Hidalgo Nieves - Brezo Blanco

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Los McDurney y McFersson están enfrentados desde hace décadas. Desde que sus bisabuelos provocaron un choque que acabó con la vida de uno de ellos.
Al regresar de una aldea en la que ha estado ayudando a sanar a los enfermos, la patrulla de Josleen hace prisionero a un hombre, creyéndole culpable de un robo de caballos perpetrado a su clan. Atraída por él, averigua asombrada que se trata de un McFersson y, temiendo las represalias, le deja escapar para evitar posteriores complicaciones o incluso una guerra.
Meses más tarde, Josleen parte de Durney Tower hacia la fortaleza de Ian McCallister, con quien su madre se ha casado en segundas nupcias. Pero jamás llegará allí.
La patrulla dispuesta a robar el ganado de su hermano Wain, está liderada por el mismo guerrero al que ella dejó escapar. Y ese hombre, aunque ella lo ignora, no es otro que el laird Kyle McFersson, jefe del clan enemigo. Un guerrero sobre el que corren las historias más terroríficas.
La primera intención de Kyle es pedir rescate por la joven, pero luego la idea de dejarla marchar se le hace imposible.
Sin embargo, Wain McDurney no está dispuesto a dejar a su hermana en manos del rival al que desea matar hace mucho tiempo.
Josleen tendrá que tomar una penosa decisión: regresar con los suyos o permanecer al lado de las personas a las que acaba queriendo y del hombre que, aún enemigo de su clan, consigue ganar poco a poco su corazón.
Y para angustia de la joven, Stone Tower se verá rodeada por huestes enemigas, al mando de su hermano, decidido a no dejar piedra sobre piedra.

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– ¡No la toques, McDurney!

Wain tiró de las riendas a dos palmos de él. Le hubiera costado muy poco azuzar al animal y cocearle, pero temió por su hermana y contuvo el ímpetu de su montura.

– Entrégamela, McFersson.

– Primero me escucharás.

Josleen sintió que se desvanecía. ¿Kyle estaba de acuerdo en entregarla? Se alzó sobre las puntas de sus zapatos para poder ver a su hermano pero dada la estatura de Kyle hubo de acabar asomándose por debajo de su brazo armado.

– Lo único que quiero escuchar de tus labios es una oración cuando te mate -contestó Wain.

– ¿Me escucharás?

Wain apretó los dientes. Su caballo estaba nervioso, olía ya la pelea, y le costaba retenerle.

– Te escudas con mi hermana, maldito bastardo. Deja que se aleje, podría resultar herida. Entonces, saldaremos nuestras diferencias.

Kyle sacudió la cabeza.

– Josleen está malherida y…

Con un grito de furia, Wain saltó a tierra.

– Si te has atrevido a maltratarla…

Josleen emitió un gemido. Parecían dos lobos a punto de atacarse. Intentó hablar, pero las voces de ambos anularon sus palabras. Así que hizo lo único que podía hacer: acarició la espalda de Kyle. De inmediato, él se olvidó de Wain y la miró.

– ¿Estás bien, mi amor?

Wain se quedó aturdido al escuchar aquel tono de voz con que el McFersson se dirigía a su hermana. Y ella aprovechó para ganar posición entre ambos, aunque el brazo de Kyle la retuvo por el talle.

– Si envaináis las espadas estaré mejor.

Kyle comenzó a bajar su espada, atento sin embargo a cualquier posible ataque. Wain permaneció rígido, pero estaba tan pasmado que fue incapaz de hacer otra cosa que no fuera observar a la muchacha. Descubrió el cardenal en la sien y dio un paso hacia ella.

– Hubo un accidente, Wain -se apresuró a explicar ella-. Me caí. Pero estoy bien, te lo juro.

Kyle la atrajo hacia él con más fuerza, sin soltar aún la espada que mantenía a medio camino entre el pecho de Wain y el suelo. Josleen sintió la fuerza de su brazo, la tibieza de su cuerpo. Alzó el rostro para mirarle y Kyle la obsequió una media sonrisa. Hubiera sido un inmejorable momento para Wain, porque cuando descubrió el brillo de pasión en aquellos ojos azules, se olvidó de todo.

Ella le acarició el mentón, se puso de puntillas y le besó en la boca.

Todas las alarmas saltaron e la cabeza de Wain.

– ¿Qué demonios está pasando aquí, Josleen?

– Imagino que el muchacho ha salido para explicarlo -se escuchó una voz de mujer.

Josleen lanzó un grito de alegría, se separó de Kyle y corrió hacia su madre, que ya desmontaba. Junto a ella, ya que no había habido forma de detenerla, estaban Warren, el padre de Sheena y el mismísimo Verter. Y ninguno de los tres parecía muy feliz.

– ¡Mamá!

Alien abrazó a su hija y la muchacha se quejó.

– ¿Te encuentras bien, cariño? -preguntó, observando el gesto adusto de McFersson, nada cómodo al verse cercado.

