Tampoco esa noche le fueron mucho mejor las cosas a Henry. Después de dormir la borrachera, había intentado tocar el piano, pero dijo que habría necesitado un soplete para descongelar las cuerdas del interior. El instrumento estaba tan helado que sonaba como una espineta.
Nos encontramos en la cocina y preparamos un caldo para calentarnos. En la radio estaban dando un programa infantil. Niños de hasta trece años llamaban para solicitar una canción y luego tenían que contestar a una pregunta. Henry nunca se perdía una emisión de aquel programa y era la única persona que he conocido que se sabía entera la letra de la sintonía. Participaba activamente, respondiendo en voz alta y clara a cada una de las preguntas, como cuántas erres hay en la palabra «alrededor», cuál es la montaña más alta de Suecia y cosas por el estilo. Cuando no podía dar con la respuesta, se quedaba confuso y avergonzado. Luego se defendía indefectiblemente diciendo que había sido disléxico toda su vida, igual que el rey. En esa ocasión el programa era un poco más divertido que de costumbre, ya que el locutor estaba hablando con una niña de doce años de Värmland cuya única afición era la lucha. La chiquilla estaba muy enfadada porque siempre tenía que luchar contra críos más pequeños y eso no le parecía justo. Nunca había oído reír a Henry con tantas ganas como cuando escuchaba a aquella niña luchadora de Värmland. Remedó burlonamente cada una de las palabras que dijo la niña, y parecía arrepentirse de no haber tenido hijos: aunque estaba muy claro que habría sido un desastre como padre.
– Tenemos que salir a buscar leña -dijo una vez que nos tomamos el caldo y que el programa de radio había acabado con su incomprensible sintonía-. Tenemos que salir a buscar leña, en caso contrario no pasaremos de esta noche.
– All right -contesté-. De todas formas, me había encallado.
– No es bueno cerrarse al mundo de ahí fuera -dijo Henry amargamente.
Y, sin decirlo de forma explícita, reconoció que Leo tenía razón. No era bueno cerrarse al mundo exterior, aunque fuera eso precisamente lo que intentábamos hacer. Abrigábamos sueños sobre nuestras grandes obras, que solo necesitaban una fina labor de acabado, y para ello habíamos intentado aislarnos, recluirnos durante aquel crudo invierno a fin de alcanzar una perfecta concentración creativa. Pero tampoco aquello funcionó. Siempre había algo que se interponía; en ese momento, era aquel maldito frío. Solo se podía mantener a raya con fuego y ya no nos quedaba leña, así que estábamos obligados a salir a buscarla.
Nos pusimos unos maltrechos abrigos de piel de oveja y unos gorros de lana de cordero como los de los vendedores de árboles navideños, y bajamos por la calle Horn en busca del contenedor más cercano. Había uno en la calle Tavast, que estaba repleto de escombros porque habían derribado un par de edificios ruinosos. Encontramos unos tablones bastante buenos y sin clavos, un par de vigas de madera astillada y otros fragmentos que parecía que arderían bien. Henry encontró también un viejo y congelado sombrero de copa, que se empeñó en colocarse sobre el gorro de lana.
Cargamos y arrastramos la leña hasta la calle Horn, y conseguimos meterla casi toda en el ascensor. El viejo y chirriante cubículo subió a duras penas, planta tras planta, mientras conteníamos el aliento. Pero cuando alcanzábamos la quinta planta ambos dimos un grito de espanto. Al llegar a la altura de nuestro rellano vimos una cara rígida e inerte frente al ascensor. La luz se reflejaba en su pálido rostro como iluminada por un foco en una película de terror.
Justo delante de la puerta del ascensor había una joven tirada en el suelo. Abrimos la puerta como pudimos, salimos al rellano e intentamos despertarla zarandeándola un poco. En vano. Cuando le dimos la vuelta al cuerpo inconsciente vimos que se trataba de una chica de unos veinte años. Al parecer tenía algún enemigo en el mundo, ya que uno de sus ojos estaba completamente hinchado con un moratón y le salía sangre por la nariz.
