Tracy Chevalier - La joven de la perla

Здесь есть возможность читать онлайн «Tracy Chevalier - La joven de la perla» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Современная проза, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

La joven de la perla: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «La joven de la perla»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Delft, Holanda, 1665. Después de que su padre se quede ciego tras una explosión, Griet, de diecisiete años, tiene que ponerse a trabajar para mantener a su familia. Empieza como criada en casa de Johannes Vermeer y poco a poco va llamando la atención del pintor. Aunque son totalmente diferentes con respecto a educación y estatus social, Vermeer descubre la intuición de Griet para comprender la luz y el color y lentamente la va introduciendo en el misterioso mundo de la pintura.
Vermeer es un perfeccionista y a menudo tarda meses en terminar un cuadro. Su suegra, María Thins, lucha continuamente por mantener a su familia dentro del estilo de vida al que están acostumbrados, actualmente en peligro, y viendo que Griet inspira a Vermeer, toma la peligrosa decisión de permitir la clandestina relación que estos dos mantienen.
Sumergida en una caótica familia de católicos encabezada por la volátil esposa de Vermeer Catharina, y rodeada de niños, Griet está cada vez más expuesta a grandes riesgos. Cornelia, una niña de doce años que ve mas de lo que debería, pronto se pone celosa y sospecha de Griet. Esto le puede traer problemas.
Sola y sin protección alguna, Griet también llama la atención de Pieter, un chico carnicero del pueblo, y del patrón de Vermeer, el rico Van Ruijven, que se siente frustrado porque su dinero no consigue comprar el control del artista. Mientras que Griet se enamora cada vez mas de Vermeer, ella no está del todo segura de los sentimientos de él.
El maquiavélico Van Ruijven, que sospecha la relación entre el maestro y la criada, idea un plan para que Vermeer pinte un cuadro en el que aparezca solo Griet. El resultado será uno de los mejores cuadros que jamás se han hecho, pero ¿a qué precio para Griet?

La joven de la perla — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «La joven de la perla», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Un día estaba fregando el suelo del pasillo cuando le oí decir:

– ¿Quién le pedirías a tu marido que pintara si pudiera pintar a quien quisiera?

– ¡Oh, yo no pienso en esas cosas! -contestó riéndose Catharina-. Él pinta lo que pinta.

– Yo no estoy tan seguro -Van Ruijven se esforzó tanto en sonar malicioso que ni siquiera Catharina pudo pasar por alto la indirecta.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó ella.

– Nada, nada. Pero deberías pedirle un cuadro. No podrá decir que no. Podría pintar a una de las niñas, a Maertge, tal vez. O tu encantadora persona.

Catharina se quedó callada. Por la rapidez con que Van Ruijven cambió de tema, debió de darse cuenta de que había dicho algo que la molestaba.

En otra ocasión en que ella le preguntó sí le gustaba posar para el cuadro, Van Ruijven respondió:

– No tanto como si tuviera una hermosa muchachita sentada a mí lado. Pero pronto la tendré, en cualquier caso, y por el momento tendré que conformarme.

Catharina dejó pasar ese comentario, como no lo habría hecho unos meses antes. Pero, por otro lado, es probable que a ella no le sonara tan sospechoso, puesto que no sabía nada del cuadro. Yo me quedé horrorizada, sin embargo, y fui a contárselo a María Thins.

– ¿Andas escuchando detrás de las puertas, muchacha? -me preguntó la anciana.

– Yo…, yo -no podía negarlo.

María Thins esbozó una amarga sonrisa.

– Ya era hora de que te pillara haciendo el tipo de cosas que se supone que hacen las criadas. Lo siguiente que hagas será robar cucharillas de plata.

Yo parpadeé. Eran unas palabras muy duras, especialmente después de todo lo que había pasado con el asunto de Cornelia y las peinetas. No tenía elección, sin embargo: le debía mucho a María Thins. Debía aguantar sus crueles palabras.

– Pero tienes razón que Van, Ruijven se va de la boca -continuó-. Volveré a hablar con él.

No valía de mucho, sin embargo, hablar con él. Incluso parecía que ello le incitaba a contarle aún más a Catharina. María Thins empezó a estar en la habitación con su hija cuando él entraba a visitarla, a fin de intentar refrenar su lengua.

Yo no sabía qué haría Catharina sí descubriera mi retrato. Y algún día habría de descubrirlo, sí no en su propia casa, sí en la de Van Ruijven, en donde me vería mirándola desde la pared cada vez que levantara la cabeza del plato.

No todos los días trabajaba en mi retrato. Tenía que pintar también el cuadro del concierto, con o sin Van Ruijven y sus mujeres. Pintaba lo de alrededor cuando ellos no venían a posar o me pedía que ocupara el lugar de una de ellas: la joven sentada a la espineta, la mayor de pie al lado de ésta cantando con una partitura en la mano. No me ponía sus ropas. Sencillamente quería un cuerpo en el lugar. A veces venían las dos mujeres sin Van Ruijven, y entonces era cuando él trabajaba mejor. Van Ruijven no era fácil de pintar. Lo oía cuando trabajaba en el desván. No se estaba quieto y quería hablar y tocar el laúd. Mi amo tenía mucha paciencia con él, como sí fuera un niño, pero a veces notaba un tono peculiar en su voz y sabía que esa noche saldría e iría a la taberna y volvería con unos ojos brillantes e hinchados.

