– Me hago cargo… La Sociedad podría fabricar gasógenos, obtener cupos extra, etcétera. Pero… prefiero meditar con calma la situación.
– ¿Hasta cuándo, si puede saberse?
– Hasta Navidad, que es cuando los hermanos Costa saldrán de la cárcel, si mis informes no mienten.
– Por Navidad lo que harás será echar unas lagrimitas, con eso de los belenes y la adoración de los pastores.
– Veremos. Que yo sepa, nadie ha decretado que soy un santurrón.
– Te falta poco. Te has contagiado. Te gusta el rancho del cuartel. Te gustan los garbanzos. Y contemplar tus cicatrices…
– Puede ser; pero la razón principal, por ahora, es mi padre. Tú vives solo y no te haces cargo. Además, tengo miedo. Ya lo tenía antes de la Fiscalía; ahora, mucho más.
El coronel Triguero se atusó el bigote y pareció que le nacían largas patillas.
– Mis respetos por la actitud de tu padre. Pero no irás a creer que todos son como él. Date una vuelta por Madrid y verás.
– Lo sé, lo sé… Allá ellos. Yo quiero reflexionar… y de momento fichar un buen extremo derecha y un buen portero. La lengua del coronel Triguero chascó.
– ¡Bien! Allá tú con tu vocación de pobre… Si cambias de parecer, ya sabes dónde estoy. Y se fue.
El coronel Triguero comunicó todo esto al oscuro Administrador de la Constructora Gerundense, S. A. Éste contestó:
– Entendidos. Esperaremos hasta Navidad. Pero ese niño es tonto de remate. Entretanto, vea usted, coronel, si en Figueras podemos meter baza en las divisas que traen los refugiados franceses y belgas que siguen entrando por la frontera.
Nada, imposible abrir brecha allí. La gente que huía de los alemanes caía inexorablemente en manos del Gobernador. No había forma de maniobrar ni con las joyas que llevaban, ni de sobornarlos con promesas de facilitarles el paso rápido a África del Norte o a Portugal. Sus bienes quedaban confiscados… pero bajo el control de la Guardia Civil, y eran depositados legalmente en el Banco de España. Las órdenes del Gobierno eran al respecto severísimas, de suerte que la oficina del coronel Triguero en Figueras se estaba pareciendo a una cárcel. Y había más… La actitud de muchos de esos refugiados daba que pensar al coronel Triguero, puesto que no parecían considerar, ni mucho menos, que la guerra estuviera perdida para Inglaterra y Francia. De modo que empezaban a organizarse, poniéndose en su mayoría bajo la protección del cónsul británico llegado recientemente a Gerona: un hombre tranquilo, llamado Edward Collins, que se había instalado en el Hotel del Centro y que cuando oía la palabra Gibraltar sonreía de forma imperceptible. También la Cruz Roja estadounidense se movilizaba a su favor. En cuanto a los judíos, se desenvolvían con una astucia impar, pese a que algunos de ellos venían huyendo de la propia Alemania… ¡e incluso de Polonia! Los más aterrados, quizás, eran los aviadores ingleses que se habían visto obligados a hacer aterrizajes forzosos en Bélgica o en la Francia ocupada. Llegaban deshechos, heridos a veces y el coronel Triguero debía atenderlos de modo especial. Por cierto que uno de estos aviadores le contó al coronel que entre las tropas aliadas que combatieron a los alemanes en terreno belga, ¡y hasta en Noruega, en Narvik!, figuraban algunos exiliados españoles. El coronel Triguero se quedó boquiabierto y no pudo menos de preguntarle: "¿Y qué tal?". "Muy valientes", fue la respuesta.
Así las cosas, el coronel Triguero recibió en su despacho de Figueras una visita inesperada: la de Gaspar Ley, director de la sucursal gerundense del Banco Arús. Fue una entrevista cordial, que abría para el futuro grandes perspectivas.
