Gonzalo Alvarado, ese padre mío que al fin tenía rostro y nombre, hablaba ya con más tranquilidad. A mitad de su intervención empezó a vislumbrarse como el hombre que debería ser todos los días que no eran aquél: seguro de sí mismo, contundente en sus gestos y palabras, acostumbrado a mandar y a llevar la razón. Le había costado trabajo arrancar; no debía de resultar grato encararse a un amor perdido y una hija desconocida tras un cuarto de siglo de ausencia. Pero en aquel momento del encuentro se hallaba ya del todo aposentado en el aplomo, dueño y señor de la situación. Firme en su discurso, sincero y descarnado como sólo puede serlo quien ya nada tiene que perder.
– ¿Sabes una cosa, Sira? Yo quise de verdad a tu madre; la quise mucho, muchísimo, y ojalá todo hubiera sido de otra manera para haberla podido tener siempre a mi lado. Pero, lamentablemente, no fue así.
Se desprendió de mi mirada y volvió la vista hacia ella. Hacia sus grandes ojos color avellana hartos de coser. Hacia su hermosa madurez sin afeites ni aderezos.
– Luché poco por ti, ¿verdad, Dolores? Fui incapaz de hacer frente a los míos y no estuve a la altura contigo. Después, ya lo sabes: me acomodé a la vida que se esperaba de mí, me acostumbré a otra mujer y otra familia.
Mi madre escuchaba en silencio, impasible en apariencia. No sabría decir si estaba ocultando sus emociones o si aquellas palabras tampoco le provocaban ni frío ni calor. Se mantenía, sin más, hierática en su postura; indescifrables sus pensamientos, erguida dentro del traje de confección excelente que yo nunca le había visto, seguramente hecho con cualquier recorte sobrante de otra mujer con más telas y más suerte que ella en la vida. Él, lejos de frenarse ante su pasividad, continuó hablando.
– No sé si me creeréis o no, pero lo cierto es que, ahora que veo que me llega el final, lamento de corazón que hayan pasado tantos años sin ocuparme de vosotras y sin haber llegado siquiera a conocerte, Sira. Debería haber insistido más, no haber cejado en mi empeño por manteneros cercanas, pero las cosas eran como eran y tú, demasiado digna, Dolores: no ibas a consentir que os dedicara sólo las migajas de mi vida. Si no podía ser todo, entonces no sería nada. Tu madre es muy dura, muchacha, muy dura y muy firme. Y yo, probablemente, fui un débil y un cretino, pero, en fin, no es momento ya de lamentaciones.
Guardó silencio unos segundos, pensando, sin mirarnos. Después tomó aire por la nariz, lo expelió con fuerza y cambió de postura: despegó la espalda del respaldo del sillón y echó el cuerpo hacia delante, como queriendo ser más directo, como si ya se hubiera decidido a abordar de pleno lo que se suponía que tenía que decirnos. Parecía finalmente dispuesto a descolgarse de la amarga nostalgia que lo mantenía sobrevolando por encima del pasado, listo ya para centrarse en las demandas terrenales del presente.
– No quiero entreteneros más de la cuenta con mis melancolías, disculpadme. Vamos a centrarnos. Os he llamado para transmitiros mis últimas voluntades. Y os pido a las dos que me entendáis bien y no interpretéis esto de forma equivocada. Mi intención no es compensaros por los años que no os he dedicado, ni demostraros con prebendas mi arrepentimiento, ni mucho menos intentar comprar vuestra estima a estas alturas. Lo único que yo quiero es dejar bien amarrados los cabos que legítimamente creo que tienen que quedar atados para cuando me llegue la hora.
Por primera vez desde que nos acomodamos se levantó del sillón y se dirigió al escritorio. Le seguí con la mirada: observé la espalda ancha, el buen corte de su chaqueta, el andar ágil a pesar de su corpulencia. Me fijé después en el retrato colgado en la pared del fondo hacia la que él se dirigía, imposible no hacerlo por su tamaño. Una dama elegante vestida a la moda de principios de siglo, ni hermosa ni lo contrario, con una tiara sobre el pelo corto y ondulado, el gesto adusto en un óleo con marco de pan de oro. Al volverse lo señaló con un movimiento de la barbilla.