Posaba para él una o dos horas tres o cuatro veces por semana. Era lo que más me gustaba de la semana, sus ojos sólo para mí durante esas horas. No me importaba que fuera una postura difícil de mantener, que mirar de lado durante todo ese rato me diera dolor de cabeza. No me importaba cuando me hacía mover la cabeza una y otra vez para que la tela amarilla oscilara a un lado y otro y poderme así pintar como si acabara de volverme a mirarlo. Hacía todo lo que me pedía.

Pero él no parecía contento, sin embargo. Pasó febrero y empezó marzo, con sus días de hielo y sol, y a él seguía sin parecerle bien. Llevaba casi dos meses trabajando en el cuadro, y aunque no lo había visto, pensaba que debía de faltarle poco para estar terminado. Ya no me hacía mezclar grandes cantidades de colores, sino que utilizaba pequeñas cantidades y apenas movía los pinceles mientras yo posaba. Yo pensaba que había entendido cómo quería que estuviera, pero ya no estaba muy segura. A veces simplemente se sentaba y me miraba como si estuviera esperando que hiciera algo. Entonces no se comportaba como pintor, sino como hombre, y no era fácil mirarlo.

Un día, cuando estaba en mi silla, posando, dijo él de pronto:

– Esto será del agrado de Van Ruijven, pero no del mío.

Yo no sabía qué decir. No podía ayudarlo sin haber visto el cuadro.

– ¿Puedo ver el cuadro, señor?

Me miró curioso.

– A lo mejor puedo ayudarlo -añadí, y luego deseé no haberlo dicho. Temía haberme vuelto demasiado atrevida.

– Está bien -dijo él pasado un momento.

Yo me puse de pie y me quedé detrás de él. Él no se volvió, sino que permaneció sentado muy quieto. Sentí su respiración pausada y uniforme.

El cuadro no se parecía a ninguno de los otros. Sólo se me veía a mí, mi cabeza v mis hombros, sin mesas ni cortinas ni ventanas ni brochas que suavizaran o distrajeran la atención. Me había pintado con los ojos muy, abiertos, la cara directamente iluminada de frente, pero el lateral izquierdo en la sombra. Iba vestida de azul y amarillo y marrón. El paño que llevaba enrollado a la cabeza hacía que pareciera otra Griet, una Griet de otra ciudad o incluso de otro país. El fondo era negro, lo que contribuía a que se me viera más sola, aunque estaba claramente mirando a alguien. Parecía que estaba esperando algo que no creía que fuera a suceder nunca.

Tenía razón: el cuadro iba a satisfacer a Van Ruijven, pero le faltaba algo.

Lo supe antes que él. Cuando me di cuenta de lo que le hacía falta -ese punto brillante que había empleado para atraer al ojo en los otros cuadros-, me dio un escalofrío. Con esto lo terminará, pensé.

Y tenía razón.

Esta vez no intenté ayudarlo como había hecho con el cuadro de la esposa de Van Ruijven leyendo la carta. No bajé subrepticiamente al estudio a hacer cambios -como colocar de otra forma la silla en la que me sentaba o abrir más los postigos-. No me envolví de otra forma las telas azul y amarilla ni oculté la parte superior de mi camisola. No apreté los labios para ponerlos más encarnados ni me mordí los carrillos. No dejé preparados colores que él no me había pedido, pero que yo pensaba que tal vez podría utilizar.

Sencillamente seguí posando para él y molí y lavé los colores que me pidió.

Terminaría dándose cuenta por sí solo.

Le llevó más tiempo de lo que yo había supuesto. Posé dos veces más antes de que él se percatara de lo que le faltaba a la pintura. Las dos veces puso cara de desagrado mientras pintaba y me despidió enseguida.

Yo esperé.

La propia Catharina me dio la respuesta. Una tarde, Maertge y yo estábamos limpiando zapatos en el lavadero mientras las otras niñas estaban en la Sala Grande mirando a su madre vestirse para un bautizo. Oí a Aleydis y a Lisbeth dar grititos y supe que Catharina había sacado las perlas, pues a las niñas les encantaban.

Entonces oí sus pasos en el pasillo, silencio, luego voces sofocadas. Un momento después me llamó:

– Griet, tráele a mi mujer un vaso de vino.

Puse la jarra blanca y dos vasos en una bandeja, por si él decidía unirse a ella, y los llevé a la Sala Grande. Al entrar me tropecé con Cornelia, que estaba parada en la puerta. Conseguí agarrar la jarra, y los vasos se entrechocaron contra mi pecho sin llegar a romperse. Cornelia me lanzó una afectada sonrisa y se quitó de en medio.

Catharina estaba sentada a la mesa donde tenía su brocha y tarro de polvos, sus peinetas y su joyero. Se había puesto las perlas y el vestido de seda verde, que le habían arreglado para que le cupiera el vientre. Yo puse una copa a su lado y le serví el vino.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «La joven de la perla»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «La joven de la perla» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «La joven de la perla»

Обсуждение, отзывы о книге «La joven de la perla» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.