El doctor Robbins no tocaba el piano. A fin de apartar sus pensamientos del retraso de Sissy (si la propia filosofía del tiempo le permite a uno aceptar como hechos nociones tales como retraso o adelanto), fumaba porros y perfilaba una película. No una película de Nijinsky saltando ocho metros en el aire para intentar cazar una bolea en Passaic, Nueva Jersey: era demasiado «tarde» para eso, siendo tiempo y cerebro la extraña pareja que son. No, el doctor Robbins pensaba que podría ser interesante hacer una película del éxito editorial perenne de Adelle Davis, Comamos bien para mantenernos en forma.
La película, que constituiría un enfrentamiento clásico entre el bien y el mal (en este caso nutrición frente a dieta dañina) sería sin duda un éxito de taquilla. El papel del héroe, Proteína, probablemente se adjudicase al gran Jim Brown, aunque sin duda Burt Reynolds movería influencias para intentar lograrlo. La linda Doris Day sería la candidata indudable para representar a la heroína, Vitamina C, y Orson Welles, manando ácidos grasos saturados por los poros de su carne, podría ganar un Osear interpretando al malvado Colesterol. La película podría empezar una noche de tormenta en el sistema nervioso central. Alarmada, la siempre alerta glándula pituitaria despacha a un par de hormonas de confianza con un mensaje para las adrenales. Aunque todo es corriente abajo, el viaje resulta dificultoso por las rocas de azúcar sin refinar y los pasadizos peligrosamente achicados por la artereoesclerosis. De pronto…
¡Oh, vamos, Robbins, ya está bien! Si no sabes tocar el piano, ¿por qué no enciendes la televisión?
EL AUTOBÚS DE Sissy, transporte obtenido con dinero en vez de magia (ay, nuestra heroína parece seguir los pasos del mundo moderno) penetró en un soñoliento Richmond con los lecheros.
El amanecer yacía en el mentón de la ciudad como una colada: quieto, húmedo, pesado, cálido. Por el calendario, el verano había terminado hacía más de una semana, pero el calor había agarrado a Richmond, tenía los dientes clavados en la culera de sus pantalones.
Llevaba Richmond por entonces, además, unos pantalones bastante grandes. En 1973, Richmond había adelantado a Atlanta, ciudad escaparate del Sur, en renta per cápita. Sissy veía por todas partes signos de prosperidad. Nuevos edificios de oficinas, fábricas, casas de apartamentos, escuelas, centros comerciales. Resultaba a veces algo difícil diferenciar unos de otros (fábricas y escuelas eran especialmente similares), pero allí estaban, mostrando sus rostros confiados, todos y cada uno, al sol naciente, más luminosos, limpios y sólidos que ninguno de los pinares que habían estado en los lugares que ocupaban. ¿Más permanentes? En fin, eso ya lo veremos.
La industria de la ciudad estaba mucho más diversificada que en los años Eisenhower. De hecho, varias empresas tabaqueras importantes, incluyendo Larus Brothers y Liggett & Meyers habían dejado de operar en Richmond, y sólo Philip Morris, con su gigantesca nueva planta y su centro de investigación, se había aventurado a una ampliación notable. Aún había, sin embargo, en el aire de Richmond Sur un efluvio dorado. Al menos, eso le pareció a Sissy. Quizá sólo el recuerdo hablase a su nariz.
La prosperidad no había olvidado a Richmond Sur. Sólo recientemente había agitado sus alas el ángel de las visiones económicas en el antiguo barrio de Sissy, derribando destartaladas casas a cada aletazo vital. Todos los edificios de su antigua manzana habían sido condenados y evacuados, en previsión de la demolición que milagrosamente no habían provocado cincuenta años de batallas domésticas.
La residencia de los Hankshaw había sido torpemente precintada con tablas, como una caja precipitadamente preparada para el número de un Houdini pobre. Era una casa muerta de pie. Parecía la cascara de un taco de termita.
