Fernando Schwartz - La Venganza

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En los albores de la transición democrática, Borja, un prestigioso abogado madrileño, abandona su bufete londinense para instalarse en el pueblo mallorquín donde pasó los veranos de su infancia y su juventud. En los salones de la acomodada burguesía isleña, el viejo círculo de amigos que aún conserva fingirá sorpresa al encontrarse con él de nuevo, por más que sepa de su regreso por la prensa. El reencuentro de Borja con sus viejos compañeros (Jaume, Biel, Marga…) y con su hermano Javier revivirá viejas rivalidades y conflictos, lo que acaba poniendo de manifiesto la imposibilidad de recuperar el paraíso perdido. Es cierto que Borja busca la paz después de su fracaso matrimonial, pero también lo es que él aguarda, desde su retiro mallorquín, el ofrecimiento de un alto cargo político en el nuevo gobierno de Adolfo Suárez. Sin embargo, el amor trastrocará los planes de Borja y el rescoldo de un antiguo romance arraigado en lo más profundo de su pasado lo llevará a pasar revista a su vida y lo abocará a un final tan revelador como sorprendente.

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Juan me miraba en silencio.

– No te lo tomes a mal. Lleva unos días de mal humor y ya sabes cómo se pone -dijo Andresito para quitar hierro al exabrupto.

– No me lo tomo a mal, Andresito. -Miré a Javier-. Es como una hermana gruñona, siempre peleándose con los que la quieren… -Javier sonrió aliviado.

– Con esto de la boda -añadió mi hermana Sonia, también con aire de querer apaciguar los ánimos-, está cansada… Se agita demasiado.

– Es verdad que nunca os llevasteis demasiado bien -dijo Lucía. No era una pregunta-. Desde chavales que andábamos peleando todos…

– Sí que se llevaron -dijo Biel Santesmases-. Acordaos de cuando teníamos la pandilla; eran los dos que más mandaban y a los que se les ocurrían todos los juegos y las excursiones. Eran como los más mayores.

– Ya, pero se llevaban como el perro y el gato -dijo Juan. Me miró de hito en hito.

Todos hacían, hacíamos, estas afirmaciones con la solemnidad con que se pronuncian parlamentos de teatro destinados a convencer a los espectadores, invisibles detrás de los focos del proscenio, de que las cosas son como se declaman, planas y unidimensionales, y no de otra forma más sutil o más enrevesada o más perversa. Condenados a interpretar una y otra vez los mismos papeles mientras la vieja pandilla no cambiara de formato o se rompiera en pedazos: como una pesadilla recurrente, la misma, una noche tras otra.

– ¿Cómo van a llevarse bien si son iguales? -exclamó Carmen-. Míralos… Igual de tercos, igual de enigmáticos…

– No somos iguales en casi nada, anda. Y esa suerte tiene Marga.

¿Iguales? ¿Ella y yo? Al principio, hace muchos años, cuando comprendía pocas cosas y éramos aún adolescentes, al irrumpir ambos de golpe en nuestras intimidades, me había parecido que Marga alimentaba un perverso afán de destrucción, algo que me sobrepasaba por su complejidad. Era como si obtuviera un retorcido placer del estímulo de la propia amargura. Luego, muchos años después, me di cuenta de que su corazón está hecho de tantas revueltas, de tantos ángulos y callejones sin salida, de tantos pozos sin fondo que tuve miedo de dejarme ir en ellos. Probablemente ni siquiera tenía entonces la generosidad o los sentimientos precisos para que me interesara la experiencia o para darme cuenta de que estaba ahí, al alcance de mi mano. De haberlo sabido es seguro que habría huido aún más de prisa y antes a refugiarme lejos de Marga en alguna frivolidad indiferente, para no saber que aquellas honduras podían inundarse de luz y que ella estaba esperando a que alguien las encendiera.

Ahora sé qué era lo único que aquella mujer de engañoso aspecto adusto y sobrio habría querido de la vida: vencerme en una pasión sin límites que nos hubiera consumido a ambos antes de que nos diésemos cuenta de que el fuego pasa pronto y el rescoldo aguanta mal el ritmo de la rutina. Pero para eso había que ser tan fuerte como ella y estar dispuesto a padecer todas las consecuencias. No me parece que hubiera yo querido estar a su lado mientras ella se daba cuenta de que, con el transcurso de los años, todo el pathos de su existencia se congelaba y la pasión de su boca se quedaba en un mero rictus de amargura. Ahora me pregunto si Marga no habría acabado acariciando la idea final de un suicidio juntos: nadar en La Foradada en un atardecer de septiembre, contemplando la interminable costa de la Tramontana hasta hundirnos agotados por el frío. Para ella ni siquiera habría sido una noción romántica: sólo la consecuencia inevitable o, más que inevitable, lógica de nuestra vida en común. Me lo pregunto. También me pregunto qué puede inspirar una locura así.