– Maldita sea -masculló Henry-. Como si no tuviéramos ya bastantes problemas. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía?
– Ni se te ocurra -contesté-. Luego solo tendríamos que esperar tranquilamente a sus treinta chulos y colegas que vendrían a darnos las gracias por chivarnos. Muy divertido. ¿Tienes alguna otra brillante idea?
En lo único en que nos pusimos de acuerdo fue en arrastrar el cuerpo de la chica al interior del apartamento, junto con los tablones, vigas y demás maderos. Resoplando completamente exhaustos, nos dejamos caer cada uno en una silla del vestíbulo para sopesar nuestro hallazgo.
– Me pregunto quién puede ser -dijo Henry.
– En cualquier caso, parece que duerme muy a gusto.
Henry se inclinó sobre la joven para ver si olía a alcohol, pero no era así.
– Otras sustancias -supuso.
– ¿Y si la llevamos a la clínica María?
– Ya he visto esto antes -afirmó Henry-. Se despejará dentro de un rato. Aunque antes deberíamos darle un baño.
– Lástima que Leo no esté en casa. Él sabría lo que hay que hacer en estos casos.
No sé muy bien qué nos sucedió, porque en realidad aquel invierno no nos habíamos comportado como muy buenos caballeros, pero ese Martes de Carnaval nos entró una especie de euforia caritativa o de frenesí samaritano. Sin pensárnoslo dos veces, empezamos a desnudar a la maltrecha joven mientras la bañera se llenaba de agua caliente. Henry contribuyó al compasivo ritual añadiendo aceites aromáticos y sales de baño.
– No… basta ya… basta ya… -balbucía la chica ya desnuda mientras llevábamos su delgado cuerpo hasta el baño-. Otra vez no… Déjame en paz… de una puta vez -continuó.
Henry le habló de forma tranquilizadora diciéndole que no le íbamos a hacer daño, pero ella no entendía nada: las palabras no penetraban en su mente. Parecía hallarse en un estado fetal y solo podía captar sensaciones puramente físicas. Cuando introdujimos cuidadosamente su cuerpo en el agua caliente, sus protestas empezaron a aplacarse y en su grotesco rostro apareció una expresión casi apacible.
Nos sentíamos a la vez algo torpes e incómodos porque no sabíamos hasta qué punto debíamos ser escrupulosos en el proceso de sanearla. No teníamos experiencia en tales asuntos. Henry masajeó sus pies con tanto cariño como si hubieran sido los suyos, afirmando que había profesionales que curaban las dolencias más diversas mediante el simple tratamiento de los pies. No obstante, en ese caso se trataba probablemente de que quería centrarse en aquello que sobresaliera de la espuma de baño. Me puse a limpiarle el ojo hinchado.
La chica ni siquiera se despertó cuando la secamos con una toalla grande y la acostamos en una cama en la habitación de invitados, entre sábanas nuevas y almidonadas.
– Está completamente ida -dijo Henry-. Joder, esto no pinta bien. Parece un mal augurio. Va a suceder algo realmente malo. Puedo sentirlo. Esta vez no es como lo de mi reúma de siempre.
Muy raras veces me tomaba en serio su machacona insistencia sobre el reúma, el horóscopo o los designios ocultos, pero esa noche, mientras Henry contemplaba el rostro magullado y aun así lleno de dulzura sumido en un profundo sueño, con el ojo amoratado como una brutal medalla sobre la mejilla, no pude dejar de sentirme un poco intranquilo. Henry sonaba condenadamente profético y, en un momento de debilidad, yo podía dejarme llevar, creer que se trataba realmente de una señal de que algo iba a ocurrir aquel invierno. La chica podía ser un ángel de las tinieblas, enviada a nosotros como un heraldo de malos presagios.
– Tenemos que cuidarla esta noche -dijo Henry-. Voy a encenderle una vela, una muy larga y hermosa, para velarla.
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