Sissy pagó al taxista y se acercó a la puerta principal. Empujando con firmeza con el hombro, logró separar tablas y puntas hasta abrir la puerta unos centímetros. Miró dentro.
Astroso linóleo. Empapelado desprendiéndose. Polvo ejecutando su danza polvorienta a la luz matutina. Nada que indicase que un hombre y una mujer habían vivido allí en amor y odio, habían concebido en una u otra de aquellas habitaciones tres hijos; uno de ellos una hija distinguida por cierta burla anatómica que había causado mucha desazón al hombre y a la mujer, hasta que la hija se había convertido en adolescente en aquella misma casa, allí, goteando mermelada por el suelo, pis en el water y sueños en la almohada, se había convertido en adolescente y se había largado, sin comunicarse más con su familia, ahorrándoles más sinsabores, olvidada por ellos, desconocida por último para ellos salvo como una monstruosa muchacha que a veces se colaba en sus pesadillas. O eso creía Sissy.
Justo cuando se volvía para irse, sin embargo, un amplio haz de luz solar iluminó un rincón, recordado instantáneamente como el rincón donde se había alzado mucho tiempo la mesa de coser de mamá, y allí, chincheteadas a nivel de los ojos en la pared, vio seis u ocho páginas de brillantes colores arrancadas de revistas, páginas de anuncios, páginas en las que una muchacha rubia y alta, de manos misteriosamente ocultas, posaba en diversos escenarios románticos, urgiendo a las mujeres del mundo a adquirir un conocidísimo pulverizador para la higiene femenina. Ningún otro.
EN RICHMOND, ERA CASI posible no oír desmigajarse el pastel, no oler quemarse el tocino. Un reciente artículo de revista afirmaba: «A diferencia de la mayoría de la nación, Richmond prospera.» La depresión económica y psíquica que estaba chupando la sonrisa de la cara de la civilización occidental, apenas podía advertirse en la orgullosa ciudad sureña. Por supuesto, Sissy raras veces advertía tales cosas, de cualquier modo. Lo que ella advertía, en su día de regreso al pueblo natal, era que había muchos elegantes automóviles nuevos, varios de ellos importados de Inglaterra (Richmond era obsesivamente anglofila). Pensó que el autoestop resultaría allí interesante, quizá más interesante que en su niñez… pero no estaba haciendo autoestop. Era dentro de otro taxi donde Sissy rodaba camino del hospital del centro de la ciudad, donde recordaba que el doctor Dreyfus tenía el consultorio.
El consultorio aún seguía allí, desde luego, pero había cambiado. Mientras que en la primera visita de Sissy había en él dos o tres grabados artísticamente enmarcados en la pared, el lugar parecía ahora más una galería de arte que un consultorio médico. Había por todas partes reproduciones de Picasso, Bonnard, Renoir, Draque, Utrillo, Tufy, Soutine, Gauguin, Degas, Rouseau, Gris, Matisse, Zezanne, Monet, Manet, Ninet, Menet, Munet y otros. Muchas no estaban enmarcadas, sino clavadas en la pared en tan estrecha proximidad que frecuentemente se superponían, chocando entre sí como peces en un banco. Era como si una antología de pintura francesa moderna se hubiese entremezclado con un acuario.
La recepcionista no estaba en su mesa, así que Sissy contempló las peceras llenas de bonitos Gauguin y meros Picasso. Por fin, de un cubículo del fondo surgió una mujer e informó a Sissy que el consultorio estaba cerrado. ¿Cerrado? Sí. Permanentemente. El doctor Dreyfus se había retirado la semana anterior y la mujer estaba allí poniendo las cosas en orden, remitiendo pacientes a otros cirujanos plásticos, cerrando los libros y demás.
– Me gustaría recomendarle otro cirujano -dijo la mujer, que era baja, seca y gris, como la noche en la ciudad de un director de escuela de pueblo.
– Sólo me sirve el doctor Dreyfus -dijo Sissy.
– Lo lamento -dijo la mujer.
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