Enrique Vila-Matas - Dietario voluble

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Dietario voluble es, ante todo, un tapiz que se dispara en muchas direcciones. Este libro abarca los tres últimos años (2005-2008) del cuaderno de notas personal de Enrique Vila-Matas. Al tratarse de un diario literario que se origina en la lectura, es una obra escrita desde el centro mismo de la escritura. Combina los comentarios sobre libros leídos con la experiencia y la memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para la autobiografía amplia, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así novelizar la vida.
Compuesto en parte por notas que pasaron directamente del cuaderno personal del escritor a la edición dominical de El País de Cataluña, pero también por importantes fragmentos que no se movieron del cuaderno y que ahora dejan de ser inéditos, y también por notas que han sido escritas para completar esta edición.

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Sonrío ahora porque acabo de recordar que Riba todavía se asombra -como si aún estuviera en un viaje de ácido- de que se hable actualmente de choque de civilizaciones cuando dice que hace ya cincuenta años que viene chocando él frontalmente con la cultura y civilización («como todos los catalanes eran antifranquistas, parecía que todos fueran de izquierdas») en las que fue educado. Su ideología es un conjunto de asombros con la certeza en el fondo de que la vida puede ser de otra forma. A algunos lo que particularmente les asombra es que, habiendo fracasado tantas veces, siga siendo el rey.

Pienso en Riba y me digo que vivimos con tal aturdimiento que a veces ignoramos lo que tenemos ante nosotros en el momento mismo. ¿Qué hay en ese instante? ¿Cuándo empezó realmente? ¿Acabará en algún otro momento? No nos detenemos lo suficiente ante lo que tenemos delante y acabamos no conociendo el mundo, por la misma razón que las hormigas ignoran la historia natural.

Tiempo celestial, literalmente. ¿Y si en realidad la vida fuera siempre así? Tiempo para sentarse en un banco de la plaza de Rovira y recordar a Jean-Luc Godard y el día en que supe que solía entrar en los cines con las películas ya empezadas. Era lo que a lo largo de toda mi corta vida había querido hacer y no me había atrevido. No me gustaba esperar a que empezaran las películas. Durante una larga temporada estuve entrando siempre tarde en los cines. Luego dejé de entrar en ellos, simplemente.

¿Cuándo comienza algo? Si voy de viaje, en el momento de salir el avión, siempre se pone para mí en marcha una trama. Pero ¿en qué momento realmente empezó esa trama, esa historia? ¿Fue al facturar la maleta, o bien cuando paré un taxi para ir al aeropuerto, o cuando la azafata se negó a darme más de un periódico, o cuando, diez años antes, comencé a soñar en ese viaje, o bien cuando me dormí durante el vuelo y soñé que volábamos sobre las convulsiones azules de unos acantilados en el Pacífico?

¿Cuándo comenzó el año? ¿En qué momento se puso en marcha el argumento del nuevo año? ¿Fue durante el tradicional almuerzo en casa de Joan de Sagarra, o en la calle de Venus cuando sentí frío y casualmente encontré un taxi para ir a su casa, o más bien en la madrugada con el documental sobre Pau Riba? Recuerdo algo que escribiera Sánchez Ferlosio acerca de la reacción de su hija de tres años el día en que, yendo con ella por el parque del Retiro de Madrid, oyeron, de pronto, las voces de un teatro de títeres. Se acercaron y la pieza debía de ir, ya más o menos, por la mitad. Era un día de tiempo celestial y la niña nunca había visto marionetas, pero, para enorme sorpresa del padre, ella entró instantáneamente en la función, como si se tratase de algo sobradamente conocido desde su nacimiento, riéndose ya con la primera frase. De pronto, el padre descubrió que la niña no sabía lo que era un argumento, que no tenía ni idea de que una obra de teatro se suponía que era una serie de hechos enlazados que se sucedían en el tiempo. Para ella no existía tal sucesión. «Para ella», escribe Ferlosio, «cada instante era puro y pleno presente, sustentado en sí mismo, completamente dueño de su propio ahora, ajeno a cualquier antes y después, acabado y entero de por sí.» Lo que la niña estaba viendo no era nada que pasara u ocurriera en el tiempo, sino un puro manifestarse en el ahora.

