Había dos fogatas en el campamento y ninguna norma real o tácita sobre quién tenía derecho a usarlas. Pero cuando el blanco miró hacia el otro fuego vio que los delaware y John McGill y los nuevos de la compañía se habían llevado allí su cena y con un gesto y un insulto mascullado advirtió al negro que se fuera.
Aquí todos los pactos eran frágiles más allá de lo sensato. El negro levantó la vista de la cazoleta. Alrededor de aquella lumbre había hombres cuyos ojos devolvían la luz como rescoldos incrustados al rojo dentro de sus cráneos y hombres cuyos ojos no, pero los del negro eran como pasadizos para conducir a la noche desnuda y no rectificada desde lo que de ella había pasado hasta lo que aún quedaba por venir. En esta compañía cada cual se sienta donde le da la gana, dijo.
El blanco giró la cabeza con un ojo semicerrado, los labios sueltos. Su cartuchera estaba arrollada en el suelo. Alargó la mano y sacó su revólver amartillado. Cuatro hombres se pusieron de pie y se apartaron.
¿Vas a dispararme?, dijo el negro.
O sacas tu sucio culo de esta lumbre o te dejo listo para la tumba.
Miró hacia donde estaba Glanton. Glanton le observó. Se puso la pipa en la boca, se levantó y cogió el sudadero y se lo dobló sobre el brazo.
¿Es tu última palabra?
Tan última como el juicio final.
El negro miró otra vez hacia Glanton por encima de las llamas y luego se alejó en la negrura. El blanco desamartilló el revólver y lo dejó en el suelo delante de él. Dos hombres volvieron a la lumbre y permanecieron de pie intranquilos. Jackson cruzó las piernas. Una mano descansaba en su regazo y la otra estaba abierta sobre la rodilla sosteniendo un cigarrillo negro. El que estaba más cerca de él era Tobin y cuando el negro surgió de lo oscuro con un cuchillo de caza en las manos como si empuñara el instrumento de un ritual, Tobin empezó a levantarse. El blanco miró hacia arriba y el negro se adelantó y de un solo tajo le cercenó la cabeza.
Dos cabos gruesos de sangre oscura y dos más delgados se elevaron como serpientes del muñón de su cuello y describieron una trayectoria curva para aterrizar siseando en el fuego. La cabeza rodó hacia la izquierda y quedó a los pies del ex cura con los ojos muy abiertos. Tobin apartó el pie y se levantó y retrocedió unos pasos. El fuego se ennegreció y despidió una nube de humo gris y las columnas curvas de sangre fueron menguando hasta que el cuello burbujeó un poco como si fuera un estofado y también eso cesó. Jackson seguía sentado igual que antes pero sin cabeza, empapado de sangre, todavía en sus labios el cigarrillo, doblado hacia la oscura gruta humeante de las llamas adonde la vida se le había ido.
Glanton se puso de pie. Los hombres se apartaron. Nadie dijo palabra. Cuando partieron de amanecida el decapitado seguía allí como un anacoreta asesinado descalzo en las cenizas y en camisa. Alguien le había quitado la pistola pero las botas estaban donde él las había puesto. La compañía pasó de largo. No llevaban una hora cabalgando por la llanura cuando fueron atacados por los apaches.
Emboscada - El apache muerto - Terreno hundido
Un lago de yeso - Torbellinos
Caballos con ceguera de la nieve
Regresan los delaware - Verificación
La diligencia fantasma - Las minas de cobre
Intrusos - El caballo mordido por la serpiente
El juez hablando de hechos geológicos
El muchacho muerto - Sobre la paralaje y los equívocos a que conducen las cosas pasadas
Los ciboleros.
Se hallaban cruzando la margen occidental del lago seco cuando Glanton se detuvo. Volvió la espalda con una mano apoyada en el arzón de madera y miró hacia el sol que acababa de asomar sobre las calvas y moteadas montañas del este. El lecho del lago seco se veía uniforme y exento de huellas y las islas azules de las montañas sin base eran como templos flotantes en el vacío.
Toadvine y el chaval descansaron a caballo y contemplaron con los demás aquella desolación. Al fondo del lago surgió un mar frío y el agua invisible durante miles de años ondulaba plateada al viento matutino.
