Esa tarde, con su presencia en la sala de los sirvientes las mejillas del señor Hamilton se convirtieron en cerezas y sus dedos comenzaron a pasearse nerviosamente por la solapa. La singular posición de la señorita Starling desconcertaba particularmente al señor Hamilton, que veía en la pobre y fiable mecanógrafa un adversario. Si bien en calidad de mayordomo era el jefe de los sirvientes, responsable de supervisar el funcionamiento de toda la casa, una secretaria personal tenía acceso a los flamantes secretos de los negocios de la familia.
El señor Hamilton sacó su reloj de oro del bolsillo y ampulosamente comparó la hora con la que marcaba el reloj de pared. Estaba inmensamente orgulloso de ese reloj, un regalo del difunto lord Ashbury que lograba devolverle la serenidad y lo ayudaba a conservar su autoridad en momentos de tensión o incomodidad. Luego recorrió su esfera con su pulgar pálido y firme y por fin preguntó:
– ¿Dónde está Alfred?
– Poniendo la mesa, señor Hamilton -respondí, aliviada. El tenso silencio finalmente se había evaporado.
– ¿Todavía? -el señor Hamilton cerró bruscamente el reloj, complacido al ver que su agitación podía centrarse en algo concreto-. Ha pasado casi un cuarto de hora desde que lo envié con las copas de brandy. Me gustaría saber qué le han estado enseñando a ese chico en el ejército. Desde su regreso ha estado tan errático como una pluma.
Me estremecí como si la crítica se hubiera dirigido a mí.
– Suele sucederle a los que vuelven. Algunos de los que llegan a la estación tienen un aspecto muy extraño -comentó Myra, dejando de lustrar las copas de vino mientras buscaba las palabras adecuadas-. Parecen nerviosos y un poco irritables.
– En efecto -asintió la señora Townsend, meneando la cabeza-. Necesita alimentarse bien. Creo que tú estarías igual si hubieras sobrevivido con las raciones del ejército, comida enlatada y carne en conserva.
La señorita Starling se aclaró la voz y comentó con cuidada dicción:
– Lo llaman trauma de guerra, según creo. -Miró tímidamente a su alrededor, mientras nosotros permanecíamos en silencio-. Al menos eso es lo que he leído. Afecta a muchos hombres. Tal vez Alfred esté entre ellos.
Mi mano resbaló y las hojas de té negro cayeron sobre la mesa de pino de la cocina.
La señora Townsend dejó su rodillo y se remangó los puños enharinados. Tenía las mejillas encendidas.
– Escúcheme -espetó, con una autoridad que sólo detentan las madres y los policías-. No toleraré que esas palabras se pronuncien en mi cocina. Alfred no tiene ningún problema que mis comidas no puedan solucionar.
– Por supuesto que no, señora Townsend -corroboré, echando un vistazo a la señorita Starling-. Alfred estará como nuevo en cuanto haya comido alguno de sus excelentes platos.
– Después de los submarinos alemanes y el racionamiento, mis cenas ya no pueden compararse con las de antes, es cierto -alegó la señora Townsend mirando a la secretaria. Y añadió con voz trémula-: Pero sé bien lo que le gusta al joven Alfred.
– Por supuesto -aseveró la señorita Starling, mientras sus mejillas empalidecían, y se destacaban sus pecas-. No quise sugerir… -Sin encontrar las palabras apropiadas, su boca siguió gesticulando, hasta que los labios dibujaron una leve sonrisa-. Sin duda usted conoce mejor a Alfred.
La señora Townsend asintió suavemente, enfatizando su actitud con un nuevo ataque a la masa del pastel. La cargada atmósfera se aligeró un poco y el señor Hamilton se dirigió a mí. La tensión de la tarde se reflejaba en su rostro.
– Termina con eso, niña -ordenó cansinamente-. Y luego puedes ir a ayudar arriba. Las jóvenes tienen que vestirse para la cena. Pero no te entretengas demasiado. Todavía hay que colocar las tarjetas de posición y los arreglos florales en la mesa.
