Sarah Waters - El ocupante

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La primera vez que visitó Hundreds Hall, la mansión de la adinerada familia inglesa de los Ayres, el doctor Faraday era apenas un niño. Corría el verano de 1919, apenas terminada la guerra, y su madre trabajaba allí como sirvienta. Aquel día el pequeño Faraday se sintió abrumado por la grandeza y la opulencia de la casa, hasta tal punto que no pudo evitar llevarse a hurtadillas un pequeño recuerdo.
Treinta años después, tras el fin de una nueva guerra mundial, el destino lleva a Faraday, convertido ahora en médico rural, de nuevo a Hundreds Hall. Allí sigue viviendo la señora Ayres con sus dos hijos, Caroline y Roderick, pero las cosas han cambiado mucho para la familia, y donde antes había riqueza ahora hay sólo decadencia. La mansión muestra un aspecto deplorable y del mismo modo, gris y meditabundo, parece también el ánimo de sus habitantes. Betty, la joven sirvienta, asegura al doctor Faraday que algo maligno se esconde en la casa, y que quiere marcharse de allí.
Con las repetidas visitas del doctor a la casa para curar las heridas de guerra del joven Rod, el propio Faraday será testigo de los extraños sucesos que tienen lugar en la mansión: marcas de quemaduras en paredes y techo, ruidos misteriosos en mitad de la noche o ataques de rabia de Gyp, el perro de la familia. Faraday tratará de imponer su visión científica y racional de los hechos, pero poco a poco la amenaza invisible que habita en la casa se irá cerniendo también sobre él mismo.

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Lo hicieron sin muchas ganas. La mañana siguiente a la fiesta desastrosa de octubre, la señora Bazeley y Betty habían entrado para intentar eliminar las huellas de sangre de la alfombra y el sofá; al parecer, trabajaron durante dos o tres horas, sacando un cubo tras otro de turbia agua rosada. Posteriormente, estando la casa tan desolada, y con la inquietud por el estado de Rod, nadie había tenido ánimos para entrar de nuevo, y el salón había sido más o menos precintado. Incluso cuando Caroline recorrió el Hall buscando objetos que poner en venta, no tocó nada del salón, casi como si -recuerdo que pensé entonces- hubiera desarrollado una especie de superstición que le impedía alterarlo.

Pero ahora, al abrir los postigos agrietados, ella y su madre se maldijeron por no haberlo examinado antes. La habitación había sufrido un deterioro mayor del que habían supuesto, pues su techo decorativo estaba tan empapado de agua que de hecho se combaba. En otros lugares, la lluvia simplemente se había colado entre las junturas de yeso y caído libremente sobre la alfombra y los muebles de debajo. Por suerte, el clavicémbalo se había librado de los peores estragos, pero el asiento tapizado de uno de los sillones estilo Regencia dorados estaba completamente destrozado. Lo más alarmante era que las esquinas del empapelado amarillo chino se habían desprendido de las tachuelas con las que Caroline las había sujetado, y caían en tiras andrajosas del yeso húmedo que había detrás.

– Bueno -dijo Caroline, suspirando al ver el estropicio-, ya sufrimos la prueba del incendio. Me imagino que también deberíamos haber previsto la del agua…

Llamaron a Betty y a la señora Bazeley y les dijeron que encendieran la lumbre en la parrilla; pusieron en marcha el generador, llevaron calentadores eléctricos y estufas de aceite y dedicaron el resto del día, y el día entero siguiente, a ventilar la habitación. Las copas de cristal de la araña contenían pozos de agua turbia, y chisporrotearon y crepitaron alarmantemente cuando probaron el interruptor, con lo que después no se atrevieron a tocarlo. El empapelado era irreparable. Creyeron que podrían salvar la alfombra y decidieron limpiar y después enfundar o cubrir los muebles demasiado grandes para trasladarlos a otro sitio. Caroline también participó en la tarea con un viejo pantalón de faena y el pelo recogido con una cinta. Sin embargo, la salud de la señora Ayres experimentó otro ligero bajón y tan sólo fue capaz de mirar entristecida cómo desmantelaban y reducían el salón.

– A tu abuela se le habría partido el corazón -dijo el segundo día, acariciando un par de cortinas de seda manchadas por el agua filtrada.

– Bueno, ha sido inevitable -dijo Caroline, cansada. Su larga sesión de trabajo empezaba a pasarle factura. Forcejeaba con un rollo de fieltro que había bajado del piso de arriba para remendar el sofá-. El salón ha llegado al final de sus días, eso es todo.

Su madre la miró casi afligida.

– ¡Hablas como si lo estuviéramos convirtiendo en una tumba!