Gaspar Ley no se anduvo con tapujos. Se presentó al coronel en calidad de representante oficial, en Gerona, de la sociedad barcelonesa Sarró y Compañía y le comunicó que ésta deseaba conectar con la Constructora Gerundense, S. A. "Habrá usted oído hablar de Sarró y Compañía, ¿verdad? Es una sociedad que juega fuerte…"
El coronel, al oír estas palabras, llamó a Nati, la hermosa mecanógrafa, y le encargó que trajera del bar de abajo un par de cervezas. No obstante, disimuló su entusiasmo y adoptó una actitud expectante.
– ¿Puede decirme quién es el señor Sarró? Gaspar Ley sonrió.
– Nadie le llama señor Sarró. Es don Rosendo Sarró… Un hombre de empuje; y ex cautivo, por más señas. Se pasó toda la guerra en la Cárcel Modelo.
El coronel Triguero se mordió el labio inferior.
– Bien… ¿Y en qué podemos servirles?
– De momento, en nada. Don Rosendo Sarró tiene el proyecto de desplazarse a Gerona para entrevistarse con ustedes. El coronel Triguero dijo:
– De todos modos, tengo la impresión de que de momento no entra en los planes de la Constructora Gerundense, S. A., fusionarse con nadie.
– ¡Oh, no se trata de fusionarse! -contestó Gaspar Ley-. Llegado el caso… todo esto se resolvería sin papeles. Como si dijéramos… en familia.
El coronel Triguero asintió con la cabeza. Hervía por dentro, pero no modificó su actitud.
– ¡Bien, entendidos! Comunicaré esto a mis colegas.
– Eso es -asintió Gaspar Ley-. Ya recibirán ustedes mis noticias.
Gaspar Ley se despidió. Y en cuanto hubo salido, el coronel Triguero soltó una carcajada. Abandonó el despacho y le dijo a Nati: "¡Se acabó por hoy! Puedes irte a flirtear por ahí… hasta nueva orden".
El problema del coronel Triguero era que había perdido por completo el sentimiento de culpabilidad. La guerra lo había embrutecido. Su amoralidad crecía por días. Tanto, que en el fondo deseaba que los optimistas refugiados que iban entrando tuvieran razón, que la guerra entre el Eje y las democracias se prolongase. Entonces las oportunidades en España -con o sin Sarró y Compañía- serían cada vez mayores… y el capitán Sánchez Bravo, si no había perdido definitivamente el juicio, se decidiría de una vez a tirar por la borda sus escrúpulos y a reintegrarse a la Sociedad.
Mateo tuvo que hacer frente a una papeleta difícil: aplazar la boda, proyectada para el 12 de octubre, Fiesta del Pilar, Día de la Raza o de la Hispanidad. Tres semanas antes recibió una orden de Núñez Maza, Delegado Nacional de Propaganda, para que se trasladase precisamente por aquellas fechas a San Sebastián, donde tendría lugar una magna concentración de Jefes Provinciales de Falange de toda España. La orden decía, como siempre: "Sin excusa ni pretexto".
No hubo opción. Pilar, que andaba atareadísima dando los últimos toques a su ajuar y al piso de la plaza de la Estación donde viviría con Mateo y con don Emilio Santos, tuvo una reacción casi histérica. Lloró, pataleó, se mordió las uñas hasta hacerlas desaparecer. En cuanto a Mateo, se limitaba a mostrarle con aire desolado la orden recibida de Madrid.
– Compréndelo. Van todos los jefes provinciales. Núñez Maza me ha llamado por teléfono. Al parecer ocurre algo grave. No puedo faltar. Por lo que he entendido, se trata de la actitud que ha de tomar la Falange con respecto a la guerra.
– ¿A la guerra? -Pilar puso cara dé espanto-. ¿A qué te refieres?
– No temas, mujer. Los alemanes quieren conocer nuestra opinión. Serrano Súñer va a Berlín y estas conversaciones previas son necesarias.
Pilar se asustó todavía más.
– Pero ¿es que España va a liarse con Alemania? ¿Eso es lo que pretendéis?
– Yo no pretendo nada, cariño. Me han llamado y tengo que ir, nada más. Lo que quiero es casarme contigo… cuanto antes. Pilar se hundió en la mecedora en que solía descansar Carmen Elgazu. No supo qué decir. Era el primer golpe "directo" que recibía desde que tenía relaciones con Mateo. Hizo un esfuerzo sobrehumano y dejó de llorar.
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