Mama está convencida de que May y yo no podríamos cambiar nuestra forma de ser aunque quisiéramos. Se supone que May está tan satisfecha y contenta consigo misma como la Oveja en cuyo año nació. Según mama, la Oveja es el signo más femenino. Es moderna, artística y compasiva. La Oveja necesita a alguien que cuide de ella, para estar siempre segura de que tendrá comida, cobijo y ropa. Al mismo tiempo, colma de cariño a quienes la rodean. La suerte le sonríe por su carácter apacible y su buen corazón, pero -según mama, un pero muy importante- a veces la Oveja sólo piensa en ella y su propia comodidad.
Yo tengo el ansia de esfuerzo del Dragón, un ansia que nunca se sacia por completo. «Puedes llegar a donde quieras batiendo tus enormes alas», suele decirme mama. Sin embargo, el Dragón, que es el más poderoso de los signos, también tiene sus inconvenientes. «El Dragón es leal, exigente, responsable, un domador de destinos -dice mama -, pero tú, mi Pearl, siempre tendrás el obstáculo de los vapores que salen por tu boca.»
¿Tengo celos de mi hermana? ¿Cómo voy a tenerlos si hasta yo la adoro? Compartimos el nombre generacional Long, que significa «Dragón». Yo me llamo Perla de Dragon; y May, Dragon Hermoso. Ella ha adoptado la grafía occidental de su nombre, pero en mandarín, mei significa «hermoso», y May es hermosa. Mi deber de hermana mayor consiste en protegerla, asegurarme de que sigue el camino correcto y mimarla por su valiosa existencia. Aunque a veces me enfado con ella (por ejemplo, el día que se puso mis zapatos de tacón favoritos -unos italianos de seda rosa- sin pedirme permiso y la lluvia los estropeó), el caso es que mi hermana me quiere. Yo soy su jie jie, su hermana mayor. En la jerarquía de la familia china, siempre estaré por encima de May, aunque mi familia no me quiera tanto como a ella.
Cuando llego a nuestra habitación, May ya se ha quitado el vestido y lo ha dejado tirado en el suelo. Cierro la puerta y nos relajamos en nuestro mundo de chicas bonitas. Dormimos en dos camas idénticas de cuatro columnas y dosel azul con glicinas bordadas. En la mayoría de los dormitorios de Shanghai hay un cartel o un calendario donde aparece una chica bonita, pero nosotras tenemos varios. Trabajamos de modelos para pintores que retratan jóvenes guapas, así que hemos escogido nuestras imágenes favoritas para colgarlas en las paredes: May, sentada en un sofá con una chaqueta de seda verde lima, sujeta una boquilla de marfil con un cigarrillo Hatamen; yo, envuelta en armiño, con las rodillas recogidas bajo la barbilla, miro fijamente al espectador desde una columnata, ante un lago paradisíaco, anunciando las pastillas rosa del Dr. William para el cutis pálido (¿quién mejor para anunciar esas pastillas que una joven con el cutis naturalmente rosado?); y las dos, apoyadas en un elegante tocador, cada una con un rollizo bebé varón en brazos -el símbolo de la riqueza y la prosperidad-, anunciando leche infantil en polvo, para demostrar que somos madres modernas que aprovechan los mejores inventos modernos para sus modernos vástagos.
Cruzo la habitación y me coloco con May frente al armario. Ahora es cuando de verdad empieza nuestra jornada. Esta noche vamos a posar para Z.G. Li, el mejor de los pintores especializados en calendarios, carteles y anuncios de chicas bonitas. La mayoría de las familias se escandalizarían si sus hijas posaran para pintores y pasaran toda la noche fuera de casa, y al principio nuestros padres también se escandalizaron. Pero, cuando empezamos a ganar dinero, dejó de importarles. Baba cogía nuestros ingresos y los invertía, diciendo que cuando nos enamoráramos y decidiéramos casarnos nos iríamos a casa de nuestros maridos con nuestro propio dinero.