Los miraba yo a todos, a los de la vieja pandilla, a Juan, su hermano, tan placenteramente amable, y me preguntaba cómo era posible vivir al lado de un volcán toda una vida sin apercibirse de ello. Claro que en el otro platillo de la balanza estaba mi hermana Sonia, encarnación de la pachorra, que llevaba casada con él diez o doce años y había contribuido sin duda a apaciguarle cualquier afán hipercrítico. Pero una vez, muchos años atrás, Juan me había dicho: «Si algún día Marga se casa con alguien que no seas tú, deberá ser alguien con alma de cornudo porque va a tener que tragarse toda esa mala leche.» No sé si lo decía por ponerme a prueba o porque lo creyera verdaderamente.

Vaya. Pobre Javier. Había resultado finalmente el elegido. Siempre pensé que era un pedazo de pan, bueno y blando, con un corazón de oro. Bueno, si Marga se casaba con él tenía que ser porque se le habían empezado a calmar los ardores de alma atormentada y buscaba algo de paz, integrarse por fin en el ritmo apacible de la vida provinciana y de los viajes de gira. Si no, se acabaría comiendo a Javier de un solo bocado. También es verdad, sin embargo, que lo importante para mí en aquel momento era el sentimiento de alivio que me producía haber sido preterido, haber dejado de estar en el punto de mira de Marga. Claro que al mismo tiempo se me mezclaba también el despecho de ser preterido, de haber dejado de ser importante para Marga, o al menos tan importante, de no tenerla ya enamorada de mí. Bah, ¿quién entiende las pasiones?

Por la escalera del celler se oyeron los pesados pasos de Pere, el anciano criado de pies planos y enormes zapatones que, vestido con una impecable chaquetilla blanca abotonada hasta el cuello, bajaba para anunciarnos que la cena estaba lista.

– Juan -dijo-, ya podéis subir. -Me miró con gravedad, como si no me reconociera.

– Hola, Pere -dije-. ¿Cómo vas?

– Hola, chico -me dijo, por fin, hablándome en mallorquín-. ¿Dónde te has metido todos estos años? Seguro que no hacías nada bueno.

– Nada bueno, Pere. Anda que tú… Buen aspecto tienes. Y mira que tienes años ya, ¿eh?

Siempre recordaba a Pere, vestido de hábito negro, enjuto, riguroso, tan estirado y solemne como un obispo, igual que si él fuera el celebrante, ayudando al tío cura de Juan y de Marga cuando, siendo éste canónigo, decía misa en la catedral de Palma.

– Setenta y ocho.

V

– ¿Cuánto hace que no comías frit , eh? -preguntó Juan.

– Qué sé yo, Juan. Años, supongo. ¿Sabes?, en general no me pongo de comer hasta las cejas, que es lo que vamos a hacer hoy. Vivir fuera de aquí tiene la ventaja de que cuida uno el colesterol…

– Tonterías -dijo Lucía-. ¿Pues no dicen que la dieta mediterránea es la más sana del mundo? Mírame a mí. ¿Tengo aspecto de enferma? -Y se enderezó en su silla para que se le notara la fortaleza algo rolliza y bien simpática de su anatomía.

– Siempre es bueno tener a qué agarrarse… -dijo su marido con la medio risilla de broma que siempre se le escapaba.

– Andresito…

– Bueno, chica, Lucía, te prefiero así.

Una vez, en Londres, había intentado hacer frit, esa mezcla tan mallorquina de patatas, pimientos, ajo, aceite y vísceras de cerdo. Sólo que, por estar en un país anglosajón, tuve que utilizar carne de cerdo congelada y el plato me había salido terriblemente insípido. Fue la noche en que conocí a Rose.

Mientras servía, Pere siempre participaba en la conversación general de la mesa, haciendo comentarios más o menos inteligibles pero que siempre tenían que ver con alguna cosa pasada, con alguna de nuestras barrabasadas, con alguna de nuestras anécdotas nunca excesivamente decorosa. Se empeñaba en demostrar que todos los comensales que nos sentábamos a aquella mesa estábamos vivos de milagro o que habíamos hecho algo en alguna época pasada que tenía al propio Pere vivo de milagro, sí, pero con el rencor intacto. Siempre había sido un gruñón malhumorado sin la autoridad suficiente para mantenernos a raya.

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