No sabía a que atenerme cuando volví a Hundreds Hall a la mañana siguiente. La vida en la casa había llegado a un punto en que me parecía que en mi ausencia podía suceder cualquier cosa. Pero cuando entré en el vestíbulo, alrededor de las ocho, encontré a Caroline que bajaba a recibirme con aspecto cansado, aunque con signos reconfortantes de vida y de color en las mejillas. Me dijo que todas habían pasado la noche sin percances. Su madre había dormido profundamente y desde que había despertado estaba muy serena.
– ¡Gracias a Dios! -exclamé-. ¿Y qué aspecto tiene? ¿No está confusa?
– Parece que no.
– ¿Ha hablado de lo que sucedió?
Ella vaciló, luego se dio media vuelta y empezó a subir la escalera.
– Habla tú mismo con ella.
La seguí al piso de arriba.
Me complació comprobar que la habitación estaba luminosa, con las cortinas descorridas de par en par, y que la señora Ayres, aunque todavía en camisón y bata, se había levantado y estaba sentada junto al fuego, con el pelo recogido en una trenza suelta. Miró con aprensión cómo se abría la puerta cuando entramos, pero la alarma se le borró del semblante cuando nos vio a Caroline y a mí. Al mirarme a los ojos parpadeó, como avergonzada. Dije:
– ¡Bueno, señora Ayres! He venido temprano, por si me necesitaba. Pero veo que no. -Me acerqué a ella y saqué el taburete acolchado de debajo del tocador para sentarme a su lado y examinarla. Dije en voz baja-: ¿Cómo se siente?
Vi desde cerca que tenía los ojos oscuros y todavía vidriosos del sedante que le había administrado la víspera, y que su aspecto era bastante débil. Su voz, en cambio, era clara y serena. Bajó la cabeza y dijo:
– Me siento como una perfecta idiota.
– Vamos, no diga tonterías -respondí, sonriendo-. ¿Qué tal ha dormido?
– Tan profundamente que…, en realidad no me acuerdo. Supongo que gracias a su medicina.
– ¿No ha tenido pesadillas?
– Creo que no.
– Bien. Ahora, lo primero es lo primero. -Tomé con suavidad su mano-. ¿Puedo mirar los vendajes?
Ella miró a otro lado, pero extendió dócilmente los brazos. Se había bajado los puños para ocultar las vendas, y cuando se los remangué vi que estaban manchados y que había que cambiarlos. Doblé el rellano para ir al cuarto de baño y volví con una jofaina de agua templada; sin embargo, tampoco con el agua era muy agradable la tarea de despegar las hilachas de las heridas. Caroline se quedó a un costado y observó en silencio cómo yo trabajaba. La señora Ayres soportó la cura sin un murmullo, conteniendo la respiración cuando las vendas le daban tirones.
En conjunto, los cortes se estaban cerrando bien. La vendé de nuevo cuidadosamente. Caroline se acercó para llevarse la jofaina de agua reñida y enrollar las vendas sucias, y mientras ella lo hacía le tomé con delicadeza el pulso y la tensión arterial a la señora Ayres, y luego le ausculté el pecho. Su respiración era un tanto trabajosa, pero comprobé complacido que sus latidos eran rápidos y muy firmes.
Le cerré las solapas de la bata y guardé mi instrumental. Volví a cogerle las manos suavemente y dije:
– Creo que está muy bien. Me alivia que sea así. Ayer dio un buen susto a esta casa.
Ella retiró los dedos.
– No hablemos de eso, por favor.
– Se llevó un susto muy serio, señora Ayres.
– ¡Me porté como una estúpida vieja, eso es todo! -Su voz, por primera vez, perdió parte de su calma. Cerró los ojos e intentó sonreír-. Me temo que se me fue la cabeza. Esta casa genera fantasías; pensamientos idiotas. Vivimos demasiado aisladas. Mi marido solía decir que el Hall era la casa más solitaria de Warwickshire. ¿No decía eso tu padre, Caroline?
Caroline seguía recogiendo las vendas. Dijo «sí» en voz baja, sin levantar la vista.
Aparté la mirada de su espalda y miré a su madre.
