Yo iba casi a diario para ayudar. Tampoco tenia cartones que dibujar en otros sitios: los lissiers raras veces reciben nuevos encargos en invierno, una época en la que nadie viaja hacia el norte ni desde París ni desde ningún otro sitio. Además, quería estar allí, aunque sólo fuera para hacer compañía a mi mujer. Aliénor ayudaba a Madeleine, o cosía los tapices cuando había sitio para ella. Pero buena parte del tiempo tanto ella como yo parecíamos gatos que deambulan por callejones en busca de algo que los mantenga ocupados. Era penoso ver a otros trabajar tanto y no ser capaces de hacer lo mismo. Envidiaba la laboriosidad de Christine, aunque todavía me asustaba un tanto verla tejer tapices a los que el Gremio tenía que dar el visto bueno. Por supuesto no decía nada. Era parte de la familia y sabía guardar sus secretos.
Apenas celebramos la Navidad. Es verdad que se festejó la Nochebuena, aunque la comida fue poca y carente de interés, sin dinero para carne, pasteles o vino. Sólo Joseph y Thomas no trabajaron el día de San Esteban. Christine acudió a misa el día de los Inocentes, e insistió en que todo el mundo fuera a Notre Dame du Sablon en la fiesta de la Epifanía, aunque después trabajáramos en lugar de celebrarla. Para entonces ni siquiera Joseph y Thomas se incorporaron al júbilo de las calles, porque estaban a punto de acabar El Tacto y querían terminar de una vez.
Se adelantaron a los demás -aunque no se trataba de un juego, ni hubo ganadores- debido a un problema con La Vista. Un día Georges examinó el tapiz y frunció el ceño ante las hojas de un roble que Christine había estado tejiendo.
– Has olvidado un trozo de rama. ¿Ves? Acaba aquí y empieza otra vez ahí, con hojas donde debería haber madera.
Christine miró fijamente su trabajo. Los otros tejedores callaron. Georges le Jeune se acercó para mirar.
– ¿Importa? -dijo, examinando las hojas-. Nadie se dará cuenta.
Georges lo miró con desaprobación y dijo:
– Apártate, Christine.
Mi suegra se colocó junto a Aliénor ante la devanadera y lloró mientras Georges empezaba a deshacer lo que había tejido. Nunca la habla visto llorar.
– Bonjour !
Al volvernos, vimos que una cabeza asomaba por la ventana del taller. Era otro lissier , Rogier le Brun, que venía a comprobar si el trabajo del taller se hacía de acuerdo con las normas del Gremio. Georges había hecho en el pasado similares visitas inesperadas a otros talleres: de esa manera el Gremio se aseguraba de que sus miembros se atenían a las reglas, de que los lissiers no hacían trampas, y de la excelente calidad de los tapices de Bruselas.
No sé el tiempo que llevaba Rogier le Brun observándonos. Si había visto tejer a Christine podíamos tener problemas. Sin duda la habla visto llorar y podía preguntarse por qué. Todos pensábamos en eso mientras Christine se secaba las lágrimas con la manga y se apresuraba a reunirse con su marido para dar la bienvenida al lissier .
– Por supuesto beberás una cerveza y probarás alguno de los bollos con especias que han quedado de la Epifanía. ¡Madeleine! -llamó, al tiempo que se dirigía hacia la casa, mientras Rogier le Brun intentaba rechazar la bebida y la comida que le ofrecían. Sin duda estaba al tanto de las dificultades por las que atravesaba el taller. Aquellos bollos eran regalo de un vecino compasivo.
– Madeleine ha salido -le susurré a Aliénor, quien, rápidamente, me pasó la lana que había estado enrollando y fue a ayudar a su madre. Los ojos de Rogier le Brun la siguieron mientras cruzaba el taller, el vientre estirándole el vestido. Cuando hubo salido me miró un momento, como si tratara de adivinar de qué manera un individuo tan tímido como yo podía haber hecho una cosa así. Sentí que la cara me ardía de vergüenza.
