– Anda jugá, Rosa, te dije que te fueras a jugar -decía la madre, perdiendo la paciencia, empujando a la niña, levantando la mano amenazadora que hizo a la muchachita salir corriendo.
Debía pensar qué se podía hacer, se dijo Lavinia. No quería sentir el malestar en el estómago, las ganas de llorar junto a Lucrecia. Que, por fin, callaba, sollozando apenas.
– Tengo una amiga enfermera -dijo Lavinia-. Voy a ir a buscarla.
Traería a Flor, pensó. Flor podría, al menos, decirle qué hacer.
Se levantó. Se sobrepuso al olor del alcanfor, de la fiebre, al pesar, la rabia por la pobreza.
– Gracias, niña Lavinia, gracias -decía Lucrecia, empezando de nuevo a llorar.
Al salir a la calle oscura, Lavinia aspiró una gruesa bocanada de aire. La noche se acomodaba en los tablones de las casas vecinas. El cielo, lavado de lluvia, estaba lleno de estrellas. Ninguna luz competía con su esplendor. La hermana de Lucrecia, enhiesta en la puerta, se alisaba el pelo con las manos.
– Ahora vuelvo -le dijo a la mujer-. Ahora mismo regreso -y entró en su automóvil con olor a nuevo.
En la carretera, Lavinia se detuvo porque lloraba. Las lágrimas en sus ojos creaban halos irisados en los faros de los vehículos que se le cruzaban en el camino.
Dos horas más tarde, Flor desapareció con Lucrecia detrás de la puerta de emergencias. A través del cristal las vio perderse en el interior. Lavinia caminó hacia la sala de espera, arrastrando los pies.
El techo era alto y las luces de neón dispersas en el cielo raso -la mayoría apagadas- alumbraban tenuemente el lugar. Se dejó caer en una de las bancas de madera. De no ser por el olor a medicinas y angustia, el olor típico de los hospitales, la sala de espera podría haberse confundido con el salón de una iglesia protestante. Filas de rústicos bancos de madera ocupaban el centro y los lados del salón. Mujeres con niños sucios y enfermos, otras solas, unos cuantos hombres esperaban silenciosos. Lavinia apoyó el brazo en la esquina de la banca y se frotó los ojos. Le dolía la cabeza. Sentía tensión en la nuca.
Afortunadamente, Flor había tomado control de la situación con su serenidad habitual. Tenía amigos en el hospital. Médicos acostumbrados a situaciones como la de Lucrecia. "Miles de casos parecidos", había dicho Flor.
Estuvo con los ojos cerrados un buen rato, esperanzada en poder dormitar para acortar la espera. Pero el sueño no llegó. Abrió los ojos y los extendió a través del salón. Notó que las demás personas en la sala la observaban. Habían apartado la mirada no bien ella levantó los ojos, pero la habían estado mirando, observándola cual si se tratase de un teatro y una luz cenital se posara sobre ella.
Se sintió incómoda. Para distraerse miró hacia el suelo. Recorrió con la vista la hilera de pies frente a ella. La suciedad se acumulaba debajo de las bancas. Unos pies de mujer mayor se movieron. Eran gruesos. Las venas varicosas asomaban por encima del cuero negro y tosco. La punta del calzado había sido cortada para que el tamaño insuficiente no estrujara los dedos de la nueva dueña. Los dedos de uñas quebradas y violáceas eran grotescos. Lavinia miró los de al lado. Mujer más joven. Tendría a lo sumo treinta años. Sandalias que en algún tiempo fueron blancas. Pies morenos. Ásperos. Las uñas exhibían esmalte casi púrpura descascarado, viejo. Venas protuberantes. Y más allá, las suelas gastadas de zapatos masculinos. Calcetines cortos. El elástico ya flojo. Una rotura asomaba por el borde. Recorrió hipnotizada la hilera de pies tristes. Levantó los ojos. La miraban. Los bajó de nuevo. Sus pies entraron en foco. Sus pies finos, blancos asomando por la sandalia de tacón, la sandalia marrón suave, cuero italiano, las uñas rojas. Eran lindos sus pies. Aristocráticos. Cerró de nuevo los ojos.