Cuando, al finalizar la guerra, el señor Frederick y sus hijas se establecieron permanentemente en Riverton, Hannah y Emmeline eligieron nuevas habitaciones en el ala este. Habían dejado de ser huéspedes y esa actitud, subrayó Myra, era tan sólo un paso necesario para reafirmar su condición de residentes. Desde la habitación de Emmeline se veía el jardín que estaba al frente de la casa, con la fuente de Eros y Psique, mientras que Hannah prefirió la más pequeña, que tenía vistas a la rosaleda, y más allá, al lago. Las dos habitaciones estaban comunicadas por una pequeña sala de estar, a la que siempre se había denominado «sala borgoña», aunque nunca pude explicarme el motivo, dado que las paredes lucían un pálido color azul y las cortinas, un diseño floral de Sanderson de tonos azules y rosados.
La habitación no daba muestra alguna de tener nuevos habitantes. Por el contrario, conservaba el sello característico del antiguo morador que había supervisado su decoración. Estaba cómodamente equipada con una chaise longue rosácea debajo de una ventana y un escritorio de cedro debajo de la otra. Junto a la puerta del vestíbulo, un sillón señorial tapizado con otro diseño Sanderson de color azul. Sobre una pequeña mesa de cedro, como si sus tímidos pétalos rojos no se atrevieran a abrirse por completo, se veía la única innovación del lugar: un gramófono, que por su misma novedad parecía sonrojar a los recatados muebles antiguos.
Mientras avanzaba por el sombrío pasillo, los nostálgicos compases de una canción que me resultaba familiar se filtraban por la rendija de la puerta cerrada, mezclándose con el aire añejo y frío que rozaba los zócalos. «Si fueras la única mujer del mundo, y yo el único hombre…».
Era la canción favorita de Emmeline, la que se oía sin cesar desde que llegara de Londres. En las dependencias de los sirvientes todos la cantábamos. Incluso habíamos oído al señor Hamilton silbándola en su despacho.
Llamé a la puerta, entré, crucé la alfombra que alguna vez fuera digna de elogio y me ocupé de ordenar la pila de sedas y satenes amontonados sobre el sillón. Me gustaba esa tarea. Sin embargo, aun cuando había añorado que las chicas regresaran, tras los dos años de ausencia la familiaridad que antes había sentido al servirlas se había evaporado. Una silenciosa revolución había tenido lugar: las dos niñas con delantales y trajes de paseo demasiado pequeños habían sido reemplazadas por dos jovencitas. Volví a actuar con timidez frente a ellas.
Y había algo más, algo vago e irritante. Donde antes había tres, sólo quedaban dos. La muerte de David había deshecho el triángulo abriendo una grieta invisible. Dos puntos son inestables. Sin un ancla, nada puede evitar que vayan en direcciones opuestas. Si están unidos por una cuerda, finalmente ésta se cortará y los extremos se separarán. Si es elástica, seguirán alejándose, más y más, hasta que la cuerda llegue al límite de su tensión y las impulse de vuelta al lugar de partida con tal velocidad que no podrán evitar un choque devastador.
Hannah estaba tendida en la chaise longue con un libro en la mano y el ceño ligeramente fruncido. Con la mano libre se cubría la oreja, en un vano intento de protegerse de la ruidosa efervescencia del disco.
El libro era Retrato del artista adolescente, el último de James Joyce. Leí el título en el lomo, aunque no me estaba permitido. Hannah estaba cautivada con su lectura desde que llegaron.
Emmeline, de pie en el centro de la habitación, se miraba en un espejo de cuerpo entero que habían traído de otro dormitorio. Sostenía por la cintura un vestido que hasta entonces no le había visto, de tafetán rosado con volantes en el bajo. Supuse que era otro de los regalos de su abuela, comprado con la firme convicción de que, dada la escasez de candidatos para el casamiento, no había que desperdiciar ninguna oportunidad.
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