– Un par de cardenales. Una caída inoportuna, mamá. Nada serio. ¿Podrías convencer a estos dos idiotas que bajen de una vez las espadas? En realidad -dijo lanzando una mirada helada a todo el grupo-, ¿podrías decir a todos que guarden las armas?

Mientras hablaban, James, Duncan y un nutrido grupo de guerreros habían salido de la fortaleza y les rodearon a su vez. Los hombres de Wain comenzaron a moverse y desde las almenas, los de Kyle apuntaron con sus arcos.

Alien apartó a su hija y se volvió hacia su esposo.

– Caballeros, temo que pronto comenzará una de esas incómodas tormentas de verano. No tengo intenciones de quedarme a dialogar bajo la lluvia, de modo que si McFersson tiene a bien invitarnos a un trago de whisky, estoy segura de que podremos aclarar todo este lío cómodamente sentados.

Josleen aguantó la risa al escuchar al unísono los gruñidos de disconformidad de Warren y Wain.

– Será un honor, milady -afirmó Kyle.

Alien volvió a tomar a su hija de la cintura y sin hacer caso a nadie, ambas se encaminaron hacia la puerta del castillo.

Warren McCallister se pasó la mano por el mentón y resopló. Su esposa acababa de darles una lección y él, en el fondo, se enorgullecía. Lo que le fastidiaba era que el condenado McFersson parecía estarse divirtiendo, dada la sonrisa que lucía.

Los hombres de Kyle no supieron cómo reaccionar cuando aquella dama, de altanero el gesto, pasó entre sus caballos de guerra con toda tranquilidad. Pero al ver que no las seguían, se volvió y les increpó:

– ¿Váis a quedaros ahí hasta que se os arrecie el trasero en invierno? -la puya consiguió arrancar una risita a Josleen-. Hija, ¿te he dicho alguna vez que todos los hombres son un poco… lentos?

A la joven se le cortó la risa escuchando un golpe seco y una maldición.

Kyle, tumbado en el suelo, se tocaba la mandíbula. Y Verter, con las piernas abiertas y casi encima de él, tenía aún los puños apretados. Ante el movimiento general, Kyle pidió calma con un gesto, mientras taladraba con los ojos a Verter y trataba de averiguar si tenía todos los dientes en su sitio.

– Supongo que me lo merecía.

Verter asintió.

– Te tenía ganas, muchacho, no voy a negarlo.

Extendió el brazo y Kyle lo aceptó para levantarse. Josleen acudió a su lado de inmediato y regaló al otro una mirada que hubiese helado el centro de la tierra.

– Bestia -le insultó-. ¿Te ha hecho daño? Pega como una mula.

– Bueno -repuso Kyle, aún atontado por el trallazo-, me han pegado coces mayores. No se ofenda, Verter.

Gowan se frotó la barriga. Llevaba varios días comiendo el rancho que sirvieron durante la marcha y soñaba con una buena pieza de carne. Presentía que aquella noche comería caliente.

En el momento en que se dirigían hacia las murallas, el sexto sentido de Kyle evitó una tragedia. Un ligerísimo destello entre los matorrales desvió su atención. La flecha iba directa hacia la espalda de Wain. Con unos reflejos inmejorables Kyle empujó al otro, que cayó de bruces, recibiendo él el impacto en su hombro. Pero le dio tiempo a sacar su espada y lanzarla.

El estertor de muerte apenas se escuchó.

La confusión sólo duró unos segundos. Fue Verter quien corrió hacia los arbustos mientras Alien y Josleen se preocupaban de atender a Kyle. Cuando regresó, su expresión era de asombro.

– Por el amor de Dios, es Moretland -dijo.

Kyle rompió el astil emplumado y movió el hombro herido.

– Me olvidé de él -dijo Josleen, rasgando ya parte de su enagua para enjugar la sangre-. Por su culpa casi me desnuco al caerme desde lo alto de la torre al piso inferior. Es un traidor, Wain.

– Era un traidor -rectificó Verter-. McFersson, tu espada le ha atravesado la garganta.

– Seguramente pensó que era el momento adecuado, echándonos la culpa -dijo Kyle a Wain-. Te odiaba. Deseaba ser el jefe de los McDurney.

– Siempre le traté bien, le di mi confianza. Con seguridad trataba de eliminarte a ti.

– ¡Wain, no seas terco! -exclamó Josleen-. Esa flecha te hubiese atravesado.

– Debo suponer que acabas de salvarme la vida, entonces.

Kyle sabía que el otro no estaba muy conforme, porque ahora le debía un favor. Se encogió de hombros y el movimiento le hizo respingar.

– Hay que curar eso antes de que te quede menos sangre en el cuerpo que cerebro en la cabeza -zanjó la madre de Josleen-. En cuanto a ti, hijo, pues sí, acaba de salvarte la vida. Imagino que ahora la deuda por la muerte de tu bisabuelo podría quedar zanjada.

Epilogo

El tibio sol de otoño teñía de rojo la pradera. Las copas de los árboles, mezcla de ocre, rojo y verde, convertían el paisaje en un lienzo maravilloso.

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