Fernando Schwartz - La Venganza

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En los albores de la transición democrática, Borja, un prestigioso abogado madrileño, abandona su bufete londinense para instalarse en el pueblo mallorquín donde pasó los veranos de su infancia y su juventud. En los salones de la acomodada burguesía isleña, el viejo círculo de amigos que aún conserva fingirá sorpresa al encontrarse con él de nuevo, por más que sepa de su regreso por la prensa. El reencuentro de Borja con sus viejos compañeros (Jaume, Biel, Marga…) y con su hermano Javier revivirá viejas rivalidades y conflictos, lo que acaba poniendo de manifiesto la imposibilidad de recuperar el paraíso perdido. Es cierto que Borja busca la paz después de su fracaso matrimonial, pero también lo es que él aguarda, desde su retiro mallorquín, el ofrecimiento de un alto cargo político en el nuevo gobierno de Adolfo Suárez. Sin embargo, el amor trastrocará los planes de Borja y el rescoldo de un antiguo romance arraigado en lo más profundo de su pasado lo llevará a pasar revista a su vida y lo abocará a un final tan revelador como sorprendente.

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– Espera, espera. ¿Qué me estás diciendo?

La agarré por debajo de los brazos y la hice rodar hacia un lado. Así quedó, desnuda en el resplandor de la noche, empapada en sudor, con el pelo revuelto y los ojos cerrados.

Sonrió.

– Que esto es el fin, Borja, que se acabó. He esperado tu cuerpo y tu alma durante veinte años y ya no los puedo tener.

– ¡Cómo que no los puedes tener! ¡Los tienes ahora para siempre! ¿De qué estás hablando?

– De que me caso mañana con tu hermano, ¿o es que no te acuerdas? -Ni siquiera había sarcasmo en su voz. Era más bien una sentencia definitiva pronunciada así, sin apelación posible.

– Pero… espera, espera -me senté en la cama-, ¿a qué ha venido entonces todo esto? ¿A qué juegas?

– Baja la voz, que vas a despertar a tu hijo.

Ella también se incorporó en la cama hasta sentarse frente a mí: dos personas que empezaban a matarse y estábamos desnudos, abiertos. Recuerdo que hasta en aquel momento me pareció una obscenidad. Desnudos para que cada piel, habiendo amado, supiera por dónde le llegaba la muerte. Pero resistí la tentación melodramática de taparme con una sábana.

– A qué viene todo esto -dijo, imitándome el tono de voz-. ¿No lo entiendes? Dime, ¿no lo entiendes? Mañana me caso con tu hermano…

– No. No te dejaré… ¿No lo comprendes? Estamos a tiempo, podemos detener esta locura…

Pero Marga negaba repetidamente con la cabeza.

– ¡Que sí! Ya lo creo que podemos… Mira: lo haré yo. Ahora. Ahora mismo. Me visto y voy a casa de Javier y se lo cuento y le digo…

– ¿Qué le vas a contar, Borja? ¡Si lo sabe todo! ¿O crees que me iba a casar con él siéndole desleal? Sí, no me mires así. Lo sabe todo…

– No. Un momento. Tú y yo, como estamos, ahora… nos vamos… ahora -dije con la respiración entrecortada-. Nos vamos. Dentro de unas horas, a las ocho, sale el ferry a Valencia. Podemos estar en él y luego ya se lo explicaré todo… a Javier… a todos… Pero tú no cometerás el mayor error de tu vida, Marga.

Rió.

– ¿El mayor error de mi vida? El mayor error de mi vida lo cometí enamorándome de ti. -Se puso de rodillas en la cama y alargó un brazo hasta pasarme la mano por detrás del cuello-. Pero no lo voy a cometer más veces, ¿me oyes?, por muy enamorada que esté de ti.

Sonreí. Me temblaba la barbilla.

– ¡Ah! ¡Es eso! Me tienes que castigar y… y -empecé a reírme-, ¡claro!, un castigo por malo y… y… -Le puse la mano en el brazo y tiré de ella. Marga se pegó a mí. Allí estábamos los dos, frente a frente, los cuerpos pegados, con los sudores mezclados, con el olor a sexo bien reciente, y comprendí que había sido una broma de mal gusto, sólo una broma de mal gusto. Le di una palmada en la nalga-. Eres perversa -dije, y ella me empujó hacia atrás y caímos los dos nuevamente sobre la cama.

Dejó que se le escapara una carcajada casi alegre de puro dolor, y cuando se serenó me miró nuevamente a los ojos.

– Javier lo sabe todo. Todo, ¿me oyes? Y no le voy a traicionar ahora por un amor que me traicionó hace ya veinte años. Sientes mis pechos sobre tu cuerpo, ¿eh? ¿Eh? Saboréalos porque es la última vez.

– ¡No! ¿Por qué me haces esto? -Yo mismo notaba cuánta desesperación había en mi voz-. ¿Te vas a ir con Javier queriéndome a mí?