– ¡Ojalá lo hiciéramos! Así podríamos conseguir una subvención del ayuntamiento. Sin duda Babb podría remodelarlo. ¡Qué cosa más odiosa! -Tiró el rollo al suelo-. Perdona, madre. No pretendo ser frívola. ¿Por qué no te vas a la salita, si te afecta ver esto?

– ¡Cuando pienso en las fiestas que tu padre y yo dimos aquí, cuando eras pequeña!

– Sí, ya lo sé. Pero a papá nunca le gustó mucho este salón, ¿recuerdas? Decía que el papel de la pared le mareaba.

Miró alrededor, buscando alguna tarea fácil con que ocupar a su madre; y finalmente la cogió de la mano y la llevó a una silla junto al armario del gramófono.

– Mira -dijo, abriendo el armario y sacando un montón de discos viejos-. Al menos podríamos hacer las cosas como es debido. Llevo siglos pensando en revisarlos. Ahora lo hacemos tú y yo y vemos los que se pueden tirar. Estoy segura de que la mayoría son basura.

En realidad, sólo quería distraer a su madre del deprimente trasiego que había a su alrededor. Pero los discos estaban mezclados con otras cosas, partituras y programas de teatro y de conciertos, menús de cenas e invitaciones, muchas de las cuales databan de los primeros años de casada de la señora Ayres, o de su infancia, y el examen se convirtió para ambas en una tarea absorbente y muy sentimental. Les llevó casi una hora, y las cosas que iban apareciendo les arrancaban exclamaciones de sorpresa. Encontraron música comprada por el coronel, viejas canciones de baile de Rod. Descubrieron grabaciones de una ópera de Mozart que la señora Ayres había visto por primera vez en su luna de miel, en 1912.

– ¡Vaya, recuerdo el vestido que llevaba! -dijo, dejando el disco en su regazo para sumergirse dulcemente en el recuerdo-. Uno de chiffon azul, de mangas con volantes. Cissie y yo discutimos sobre cuál de las dos se lo pondría. Te sentías como si flotaras llevando un vestido así. Bueno, con dieciocho años flotas, o nosotras lo hacíamos en aquel entonces, éramos unas niñas… Y tu padre, con su traje de etiqueta…, ¡y caminaba con un bastón! Se había torcido el tobillo. Simplemente torcido al desmontar de un caballo, pero usó el bastón durante quince días. Creo que lo consideraba elegante. Era un niño, también: sólo tenía veintidós años, era más joven que Roderick ahora…

Obviamente le apenaba pensar en Roderick, una evocación surgida entre los demás recuerdos, y su expresión era tan nostálgica que, tras observarla un momento, Caroline le quitó con suavidad el disco de las manos, abrió el gramófono y levantó la aguja. El disco era viejo y la aguja pedía a gritos que la cambiaran: al principio lo único que oyeron fue el silbido y la crepitación del acetato. A continuación, ligeramente caótico, se oyó el estruendo de la orquesta. La voz de la cantante parecía luchar contra ella, hasta que al final la soprano se elevó, pura «como una criatura frágil, encantadora», me dijo Caroline más tarde, «que se libera de espinas».

Debió de ser un momento extrañamente conmovedor. La lluvia volvió a ensombrecer el día y el salón estaba sumido en penumbras. El fuego y el ronroneo de los calentadores arrojaban una luz casi romántica, y durante un par de minutos el salón -a pesar del techo abultado y del papel que colgaba de sus paredes- pareció llenarse de encanto. La señora Ayres sonrió, de nuevo con la mirada ausente, moviendo la mano y levantando y bajando los dedos al compás de las ondas musicales. Hasta Betty y la señora Bazeley estaban sobrecogidas. Siguieron trabajando por la habitación, pero tan sigilosamente como los artistas de una pantomima, y sin hacer ruido desenrollaban esteras sobre las últimas franjas de alfombra que aún no estaban cubiertas y descolgaban con suavidad espejos de las paredes.

El aria se acercaba a su fin. La aguja del gramófono se encalló en un surco y emitió un áspero chasquido repetitivo. Caroline se levantó a retirarla, y en el silencio que siguió resurgió el goteo regular del agua que caía del techo estropeado en los cubos y barreños. Vio que su madre miraba hacia arriba pestañeando, como si despertara de un sueño; y para disipar la melancolía puso otro disco, una antigua y dinámica canción de music-hall que ella y Roderick ponían para desfilar cuando eran niños.

– «¡Qué buena estrella la de la chica con un novio soldado!» -canturreó-. «¿Os ha ocurrido, chicas?»

La señora Bazeley y Betty, aliviadas, empezaron a moverse con más libertad, acelerando el ritmo del trabajo para adaptarse al fragmento musical.

– Esa canción sí que es bonita -dijo la señora Bazeley, con un gesto de aprobación.

– ¿Le gusta? -gritó Caroline-. ¡A mí también! ¡No me dirá que oyó cantarla a Vesta Tilley en su luna de miel!

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