cambió de postura, abrí la boca para decir algo, pero lo que hice fue reírme. Fue una reacción inesperada. Sin embargo, seguía pensando ¿cómo he podido alguna vez preocuparme por leones con aspecto de perros, unicornios gordos y naranjas que parecían nueces, cuando estaban aquí estas damas? Todas ellas eran hermosas, y vivían tranquilas, satisfechas. Hallarse entre ellas era formar parte de su existencia mágica, llena de felicidad. ¿Qué unicornio no se dejaría seducir por ellas?
No eran sólo las damas lo que daba tanta fuerza a los tapices, sino también las millefleurs . Las faltas que pudiera haber en los dibujos se esfumaban en aquel campo azul y rojo con miles de flores. Tenía la sensación de hallarme en un prado estival, pese a que en París el día fuese frío y oscuro. Aquellas millefleurs completaban la habitación, y unían a las damas y a sus unicornios, a los leones y a las criadas, y también a mí. Sentí que estaba con todos ellos.
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