– Mi madre, la gran doña Carlota, tu abuela. ¿La recuerdas, Dolores? Falleció hace siete años; si lo hubiera hecho hace veinticinco, probablemente tú, Sira, habrías nacido en esta casa. En fin, dejemos a los muertos descansar en paz.
Hablaba ya sin mirarnos, ocupado en sus quehaceres tras la mesa. Abrió cajones, sacó objetos, revolvió papeles y volvió a nosotras con las manos cargadas. Mientras caminaba no despegó la vista de mi madre.
– Sigues guapa, Dolores -apuntó al sentarse. Ya no estaba tenso, su incomodidad inicial apenas era un recuerdo-. Disculpad, no os he ofrecido nada, ¿queréis tomar algo? Voy a llamar a Servanda… -Hizo un gesto como de levantarse de nuevo, pero mi madre le interrumpió.
– No queremos nada, Gonzalo, gracias. Vamos a terminar con esto, por favor.
– ¿Te acuerdas de Servanda, Dolores? Cómo nos espiaba, cómo nos seguía para después ir con el cuento a mi madre. -Soltó de pronto una carcajada, ronca, breve, amarga-. ¿Recuerdas cuando nos pilló encerrados en el cuarto de la plancha? Y fíjate tú ahora, qué ironía al cabo de los años: mi madre pudriéndose en el cementerio, y yo aquí con Servanda, la única que se ocupa de mí, qué destino más patético. Debería haberla despedido cuando ella murió, pero adónde iba a ir ya entonces la pobre mujer, vieja, sorda y sin familia. Y además, probablemente no tuviera más remedio que hacer lo que mi madre le mandaba: no era cosa de perder un trabajo así como así, aunque doña Carlota tuviese un carácter insoportable y llevara al servicio por la calle de la amargura. En fin, si no queréis tomar nada, yo tampoco. Prosigamos entonces.
Permanecía sentado en el borde del sillón, sin reclinarse, con sus manos grandes apoyadas sobre el montón de cosas que había traído desde el escritorio. Papeles, paquetes, estuches. Del bolsillo interior de la chaqueta sacó entonces unas gafas de montura de metal y las ajustó ante sus ojos.
– Bueno, vayamos a los asuntos prácticos. A ver, por partes.
Cogió primero un paquete que en realidad eran dos sobres grandes, abultados y unidos por una banda elástica atravesada en su parte central.
– Esto es para ti, Sira, para que te abras camino en la vida. No es la tercera parte de mi capital como en justicia debería corresponderte por ser una de mis tres descendientes, pero es todo lo que ahora mismo puedo darte en efectivo. Apenas he conseguido vender nada, corren malos tiempos para las transacciones de cualquier tipo. Tampoco estoy en disposición de dejarte propiedades: no estás legalmente reconocida como hija mía y los derechos reales te comerían, además de tenerte que enzarzar en pleitos eternos con mis otros hijos. Pero, en fin, aquí tienes casi ciento cincuenta mil pesetas. Pareces lista como tu madre; seguro que sabrás invertirlas bien. Con este dinero quiero también que te ocupes de ella, que te encargues de que no le falte nada y la mantengas si algún día lo llegara a necesitar. En realidad habría preferido repartir el dinero en dos partes, una para cada una de vosotras, pero como sé que Dolores nunca lo aceptaría, te dejo a ti a cargo de todo.
Sostenía el paquete tendido; antes de recogerlo, miré a mi madre desconcertada sin saber qué hacer. Con un gesto afirmativo, breve y conciso, ella me transmitió su consentimiento. Sólo entonces extendí las manos.
– Muchas gracias -musité a mi padre.
Antepuso a su réplica una sonrisa adusta.
– No hay de qué, hija, no hay de qué. Bien, prosigamos.
Tomó después un estuche forrado de terciopelo azul y lo abrió. Cogió otro, esta vez color granate, más pequeño. Hizo lo mismo. Así sucesivamente hasta cinco. Los dejó expuestos sobre la mesa. Las joyas del interior no refulgían, había poca luz, pero no por ello dejaba de intuirse su valor.
Читать дальше