A la mañana siguiente, fui en mi coche a la casa al final de mi ronda y, como me había temido, todos estaban enfermos. En términos puramente físicos, Betty y Roderick eran los menos afectados. Ella se había mantenido cerca de la puerta mientras rugía el incendio y había corrido una y otra vez al cuarto de baño en busca de agua. Roderick había estado tumbado en la cama, respirando superficialmente mientras el humo se acumulaba arriba, muy por encima de su cabeza. En cambio, la señora Ayres se encontraba devastada -sin aliento y débil, y más o menos postrada en su habitación-, y Caroline tenía un aspecto y una voz deplorables, la garganta hinchada, el pelo chamuscado y el rostro y las manos carmesíes por las ascuas y chispas. Me recibió en la puerta principal cuando llegué, y la vi en un estado tan horrible, mucho peor de lo que había esperado, que deposité mi maletín en el suelo para tomarla por los hombros y examinarle a conciencia el rostro.
– Oh, Caroline -dije.
Ella parpadeó, cohibida, y empezó a toser. Yo la apremié:
– Entre, por el amor de Dios, no vaya a coger frío.
Cuando recogí el maletín y me reuní con ella, la tos ya había remitido, se había enjugado la cara y habían desaparecido las lágrimas. Cerré la puerta, pero lo hice a ciegas, sobresaltado por el terrible olor a quemado que percibí en el vestíbulo, y conmocionado por el aspecto del propio vestíbulo, que parecía envuelto en velos funerarios, de tantas manchas negras, tiznes y hollín que cubrían cada superficie.
– Qué desastre, ¿verdad? -dijo Caroline roncamente, siguiendo mi mirada-. Y me temo que esto va a peor. Venga a ver. -Me condujo a lo largo de corredor norte-. El olor, no sé cómo, ha invadido toda la casa, hasta los desvanes. No importa que tenga los zapatos embarrados, de momento hemos desistido de limpiar este piso. Pero tenga cuidado con la chaqueta en las paredes. El hollín se pega como el polvo.
La puerta de la habitación de Rod estaba entornada, y al acercarnos vi lo suficiente para prepararme ante la desolación que reinaba más allá. La señora Bazeley -que estaba dentro con Betty, lavando las paredes- advirtió mi mirada y asintió, sombríamente.
– Tiene la misma expresión que yo, doctor, cuando llegué ayer por la mañana -dijo-. Y esto no es nada comparado con entonces. La mugre nos llegaba hasta los tobillos, ¿verdad, Betty?
La habitación estaba despojada de casi todo su mobiliario, amontonado sin orden ni concierto en la terraza, al otro lado de la puertaventana abierta. También habían enrollado la alfombra para sacarla del cuarto, y habían cubierto con hojas de periódico las tablas de madera del suelo, que estaban todavía tan mojadas y cenicientas que el papel se convertía en una espesa pulpa gris, como un puré de hollín. Las paredes que estaban restregando Betty y la señora Bazeley chorreaban más agua con ceniza. Los paneles de madera estaban chamuscados y calcinados, y el techo -el notorio techo en forma de celosía- estaba totalmente negro, esfumadas para siempre las marcas misteriosas.
– Esto es increíble -le dije a Caroline-. ¡No sabía nada! Si lo hubiera sabido…
No terminé la frase, porque carecía de importancia que yo lo hubiera sabido o no; no habría podido hacer nada. Pero me estremeció pensar que algo grave le hubiera ocurrido a la familia en mi ausencia. Dije:
– Podría haber destruido toda la casa. ¡Es una idea insufrible! ¿Y Rod estaba aquí, en medio de todo esto? ¿De verdad está bien?
Me miró de un modo que me pareció raro y luego miró a la señora Bazeley.
– Sí, está bien. Sólo jadeante, como todos nosotros. Pero lo hemos perdido casi todo. Su butaca, aquella que ve allí, se llevó la peor parte del incendio, además del escritorio y la mesa.
Miré a través de la ventana abierta y vi el escritorio, con las patas y los cajones intactos, pero con el tablero tan ennegrecido y descascarillado como si alguien hubiera encendido una hoguera encima. De repente comprendí por qué había tanta ceniza en la habitación.
– ¡Sus papeles! -dije.
Caroline asintió, fatigada.
– Seguramente lo más seco que había en la casa.
– ¿Se han salvado algunos?