– Bueno, la casa, en su estado actual, es parcialmente responsable, desde luego. Pero ayer, cuando la vi a usted, dijo cosas muy alarmantes.
– ¡Dije una sarta de tonterías! Me avergüenza recordarlo. La verdad es que no me imagino lo que pensarán Betty y la señora Bazeley… Oh, por favor, no hablemos más de eso, doctor.
Repuse, cuidando mis palabras:
– Parece un asunto demasiado serio para pasarlo por alto.
– No lo hemos hecho. Usted me dio una medicina. Caroline me ha estado atendiendo. Es… estoy muy bien ahora.
– ¿No ha estado inquieta? ¿Ha tenido miedo?
– ¿Miedo? -Se rió-. Cielo santo, ¿de qué?
– Bueno, ayer parecía muy asustada. Habló de Susan…
Se movió en su butaca.
– ¡Ya le he dicho que dije un montón de tonterías! Tenía… tenía muchas cosas en la cabeza. He pasado demasiado tiempo sola. Ahora lo comprendo. En adelante estaré más con Caroline. Por las tardes y otros ratos. Por favor, no me atosigue. Por favor.
Me puso la mano vendada encima de la mía, con la cara demacrada y los ojos oscuros y grandes, todavía bastante vidriosos. Pero su voz se había sosegado de nuevo y su tono parecía muy sincero. No había trazas de la mujer de mirada perdida y balbuciente que me había recibido la víspera. Al final dije:
– Muy bien. Pero ahora quiero que descanse. Le daré a Caroline una receta para usted; es sólo un sedante suave. Quiero que duerma ocho horas sin sueños cada noche, hasta que recupere las fuerzas. ¿Qué le parece?
– Como si fuera una inválida -respondió, con un tonillo travieso.
– Bueno, yo soy el médico aquí. Debe permitirme que decida quiénes son los inválidos.
Se levantó, refunfuñando un poco, pero me dejó que la ayudara a acostarse. Le di otro Veronal, esta vez una dosis inferior, y Caroline y yo nos quedamos a su lado hasta que se durmió, entre suspiros y murmullos. Salimos de la habitación en cuanto estuvimos seguros de que dormía debidamente.
Nos quedamos en el rellano. Miré la puerta cerrada y meneé la cabeza.
– ¡Está mucho mejor! Es increíble. ¿Ha estado así toda la mañana?
– Sí -contestó Caroline, sin mirarme del todo.
– Casi parece la misma de siempre.
– ¿Tú crees?
La miré.
– ¿Tú no?
– No estoy tan segura. Madre es muy buena ocultando sus verdaderos sentimientos. Como toda su generación; sobre todo las mujeres.
– Pues la he encontrado mucho mejor de lo que esperaba. Con tal de que ahora podamos mantenerla tranquila…
– ¿Tranquila? -dijo, lanzándome una mirada-. ¿Crees que eso es posible aquí?
La pregunta me pareció extraña, dado que estábamos hablando en murmullos en el centro de la casa silenciosa. Pero antes de que pudiese responder, ella se separó de mí.
– Baja un momento a la biblioteca, ¿quieres? Quiero enseñarte algo.
La seguí vacilante hasta el vestíbulo. Abrió la puerta de la biblioteca y se hizo a un lado para que yo entrara.
La habitación olía a moho más que nunca, después de todas las lluvias invernales. Los anaqueles seguían envueltos en sábanas, y en la penumbra seguían mostrando una débil apariencia espectral. Pero ella o Betty habían abierto el postigo de una sola hoja y un fuego ceniciento humeaba en la rejilla de la chimenea. Habían colocado dos lámparas junto a un sillón. Las miré con cierta sorpresa.
– ¿Has estado aquí sentada?
– He estado leyendo mientras mi madre dormía -dijo-. Verás, anoche hablé con Betty después de haberte ido. Y me dio que pensar.
Retrocedió un paso hasta el vestíbulo y llamó a Betty. Debía de haberle dicho que aguardara en algún sitio, porque la llamó en voz muy baja, pero la chica apareció casi en el acto. Cruzó el umbral detrás de Caroline, me vio en la penumbra y titubeó. Caroline le indicó:
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