Carlos Fuentes - Carolina Grau

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«El carcelero tiene su carcelero y éste al suyo y así al infinito. Tú y yo somos los eslabones finales de una larga cadena de sumisiones. Así está ordenado el mundo, mi joven amigo. ¿Hay otra salida?». Eso dice el protagonista de uno de los nueve cuentos que integran esta obra, por donde Carolina Grau transitará como presencia sutil, como persona, como fantasma y como enigma, trazando siempre un fino halo de misterio.

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Allí estaba mi reflejo, el acostumbrado, el que veía al afeitarme y al peinarme también. Qué poco me veía al espejo, dándole la razón a mi padre: "Su rostro lo delataba: es el último de su raza…".

Y no. Y sí. Yo me miraba al espejo. Mi rostro cotidiano se reflejaba. Y el tercer rostro estaba allí, empeñado en demostrar que era yo y no era yo. Que ese fantasma era idéntico a mí pero era otro yo. Hacía gestos, fruncía el ceño, hacía el bizco, me sacaba la lengua, todo con el propósito de decirme: "Soy tú y soy otro".

Estoy seguro de que mi padre nada sabía de cuanto aquí relato. Como de costumbre, se sentaba a la cabeza del refectorio y empuñaba el cuchillo malévolamente, diciendo cosas.

"Quienes nacen entre nueve y diez de la mañana están predestinados para la desgracia."

Palabra que mi madre recibía con la cabeza baja y la resignación alta, como admitiendo, sin decirlo, que a esa hora yo había nacido.

Yo, en cambio, no atribuía mi fealdad, mi cuerpo mal hecho, a la hora del nacimiento sino a una decisión colectiva. Llámese raza, genealogía, sangre exhausta, todo lo que no era la voluntad y el desprecio cruel de mi padre, todo lo demás me decía,

"Eres distinto porque así lo decidimos." ¿Quién? ¿Quién lo decidió? ¿Quién determina las taras y las virtudes, la belleza y la fealdad, la fortuna, en suma, de un hijo?

Aprendí a vivir lado a lado con el miedo. Miraba los muros de la casa mía. Miraba afuera, a la desolación invernal de mi pueblo y pensaba "no hay escape posible". No hay fuga. Aquí nací y aquí moriré. Mis únicas posibilidades son el miedo o la fuga. Creo que el miedo es posible y la huida no.

"Quisiera ser otro."

Esto lo dije una noche en voz alta, como impulsado por el sentimiento de que lo no dicho nunca existirá en el mundo, se morirá dentro de mí, parte del vasto cementerio de todo lo que jamás decimos porque el pensamiento es más veloz que la palabra. Por no ofender al prójimo. Por guardar las apariencias. Por cortesía. Qué sé yo.

En cambio, esta noche en que las razones de mi desesperación culminaban en una mezcla de rabia e impotencia, lo dije en voz alta:

"Quisiera ser otro."

El espejo se iluminó. Digo, se llenó de una luz que no era la del mundo reflejado, sino la del propio espejo cuando nadie lo miraba. Sentí, con un temblor involuntario, que el espejo tenía vida propia y que yo era un accidente pasajero, mero transeúnte de la vida propia del espejo.

El espejo me convocó. Esperé verme como otro con las gracejadas, las muecas, las faltas de respeto acostumbradas. Esta vez no. Allí estaba yo, Leopardi, un poco amodorrado, arrancado al sueño, yo como soy. Y al lado estaba el tercer Leopardi, infinitamente serio, iluminado y dueño de sí. Era yo y hablaba. El espejo hablaba.

Vagas estrellas de la Osa,

no pensaba volver a veros,

como antes, resplandeciendo

sobre el hogar paterno

y hablaros, estrellas,

asomado a la ventana

de este caserón donde viví de niño

y donde vi el final de…

Entonces la voz calló y la imagen se desvaneció, dejándonos sólo el eco de mi propia voz, la del poeta Leopardi, dándome a entender que ese espíritu burlesco, aventurero, peregrino de sí mismo, encerrado en la casa del padre, que era yo, era todo lo que me producía desagrado de mi propia persona -sacar la lengua, hacer el bizco, echar trompetillas- y todo lo que me daba el placer mayor: unir palabras, pensar que era poeta, que podía decir lo que nadie había dicho jamás con las palabras que siempre se habían dicho, mas nunca así:

Vaghe stelle dell'Orsa, io non credea

tornare ancor…

sul paterno giardino…

e ragionar con voi dalle finestre…

Y al escuchar esa voz -al escucharme a mí mismo declamando mi propia palabra en la voz del otro- pensé con furia y ansia, ¿quiero ser otro, quiero ser ése? En cambio, me esperaba el amanecer del horror súbito. Imprevisto. Una mañana. Sólo para darme cuenta de que el otro era yo. Y sin embargo, a pesar de saber que existía como otro en el espejo, saber también que yo era único.

