En el momento de anunciarme el técnico -imperturbable- que acababa de perder mis direcciones de correo, el correo mismo y todos mis documentos personales -todo lo que había almacenado de mis escritos en los últimos años-, me encontraba yo enterándome de que la filosofía ha inventado las grandes preguntas metafísicas, la idea de una humanidad cosmopolita, el valor de la individualidad y la libertad, pero esta fuerza milenaria se ha agotado en la actualidad: «Un signo de los tiempos. No hay más remedio que reconocer que su papel histórico y prometeico ha quedado atrás. Son las ciencias y la tecnociencia lo que más horizontes abre hoy, lo que inventa el porvenir.»
Consciente de que se había volatilizado la fuerza milenaria de mi memoria más personal, le dije al tecnocientífico (le llamé así porque me sentía desesperado) que iba a dar una vuelta y que ya volvía. Esperando a que, aun sin memoria personal, avanzara algo la reparación de mi ordenador, caminé por las calles del barrio como si fuera un hombre ya sin pasado alguno, un hombre sin disco duro. La gente, hiperconsumista, se agolpaba en las tiendas de rebajas mientras yo caminaba cabizbajo, rabioso. «Nadie se interesa espontáneamente por el perdedor radical», dice Enzensberger. «El desinterés es mutuo. En efecto, mientras está solo (y está muy solo) no anda a golpes por la vida; antes bien, parece discreto, mudo, un durmiente…»
Me crucé con todo tipo de durmientes, gente muy discreta, pero personas de esas que, de hacerse algún día notar, provocarían una perturbación espantosa, pues su mera existencia nos recuerda que necesitamos muy poco para comportarnos como ellos y estallar un día, así de golpe, explotar con un gesto terrible de rabia. «Parecía tan normal, siempre en su casa escribiendo.» Al regresar, le hice unas preguntas al tecnocientífico y me respondió con aires de suficiencia, como si yo fuera un pobre palurdo. «¿Cómo te llamas?», le pregunté. Ludwig, dijo, y estaba intentando medrar en el mundo de la cibernética circulatoria. Le hubiera matado.
– ¿Escribir es intentar saber qué? -me grita alguien desde el Paseo Marítimo.
Estoy frente al mar, en la terraza de un cuarto de hotel, en Mallorca. La canción que escucho sin cesar desde hace rato, Batiscafo Katiuskas, es de los Antònia Font, un grupo musical mallorquín que oigo a través del ordenador portátil mientras escribo esto. Me apoyo en la baranda de la terraza, saludo a los amigos literatos. Es una mañana limpia de este invierno insólito, tan agradable. La música de los Antònia Font, extraña y de gran potencia poética, contribuye a la sensación general de belleza.
Mediodía. Todo, completo. ¡Las doce en el reloj! Voy velozmente del batiscafo a La escafandra, la última y magnífica entrega de los Diarios de José Carlos Llop. Me imagino, por momentos, en el fondo del mar hasta que leo: «Pasan las nubes como ejércitos mesopotámicos.» La frase se escapa del fondo del libro submarino y se apodera de la mañana luminosa. Mediodía. En el ordenador, vuelve a sonar Batiscafo Katiuskas. La letra de la canción está entre Perspectiva Nevski de Battiato y el Biel Mesquida más inspirado, y no cansa nunca. La canto ahora que he vuelto a quedarme a solas, la letra es rara, trato de saber realmente, aparte de su iris nostálgico, qué significa todo eso del batiscafo socialista: «Batiscafo socialista / redactant informe tràgic / camarada maquinista / a institut oceanogràfic.» Luego la melancolía submarina de esta pieza se acopla con La escafandra al aire libre, a la luz de la mañana: «El vuelo circular de un milano en el cielo límpido del mediodía.» Todo parece perfecto, imperturbable. Lo será, al menos, mientras el aire sea nuestro.