– ¿Deshaciendo el trabajo, eh? -comentó Rogier le Brun, volviéndose hacia el roble que Georges se disponía a rectificar en el tapiz-. El aprendiz estropea las cosas como de costumbre, ¿no es eso? -le dio unos suaves golpecitos a Luc en la cabeza. Luc lo miró furioso, pero, gracias a Dios, no lo negó. Es un chico listo y sabe cuándo callar. Rogier le Brun entornó los ojos y se volvió hacia Georges-. Cómo te comprendo, Georges. No hay nada peor para un lissier que deshacer lo que ya está hecho. Pero tratándose de tapices como éstos, hasta el último adorno ha de estar bien, ¿eh? No se podrían utilizar tejedores poco competentes. El Gremio no aceptaría el trabajo, ¿verdad que no?
Todos los presentes guardaron silencio.
– Luc se equivoca muy pocas veces -murmuró Georges al cabo de un momento.
– Por supuesto: estoy seguro de que le has enseñado bien. Pero eso os retrasará, n’est-ce-pas , precisamente cuando más necesitas el tiempo. ¿En qué fecha se han de entregar los tapices?
– Para la Purificación.
– ¿ La Purificación? ¿Cómo vas a poder acabarlos tan pronto?
Antes de que Georges pudiera responder había reaparecido Christine con jarras de cerveza.
– No te preocupes por nosotros, Rogier -intervino-. Nos las arreglaremos. Mira, el otro tapiz está casi acabado y después todos los tejedores se dedicarán a este otro.
Thomas resopló.
– Si se nos paga más, quizá.
Rogier le Brun apenas escuchaba. Comprendí que estaba calculando el trabajo que quedaba por hacer, el número de tejedores -¿contaría a Christine entre ellos?- y el tiempo disponible para hacerlo. Todos le observamos mientras hacía sus cuentas. El banco de los que trabajaban crujió al moverse inquietos sus ocupantes. También yo cambié los pies de sitio. A pesar del frío, por la frente de Georges caían gotas de sudor.
Christine cruzó los brazos sobre el pecho.
– Nos las arreglaremos -repitió-, como espero que te suceda a ti cuando Georges te haga una visita en nombre del Gremio -a continuación le sonrió.
Se produjo un breve silencio mientras Rogier le Brun asimilaba aquel recordatorio acerca de cómo los lissiers se ayudaban unos a otros. Miró a la dueña de la casa y me fijé en cómo se le movía la nuez al tragar.
Aliénor apareció entonces y se le acercó sin apresurarse.
– Por favor, monsieur, tomad uno -dijo, presentándole la bandeja con los bollos.
Aquello hizo que Rogier le Brun se echara a reír.
– Georges -exclamó, probando uno de los dulces-, ¡quizá tengas problemas con el taller, pero tus mujeres lo compensan!
Cuando se hubo marchado, Georges y Christine se miraron.
– Me parece -dijo mi suegra, moviendo la cabeza- que San Mauricio se está encargando de protegernos. Si no me hubiera equivocado con ese roble, Rogier me habría sorprendido trabajando. Y si me hubiera visto sentada ante el telar, no habría podido hacerse el distraído.
Georges sonrió por vez primera desde hacía muchas semanas. Fue como cuando se quiebra el hielo en un estanque después de un largo invierno, o como cuando se rompe un maleficio. Los jóvenes rieron, se pusieron a imitar a Rogier, y Christine fue a buscar más cerveza. Por mi parte, me acerqué a donde estaba Aliénor y la besé en la frente. No alzó la cabeza, pero sonrió.
Dos semanas antes de la Purificación los tejedores contratados terminaron El Tacto. El corte del tapiz para separarlo del telar no fue la solemne ceremonia que quizá les hubiera gustado a Georges le Jeune, a Joseph y a Thomas, sino una cosa rápida y expeditiva. Cuando se desenrolló el tapiz y se le dio la vuelta para verlo, Georges movió la cabeza afirmativamente y elogió el trabajo, pero sus pensamientos estaban en sus dedos, y sus dedos querían seguir tejiendo. Christine, sin embargo, advirtió la desilusión de los otros y procedió a dar un codazo a su marido. El lissier entregó a los contratados sus últimos sous para que brindaran en la taberna.
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