Sobre esa idea del puro y pleno presente, Macedonio Fernández tiene unas líneas acerca de lo que él llamaba un presente deslumbrador, exaltación de cada segundo: «El futuro no vive, no existe para Cósimo Schmitz, el herrero, no le da alegría ni temor. El pasado, ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero qué intenso, total, eterno el presente, no distraído en visiones ni imágenes de lo que ha de venir, ni en el pensamiento de que enseguida todo habrá pasado. Vivacidad, colorido, fuerza, delicia, exaltación de cada segundo de un presente en que está excluida toda mezcla así de recuerdos como de previsión; presente deslumbrador cuyos minutos valen por horas.»

En la oscuridad de las siete de la mañana, el ordenador entró en un salvaje estado de completo desorden. Un contratiempo terrible porque disponía yo sólo de tres horas para entregar unas páginas. Esperé a las ocho, a cuando hubiera ya clareado, para llamar a un servicio técnico de urgencias. Tenía que terminar de escribir mi artículo sobre la inseguridad y la crisis de sentido en el mundo actual, pero si había algo realmente inseguro para mí en aquel momento era el ordenador. En cuanto al mundo, éste siempre podía esperar. Me senté y recuperé el libro de la noche anterior, el libro de Enzensberger hablando del perdedor radical, de aquel que puede estallar en cualquier momento y, por ejemplo, atrincherarse de buenas a primeras en su piso después de haber tomado como rehén al arrendador que venía a cobrar el alquiler. ¿Yo mismo, por ejemplo, podía estallar en cualquier momento? ¿Debía considerarme un perdedor radical sólo porque estaba sin ordenador? Estaba muy nervioso, y para colmo leí: «No se trata de irritación, sino de rabia asesina. Lo que al perdedor le obsesiona es la comparación con los demás, que le resulta desfavorable en todo momento. La irritabilidad del perdedor aumenta con cada mejora que observa en los otros.»

No pasaba nada, simplemente tenían que arreglarme el ordenador. Sólo tenía que esperar hasta las ocho. No debía buscar culpables a mi mala suerte. Pero esperar precisamente era a lo que se dedicaban muchos perdedores: «El perdedor discurre a su manera. Eso es lo malo. Calla y espera. No se hace notar. Precisamente por eso se le teme.»

Mientras esperaba, oí en la radio que los españoles seguían hiperconsumiendo como locos, que no se sabía de dónde salía tanto dinero, pero que, después de habérselo gastado todo en Navidad, el éxito de las rebajas de enero era un hecho. A las ocho menos cuarto, pedí por teléfono que urgentemente vinieran a arreglarme el ordenador. «De lo contrario, no respondo de lo que ocurra», quise añadir. La avería del ordenador -no sabía que dependiera de él hasta extremos tan desesperados- me había trastornado. Había dejado de ser el durmiente habitual.

Cuando llegó el técnico, ya vi que aquél iba a ser el día del loro. Llegó un joven con aires de suficiencia y un sentido, por otra parte, muy alto de la parsimonia. Nada más sentarse a examinar la pantalla de mi ordenador, le llamaron al móvil y una risa floja se apoderó de él cuando comenzó a comentar las incidencias festivas de la noche anterior. Estuvo unos interminables minutos comentando -noté que tenía acento alemán- la gran juerga nocturna. «¿No has dormido?», le pregunté. Las agujas del reloj circulaban inexorables. Todo el rato pensaba yo que me convenía tener cierta paciencia, pues sólo tenía a aquel técnico, llamar a otro lo retrasaría todo aún mucho más. Cuando cesaron las risas, tuvo por fin la delicadeza de echarle una mirada a mi pantalla, y a partir de ahí se inició una larga sesión de usurpación de mi lugar de trabajo y larga sesión también de mutismo, mirada fija al vacío, oreja sobre la mesa para escuchar no sé qué del disco duro, todo tipo de alegres tecleados inútiles, y de vez en cuando -como un agradecido oasis dentro del silencioalgunas exclamaciones de verdadero espanto. «De ésta no salimos vivos», dijo de pronto, y se notó que no podía ni imaginar que en mi casa se estaba jugando la vida.

La casa siempre ha sido muy pequeña y no sabía dónde ponerme mientras él buscaba la causa de la avería. Me senté en un butacón frente a la ventana y simulé que leía Los tiempos hipermodernos, de Gilíes Lipovetsky, y que tomaba notas, muy especialmente de la parte en la que se habla del hiperconsumismo en el que tan inmersos estamos en la actualidad. De tanto simular, acabé leyendo ese libro realmente, leí las fantásticas últimas páginas, donde se contempla un porvenir nada alentador para todos aquellos que, por mucho que tengan ordenadores y técnicos que les arreglan los problemas, se dedican todavía a la escritura.

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