La isla es un gran santuario de viajeros inmóviles. Creo recordar que Valentí Puig -que no hace mucho publicó La gran rutina, agudísima novela satírica sobre la realidad catalana- solía decir que Mallorca es tan extraordinariamente bella que atrapa, y sólo ofrece dos posibilidades al nativo: convertirse en un viajero inmóvil que toma el sol y de allí no sale, o bien soltar amarras y pasarse la vida entera dando vueltas al mundo; marcharse -digo yo-, desayunarse todos los días en algún paraíso bien lejano, con noticias, a ser posible bien remotas, de batiscafos socialistas y submarinos neocon.
Estudio, desde hace semanas, la biografía de Louis de Rougemont, considerado un pionero en toda regla, el primer caso moderno de viajero inmóvil. Este aventurero helvético que hace ya más de una siglo causó sensación en Londres publicando en la Wide World Magazine las espectaculares crónicas de sus grandiosas experiencias viajeras, pudo haber contado que había estado entre caníbales en Mallorca, pero prefirió ir mucho más lejos. Se fue a las antípodas, a Australia. Antes, se había dedicado, entre escafandras y batiscafos, a la pesca de perlas frente a la costa meridional de Nueva Guinea, pero una tormenta le desplazó al continente australiano, donde durante treinta años fue jefe de una tribu caníbal, viajó a lomos de tortugas gigantes, se curó de ciertas enfermedades durmiendo dentro de búfalos muertos, y con la nativa Yamba tuvo un hijo que ella devoró delante de él. Una vida que impresionó a los ingleses. Cuando el engaño fue descubierto -el tal Rougemont se llamaba en realidad Green (o Grin) y, aunque había sido carnicero en Australia, la mayor parte de su vida no se había movido de la biblioteca del Museo Británico-, el genial fabulador trató de sobrevivir dando conferencias y anunciándose como el mayor embustero del mundo. Sir Osbert Sitwell, que siguió sus tristes últimos pasos, le recuerda vendiendo cerillas en la avenida Shaftesbury. «Este fantasma callejero vestía un abrigo viejo y raído, sobre el que caía su cabello ralo, y tenía un rostro sereno, filosófico, curiosamente inteligente. Le compré una cajetilla y me dijo, como susurrando, que las cerillas eran de verdad.»
Pronto hará ya veinte años, un domingo 11 de junio de 1989, compré a precio de saldo unas tarjetas postales antiguas -imágenes de paisajes portugueses de los primeros años del siglo- a un vendedor callejero de la plaza del Comercio, en Lisboa. Era mediodía y caía, a aquella hora, un sol de justicia sobre la plaza. La compra de aquellas postales fue un hecho trivial, y sigue siéndolo ahora, pero no he podido olvidarlo. Banal o no, me ha traído consecuencias a lo largo de estos años, y volvió a traérmelas anteayer mismo. De entre aquellas postales había una del faro de Santa Marta en la población de Cascais, cercana a Lisboa. En la parte superior de la elegante vista atlántica podía leerse en portugués: «Farol de Santa Martha e Vivenda Lino.» No sabría decir por qué, pero me dio por pensar que aquel sencillo paisaje antiguo -una casa, dos palmeras, unas rocas y el faro pintado con bellas rayas horizontales de blanco y azul y coronado por el color rojo- guardaba una misteriosa relación con una vida anterior mía. Mirando aquella postal, tuve la sensación repentina de vivir una inmersión radical en la melancolía. Luego, me olvidé. No fue hasta 1993 cuando volví a encontrarme con aquel paisaje de Cascais. Lo encontré inesperadamente en una revista femenina, y allí estaba el mismo paisaje, pero actualizado. El faro había crecido verticalmente y había tres en lugar de dos palmeras. La casa o «vivenda Lino», informaba la revista, pertenecía ahora a los Kennedy portugueses, «la emblemática familia de banqueros apellidados Espirito Santo». Volví a conocer una inmersión radical en la melancolía. La memoria difusa de haber estado alguna vez en aquel lugar. ¿Cuándo? No lo sabía. Pero ya había estado allí antes de haber estado nunca.
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