– Unos pocos. No sé los que se han perdido. La verdad es que no sé lo que había ahí. Habría planos de la casa y la finca, ¿no? Creo que también todo tipo de mapas, copias de las escrituras de las granjas y casas, y cartas, facturas y notas de mi padre…
La voz se le puso pastosa. Empezó a toser de nuevo.
– Qué pérdida tan terrible -dije, mirando alrededor, al ver nuevos estragos cada vez que miraba: un cuadro en la pared con el lienzo calcinado, lámparas con la esfera ennegrecida, y arañas-. Esta habitación preciosa. ¿Qué harán con ella? ¿Se puede salvar? Supongo que los paneles pueden reemplazarse. El techo se puede encalar.
Ella se encogió de hombros, abatida.
– Madre piensa que en cuanto la habitación esté limpia, más vale que la cerremos como las otras. No tenemos dinero para restaurarla.
– ¿Y el dinero del seguro?
Ella volvió a mirar a Betty y a la señora Bazeley. Ellas seguían restregando las paredes y, a cubierto del ruido áspero que hacían los cepillos, Caroline dijo en voz baja:
– Rod no pagó los recibos del seguro. Acabamos de descubrirlo.
– ¡No los ha pagado!
– Desde hace meses, al parecer. Para ahorrar dinero. -Cerró los ojos, movió lentamente la cabeza y luego se acercó a la puertaventana-. Venga fuera un minuto, por favor.
Bajamos los escalones de piedra e inspeccioné los muebles dañados, la mesa y el escritorio destrozados, el sillón sin su tapizado de cuero, con sus resortes y el relleno de crines expuestos como los huesos y los intestinos enfermos de una fantástica maqueta anatómica. Era una imagen muy desoladora y el día, aunque no llovía, era frío; vi tiritar a Caroline. Como quería examinarlas a Betty y a ella, así como a su madre y su hermano, le dije que entráramos en la casa y que me llevara a la salita o a algún lugar cálido. Sin embargo, tras una ligera vacilación, miró a través de la puerta abierta y me alejó un poco de ella. Volvió a toser y, al tragar saliva, la garganta irritada le produjo una mueca de dolor. Dijo en voz muy baja:
– Usted habló con mi madre ayer. ¿Le dijo algo de cómo podría haber empezado el fuego?
Clavó sus ojos en los míos.
– Sólo me dijo que había prendido en la habitación de Rod cuando ya todos se habían acostado, y que usted lo descubrió y lo apagó. Supuse que Rod, como estaba tan borracho, habría hecho una tontería con un cigarrillo.
– Nosotras pensamos lo mismo al principio -dijo ella.
Me sorprendió aquel «al principio». Dije, cauteloso:
– ¿Qué recuerda el propio Rod?
– Nada de nada.
– Me imagino que se durmió, ¿y luego? ¿No se despertaría más tarde e iría a la chimenea y encendería una astilla?
Ella tragó de nuevo, molesta, y habló con cierto esfuerzo.
– No lo sé. No sé qué pensar, realmente. -Me indicó con un gesto que entráramos en la casa-. ¿Ha visto la chimenea?
La miré y vi la rejilla cubierta con la protección de malla gris. Caroline dijo:
– Estaba exactamente así cuando dejé a Rod, unas horas antes de que empezase el incendio. Cuando volví, la parrilla estaba oscura, como si no la hubieran tocado. Pero los demás fuegos, bueno, me los sigo imaginando. Verá, no sólo había uno. Había, no sé, quizá cinco o seis.
– ¿Tantos? -dije, asombrado-. ¡Es un milagro que nadie sufriera heridas más graves!
– No me refiero a eso… En la marina nos dieron un cursillo sobre incendios. Nos enseñaron cómo se extiende el fuego. Repta, ¿sabe? No da saltos. El de aquí se parecía más a las fogatas aisladas que podrían haber provocado… incendiarios o algo así. Mire la butaca de Rod: es como si las llamas hubieran brotado desde su centro; las patas están intactas. El escritorio y la mesa están igual. Y estas cortinas. -Cogió el par de cortinas de brocado que al quemarse se habían soltado de sus aros y habían caído sobre el respaldo de la butaca quemada-. El fuego empieza aquí, mire, a mitad de la altura. ¿Cómo es posible? Las paredes a ambos lados sólo están chamuscadas. Es como si… -Lanzó una mirada al interior de la habitación, más temerosa que nunca de que la oyeran-. Bueno, que Rod tuviera un descuido con un cigarro o una vela es una cosa. Pero es como si los incendios hubieran sido provocados. Intencionadamente, me refiero.
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