Ella se había comprometido a luchar por los dueños de los pies toscos, pensó. Unirse a ellos. Ser una de ellos. Sentir en carne propia las injusticias cometidas contra ellos. Esa gente era el "pueblo" del que hablaba el programa del Movimiento. Y, sin embargo, allí, junto a ellos en la sala de emergencia sucia y oscura del hospital, un abismo los separaba. La imagen de los pies no podía ser más elocuente. Sus miradas de desconfianza. Nunca la aceptarían, pensó Lavinia. ¿Cómo podrían aceptarla alguna vez, creer que se podía identificar con ellos, no desconfiar de su piel delicada, el pelo brillante, las manos finas, las uñas rojas de sus pies?
Flor la sacó de sus meditaciones. Apareció con el médico. Un hombre de mediana edad, robusto, de cara bonachona. Lucrecia estaba bien, le dijeron. Habían tenido que ponerle sangre, hacerle un legrado. Era una suerte que la hubiera llevado hoy al hospital. Un día más y ningún esfuerzo la habría salvado.
Entró con Flor al pabellón de ginecología. La sala "J" era larga y angosta, con hileras de camas a ambos lados. Mujeres de rostros sombríos la siguieron mientras caminaba por el medio hacia la cama donde Lucrecia dormía. Midieron su ropa, su bolso; la observaron, otra vez, de arriba abajo. Ella caminó en puntillas, deseando que la tierra la tragara, sintiéndose tímida, ofensiva, culpable, intrusa en esos padecimientos ajenos.
Sólo Flor sonreía mientras la animaba a acercarse, a inclinarse sobre Lucrecia y pasarle la mano por la frente. Le indicó que anotara el número de la cama para informar a la hermana. Mañana estaría mucho mejor, dijo Flor, podían visitarla de tres a cinco de la tarde.
Días después, en la oficina Lavinia luchaba contra la depresión, el desgano, dibujando posibilidades para la casa de Vela.
Sentía que la vida se le enredaba incontrolablemente; sus dos existencias paralelas chocaban estremeciéndola, amenazando con borrarle todo vestigio de identidad.
La noche en la sala de emergencia no se le borraba del recuerdo, la perseguía. Se agudizó con las visitas al hospital en la tarde, los tres días siguientes, sentada al lado de Lucrecia con la hermana y la niña, en la gran sala de ventanas altas del pabellón de ginecología. No podía olvidar las caras de mujer enmarcadas por blancas sábanas, mirándola con extrañeza, incómodas de verla aparecer allí entre ellos.
Era terrible situarse, con sólo buenas intenciones, en ese mundo dividido arbitrariamente. Cargar con privilegios frente a la injusticia, sentirse marcada por la riqueza como por un herraje que la separaba de los dueños de las manos y los pies toscos, de aquellas mujeres yaciendo en las camas con las entrañas desgarradas por abortos mal practicados, o acurrucando niños que, como ella, no habían escogido dónde nacer y que, por el azar de los nacimientos y las desigualdades sociales, crecerían en cuartos oscuros, olorosos a trapos sucios, hacinados al lado de hermanos y tíos y padres y madres.
El lápiz de Lavinia dejó de dibujar arcos y puertas. Se deslizó dibujando manos y pies. Levantó la cabeza y escuchó el zumbido de las lámparas de dibujo, las conversaciones de los aprendices, el tintineo de las tazas de café, el ronroneo del aire acondicionado. A estas horas, Lucrecia estaría de regreso en su casa, feliz de haber sobrevivido. Estaría tomando un tazón de caldo de hígado, lavando el alcanfor de las sábanas, esperando que la hermana regresara de su puesto de venta en el mercado a amasar las tortillas que Rosa, la niña, saldría a vender por el barrio en la tarde, chillando con su vocecita:
– "Tortillas, laas tortillaas."
A lo largo de su vida, Lavinia recordaba fogonazos de esta otra realidad insinuándose solapada, avergonzada; retratos inmóviles desde los cuales el dolor la miraba. Instantes desleídos, amarillentos, guardados en silencio hasta ahora que empezaban a flotar en su conciencia como botellas arrojadas al mar. Mensajes en las playas de su mente, sacudiéndola. "Si fuera uno de ellos, se decía, no creería nada de alguien como yo, alguien que tuviera mi apariencia. Nada bueno."
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