Parece una jauría de perros, dijo Toadvine.
Yo creo que son gansos.
De repente Bathcat y uno de los delaware volvieron grupas y fustigaron a gritos a sus caballos y la compañía hizo lo propio y empezaron todos a desfilar por la hondonada en dirección a la franja de maleza que marcaba la playa. Los hombres saltaban ya de sus caballos y los maneaban al instante con lazos que llevaban preparados. Cuando los animales estuvieron asegurados y ellos tendidos en el suelo al abrigo de las matas de gobernadora, listos para disparar, los jinetes ya estaban apareciendo por la parte más alejada del lecho seco, un tenue friso de arqueros montados que temblaban y vacilaban al calor creciente. Pasaron frente al sol y desaparecieron uno por uno y aparecieron otra vez y al sol eran negros y salían de aquel mar evaporado como fantasmas quemados, las patas de sus caballos levantando una espuma que no era real, y quedaron ocultos en el sol y ocultos en el lago y brillaron tenues y parecieron reunirse en un todo borroso y se separaron de nuevo y aumentaron por planos sucesivos en avatares siniestros y se fusionaron poco a poco y en el cielo que ya sugería el alba empezó a aparecer encima de ellos un aspecto infernal de sí mismos enormes e invertidos y las patas de los caballos que montaban increíblemente alargadas y pisoteando los altos y delgados cirros y los tremendos antiguerreros suspendidos de sus monturas inmensos y quiméricos y sus gritos salvajes resonando en aquel sustrato duro y llano como gritos de almas que se hubieran colado en el mundo de abajo por algún desgarro en la trama de las cosas.
Girarán hacia su derecha, gritó Glanton, y mientras eso decía así lo hicieron ellos, buscando el lado más favorable para sus arcos. Las flechas surcaron en parábola el cielo azul con el sol en las plumas y de repente ganaron velocidad y pasaron con un silbido menguante como un vuelo de patos salvajes. El primer rifle hizo fuego.
El chaval estaba tumbado boca abajo sujetando el enorme revólver Walke con las dos manos y disparando con pausa y esmero como si lo hubiera hecho ya en sueños. Los guerreros indios pasaban a menos de cien metros, unos cuarenta o cincuenta serían, y empezaron a desgranarse en los apretados estratos de calor y a dispersarse en silencio y perderse de vista al otro extremo del lago.
La compañía aprovechó para recargar sus armas.
Uno de los ponis yacía en la arena respirando regularmente y había otros en pie con flechas clavadas y aguantando con curioso estoicismo. Tate y Doc Irving fueron a atenderlos. Los demás se quedaron vigilando el lago seco.
Toadvine, Glanton y el juez salieron de las matas de gobernadora. Recogieron del suelo un mosquete de cañón rayado revestido de cuero crudo y con tachuelas de cabeza de latón de variadas formas incrustadas en la culata. El juez escudriñó la margen norte de la pálida playa por donde habían escapado los paganos. Le pasó el fusil a Toadvine y siguieron andando.
El muerto yacía en una charca arenosa. Estaba desnudo aparte de las botas y unos grandes calzones mexicanos. Las botas tenían puntera de borceguí y suelas de pelada y caña alta con los remates bajados y atados por las rodillas. La arena de la charca estaba oscura de sangre. Permanecieron al borde del lago seco aguantando el calor sin viento y Glanton lo hizo rodar empujando con su bota. Apareció el rostro, pintado, con arena pegada a las órbitas de los ojos, arena pegada a la grasa con que se había embadurnado el torso. Se podía ver el agujero que la bala del rifle de Toadvine le había abierto encima de la última costilla. Tenía el pelo largo y muy negro y empañado a causa del polvo y se le paseaban unos cuantos piojos. Había pinceladas de pintura blanca en sus mejillas y galones pintados encima de la nariz y figuras pintadas de rojo oscuro debajo de los ojos y en el mentón. Era viejo y tenía una vieja herida de lanza justo encima de la cadera y otra de sable en la mejilla izquierda que le llegaba al rabillo del ojo. Estas cicatrices estaban decoradas de punta a punta mediante imágenes tatuadas que, por mucho que el tiempo las hubiera oscurecido, carecían de referentes en el desierto circundante.
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