– Ah -dijo Marga-, oíd al traidor de su propio hermano. Escuchad al soberbio.

– Me quieres a mí -dije con firmeza.

– Oh, sí, claro que te quiero a ti. Se me está disolviendo la entraña de pensar en lo que estoy haciendo. Me quiero morir. En realidad -cerró los ojos- me gustaría morirme ahora mismo. Pero… -añadió con tono ligero y haciendo una mueca exagerada con los labios- ya que no me muero, te dejo por tu hermano.

– ¿Por qué? Por Dios, ¿por qué?

– Porque…

– Sí, ya sé, vale, ya sé… te traicioné, vale…

– No, no. Eso, Borja, es por la vida pasada. Irme con tu hermano es por la vida futura… Sí, claro que te quiero a ti. Te lo juré hace muchos años, te juré que te querría siempre. Él lo sabe. Se lo dije. Oh sí. Le dije que nunca más te vería, que nunca más estaría en tus brazos. -Empezó a llorar, sin aspavientos, como si se le hubiera desbordado un río de amargura y no lo pudiera contener-. Y hoy le he traicionado por última vez. Así te veía por última vez, así me quedará para siempre tu sabor en el fondo de la garganta, así cuando te mire los labios se me desmayarán en sueños por encima, así recordaré tus piernas abriéndome las mías y tu cuerpo entero entrándome hasta el alma.

– Pero ¿por qué, Marga? ¿Por qué? -repetí gritando-. ¡Si soy yo! ¡Es a mí al que quieres! ¿Y escoges a Javier?

Hizo un lento movimiento de afirmación con la cabeza.

– Porque donde tú eres frío, él es cálido; donde tú eres indiferente, él se compromete; donde tú guardas silencio, él balbucea, al menos balbucea; donde tú careces de alma, él carece de miedo a la pasión; donde tú eres como el pedernal -las lágrimas le cayeron con más fuerza; le resbalaban por la cara, pero en seguida se despegaban y me caían sobre el cuello y hasta los hombros-, él es blando; donde tú rechazas la rutina, él la acepta con resignación sabiendo que es inevitable. Y porque si yo quisiera, él se dejaría hundir en el mar conmigo. Tiene todo lo que tú no tienes, Borja, mi amor. Eres tú como me hubiera gustado que fueras y -se le escapó un sollozo desgarrador- sin nada de lo que eres. Es todo un poquito más o un poquito menos que tú… es como un Borja en pequeño y en más humano… Pero sin ser Borja.

La agarré por los hombros y la sacudí dos o tres veces.

– ¡Marga, Marga! Es a mí a quien quieres. Me estás hablando a mí, ¿me reconoces?

– Oh, sí que te reconozco. Tú eres ese al que adoro desde la niñez… Y cuando haga el amor con Javier estaré pensando en ti, mordiéndome la lengua para no gritar «Borja, mi vida», y compararé y me amargaré. -Se incorporó de nuevo y luego giró sobre sí misma y se puso de pie sobre la alfombra, dándome la espalda. Volvió la cabeza-. Pero me amargaré menos de lo que me he amargado desde siempre por tu culpa. Esto serán almendras amargas; aquello fue hiel.

– Pero ¿no dices que siempre me has querido tener y que no has podido? Ahora me tienes…

– Ya, claro, ahora te tengo sólo porque te he amenazado, porque te he arrinconado. Así no te quiero tener… Además, en el fondo de tu corazón sabes que todo esto es una comedia para ti, que en el fondo fondo es un alivio que yo desaparezca de tu vida. -Quise protestar pero levantó una mano y no me dejó-. Calla. No digas nada. Nunca fuiste muy digno, ¿sabes?, nunca jugaste limpio, y ahora estás recolectando lo que sembraste. ¿Me oyes?

Tanto odio me derrotó y me dejó mudo. Y no había oído nada aún.

– Ese hijo tuyo, ¿Daniel? ¿Con qué derecho lo engendraste en una entraña que no era ésta? -Se pegó un golpe en el vientre y sonó como un violento cachete-. Ese hijo era mío, era mío por derecho, ¡lo había estado esperando durante quince años! ¿Tú sabes lo que es esperar año tras año a engendrar un hijo que no te va a nacer porque el amor de tu vida no lo quiere? Fíjate, creo que te habría perdonado incluso si me hubieras hecho un hijo y luego hubieras salido huyendo. Al menos tendría algo tuyo mío para siempre. Ahora nunca tendré un hijo tuyo. -Dijo esto último casi con desvarío, con una rabia tan fuerte que no se la reconocía-. ¿Te das cuenta de a lo que me condenas?

Intenté argüir con sensatez.

– Pero, Marga, todo eso se arregla si nos vamos ahora…

– No te atrevas a perdonarme la vida, pacificarme como si estuviera loca -dijo con violencia-. Y encima vas y le haces un hijo a una furcia inglesa…

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