Jamás lo dije de esta manera. Mejor.

"¿Por qué soy único?"

"¿Por qué soy insustituible?"

Bajé esa noche a la cena ofrecida por mis padres a los notables de Recanati; paseándome, jorobado y solo, entre los invitados, sintiéndome el extranjero en mi propia casa.

Y escuchando sorpresivamente, antes de entrar al salotto, a la señora que decía:

– No es que sea deforme. Es que huele mal.

Me detuve. No entendí. ¿Se refería a mí? Por supuesto. ¿A quién más? A ninguno de los invitados. Nadie más era "deforme". ¿Olía mal? ¿Yo "apestaba"? ¿Literal o simbólicamente? ¿O había otro "apestoso" entre la noble concurrencia?

Me refugié en la biblioteca de mi padre. Libros muertos. Libros mudos.

Miré por la ventana. El cielo era una ilusión. Lo sostenía la piedra.

Regresé a mi espejo.

"Amor", habló el poeta, "amor… nace el valor o se despierta.

"Amor, nasce il coraggio,

o si ridesta… ".

Entonces, aturdido por los rumores de la fiesta, por las voces burlonas, por la cortesía insincera, por mi propio aislamiento y mi enorme congoja, salgo corriendo de la biblioteca, de regreso a mi recámara, con las manos sobre las orejas. ¿Por qué no quería oír? ¿Por qué todo lo extraño a mí me injuria?

Me llevo las manos a las orejas y no las encuentro.

Me palpo la cabeza y sofoco un grito de horror.

Palpo mi cara.

Y mis manos buscan las viejas orejas y no las encuentran.

Abandono mi cara y extiendo las manos.

Encuentro otra cabeza a la izquierda de la mía.

Y otra a mi derecha.

Suelto las manos.

Las adelanto para guiarme de regreso a la recámara.

No confío más en mi mirada.

Sólo que al llegar a mi habitación, no logro vencer la tentación de verme en el espejo.

No me atrevo a mirarme. No necesito reflejarme para saber lo que ha pasado: tengo cinco cabezas. La mía y dos más. No necesito verme para saberlo. Hay otra cabeza a la derecha de la mía. Y otra a la izquierda. Y otras dos al lado de las primeras dos. Y yo en el centro de este lampadario de testas. Yo que me doy cuenta de mi monstruosidad y no tengo el valor de colocarme delante de un espejo y duplicar lo que ya se quintuplicó. Soy el pentatesta, me digo con horror. Y es el horror lo que me mueve a negar mi propia existencia: si ese ser deforme soy yo, prefiero dejar de ser -pero el mundo no me lo permite-. Todo -las campanadas, los gritos de la calle, el paso de las procesiones fúnebres,los monjes descalzos, los carruajes, las sonajas de los monederos, los ofrecimientos de los vendedores de ropa-, todo se multiplica cinco veces, no hay rumor solitario, yo tengo cinco cabezas y el mundo tiene cinco mil rumores: soy un monstruo, es mi condición para ser y crear pero no lo puedo mostrar en público -ni siquiera me atrevo a mirarme a mí mismo en un espejo-. Las voces, los gritos de la calle me acosan y me arrinconan aún más. Envidio a los muertos, ellos carecen de sentidos, yo sólo quisiera matar a mis cuatro cabezas y quedarme con una sola. Una sola cabeza ¿mataría en las otras cuatro al poeta que quiero ser? ¿Cuál de mis cinco cabezas me dicta el poema?

No puedo contestar porque ninguna de mis cuatro cabezas sabe que está unida a otra cabeza y todas unidas a mi propia cabeza, la cabeza del poeta Giacomo Leopardi, un hombre acosado de voces, un cuerpo que no tiene ya fuerza para enfermarse y morir, un cuerpo que quisiera volver a la niñez para tener frente a sí el poder de la creación que el tiempo, bandido, le robará.

Escucho.

El movimiento de un telar.

El croar de las ranas.

El mugir del ganado.

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