Escogemos unos cheongsams complementarios que denotan armonía y estilo, y que al mismo tiempo nos dan un aire de frescura y relajación acorde con la promesa de felicidad para quienes utilicen el producto que vamos a vender, sea cual sea. Yo me decanto por un cheongsam de seda color albaricoque con ribetes rojos. Es tan ceñido que la modista tuvo que alargar mucho la abertura lateral para que pudiera andar. Los alamares, del mismo ribete rojo, cierran el vestido en el cuello, sobre el pecho, bajo la axila y a lo largo del costado derecho. May se pone un cheongsam de seda amarillo pálido con un discreto estampado de flores blancas con centro rojo. Su ribete y sus alamares son del mismo rojo intenso que los míos. El rígido cuello mandarín es tan alto que le roza las orejas; las mangas, cortas, acentúan la delgadez de sus brazos. May se perfila las cejas dándoles forma de hojas de sauce joven -largas, finas y elegantes-; yo me aplico polvos de arroz en la cara para disimular mis rosáceas mejillas. Luego nos calzamos zapatos de tacón rojos y nos pintamos los labios de rojo, a juego.
Hace poco nos cortamos la melena y nos hicimos la permanente. May me hace la raya al medio y me recoge los rizos detrás de las orejas, donde se acumulan formando una especie de ramillete de peonías de pétalos negros. Luego yo la peino a ella, y dejo que sus rizos le enmarquen la cara. Para completar nuestro atuendo, nos ponemos pendientes de lágrima de cristal rosado, anillos de jade y brazaletes de oro. Nos miramos en el espejo. Las múltiples imágenes de las dos que decoran las paredes se unen a nuestro reflejo. Nos quedamos así un momento, asimilando lo guapas que estamos. Tenemos veintiún y dieciocho años. Somos jóvenes, somos hermosas y vivimos en el París de Asia.
Bajamos taconeando por la escalera, decimos adiós con prisas y salimos a la noche de Shanghai. Nuestra casa está en el barrio de Hongkew, al otro lado del canal Soochow. No vivimos dentro de los límites oficiales de la Colonia Internacional, pero sí lo bastante cerca para creer que estamos protegidos de posibles invasores extranjeros. No somos tremendamente ricos, pero ¿acaso la riqueza no es siempre una cuestión de comparación? Según los estándares británicos, americanos o japoneses, vamos tirando; sin embargo, según los estándares chinos, tenemos una fortuna, aunque algunos de nuestros compatriotas de la ciudad son más ricos que muchos extranjeros. Somos kaoteng huajen -chinos superiores- y practicamos la religión de ch'ung yang. adoramos todo lo foráneo, desde la occidentalización de nuestros nombres hasta nuestra afición a las películas, el beicon y el queso. Como miembros de la bu-er-ch'iao-ya -la clase burguesa-, nuestra familia es lo bastante próspera para que los siete empleados domésticos coman por turnos en los escalones del portal, de modo que los conductores de rickshaw y los mendigos que pasan por delante sepan que quienes trabajan para los Chin pueden comer todos los días y tienen un techo bajo el que cobijarse.
Vamos andando hasta la esquina y regateamos con los conductores de rickshaw , descalzos y sin camisa, hasta que conseguimos un buen precio. Montamos.
– Llévanos a la Concesión Francesa -pide May.
Al ponerse en marcha, los músculos del chico se contraen por el esfuerzo. Al poco alcanza un trote cómodo, y el impulso del rickshaw relaja la tensión de sus hombros y su espalda. El chico tira como una bestia de carga, pero lo único que yo siento es libertad. De día, utilizo una sombrilla cuando voy de compras, de visita o a clase de inglés. Pero de noche no tengo que preocuparme por mi piel. Voy con la espalda erguida y respiro hondo. Miro a May. Está tan relajada que, en un gesto de imprudencia, deja que la brisa agite su cheongsam y se lo abra hasta más arriba de las rodillas. Es muy coqueta, y en ninguna otra ciudad como en Shanghai podría exhibir sus habilidades, su risa, su hermosa piel y su agradable conversación.
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