Rosamunde Pilcher - Septiembre

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Con motivo de una fiesta de cumpleaños, una serie de personajes procedentes de Londres, Nueva York, Escocia y España coinciden el el pequeño pueblo de Strachroy. Estamos en septiembre, mes durante el cual en Escocia se prodigan celebraciones, cacerías y bailes. Sin embargo, al compás de este ambiente festivo, el destino arrastrará a los protagonistas a situaciones tan dramáticas como sorprendentes, y les obligará a tomar decisiones y afrontar situaciones que marcarán profundamente sus vidas…

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Él sonrió al llegar junto a ella:

– ¿Lista, Vi?

– Lista.

– Pues vámonos… -Se detuvo otra vez-. Ahora que me acuerdo. Virginia, ¿Edmund no te ha dejado un sobre para mí? Anoche le llamé. Es urgente. Un documento de la Comisión Forestal.

Violet preguntó con suspicacia:

– ¿No irás a plantar coníferas?

– No; se trata de una carretera que quieren construir al extremo del páramo.

Virginia movió la cabeza.

– No me ha dicho nada. Se le habrá olvidado. Vamos a mirar en su mesa de la biblioteca. Probablemente, estará allí.

– De acuerdo. A ver si puedo llevármelo.

Lentamente, salieron del comedor al vestíbulo. Éste era todavía más grande, estaba forrado con paneles de pino y tenía una gran escalera, con una artística balaustrada, que ascendía en tres tramos cortos hasta el ancho rellano del piso superior. En el rellano había varios muebles de estilo corriente. Un arcón de roble tallado, una mesa plegable y un diván que había conocido tiempos mejores y que solía estar ocupado por los perros, pero se hallaba vacío en aquellos momentos.

– No pienso ir a buscar documentos de la Comisión Forestal -declaró Violet-. Me sentaré aquí hasta que los hayáis encontrado.

Y se instaló majestuosamente en el diván de los perros a esperar. Ellos la dejaron.

– Hasta ahora mismo.

Los observó alejarse por el ancho pasillo que conducía a la biblioteca, al salón y, por una puerta vidriera, al invernadero. Sola, Violet saboreó su momentánea soledad en la vieja mansión. La conocía bien, la conocía de toda la vida. Todos sus rincones le eran gratamente familiares. Cada crujido de la escalera, cada olor evocador. Había corriente de aire en el vestíbulo, pero las corrientes no la molestaban. Ya no era la casa de Violet, sino de Virginia. No obstante, la sentía como siempre, como si con los años hubiera adquirido un carácter propio. Quizá porque allí habían ocurrido muchas cosas. Porque había sido el refugio y la piedra de toque de una sola familia.

No es que Balnaid fuera una casa muy vieja. En realidad, tenía pocos años menos que Violet y había sido edificada por su padre, el entonces Sir Hector Akenside, hombre de considerable fortuna. Siempre había pensado que Balnaid se parecía un poco a Sir Hector. Grande, acogedora, espléndida y, al mismo tiempo, sin pretensiones. En una época en que los hombres de recién adquirida fortuna edificaban enormes y feísimos monumentos a su orgullo, con torres y almenas, Sir Hector había concentrado su preclara mente en dotar a su casa de características menos aparentes pero mucho más importantes.

Calefacción central, buena fontanería, muchos cuartos de baño y cocinas soleadas para que los abundantes criados de entonces pudieran trabajar en un ambiente agradable. Y, desde el día en que se terminó, Balnaid en ningún momento desentonó de su entorno. Estaba construida con la piedra local, en la orilla sur del Croy, de espaldas al pueblo y al río y su fachada principal se abría hacía una vista, al mismo tiempo domestica y magnifica.

El jardín era grande y rico en arbustos y árboles maduros. El jardín había sido la pasión de Sir Hector y el mismo lo había diseñado y realizado de modo que las extensiones de césped se fundieran con las franjas de hierba alta, los narcisos y las campanillas. Las azaleas, coral y amarillas crecían en masas fragantes y los senderos recortados se alejaban invitadores serpenteando entre los altos rododendros de flores rosa y escarlata.

Más allá del jardín y separado por un empinado talud, había una medía hectárea de parque, con pastos para los ponies y, después, los campos cercados de muros de piedra de la vecina granja de ovejas. Y, a lo lejos, las montañas. Se elevaban hacia el cielo, espectaculares como un telón de fondo. Siempre cambiantes, según la estación y la luz: nevadas, púrpuras del brezo, verdes de los helechos de primavera, barridas por la borrascas… Y siempre hermosas.

Hermosas lo fueron siempre.

Violet lo sabía porque se había criado en Balnaid, aquel era su mundo. Había crecido entre aquellas paredes. Había jugado sola en el mágico jardín, pescado truchas en el río, cabalgado en su robusto pony de Shetland por el pueblo y las solitarias colinas de Croy. A los veintidós años, salió de Balnaid para casarse. Recordaba haber recorrido la poca distancia que mediaba hasta la iglesia episcopaliana en el majestuoso “Rolls Royce” de su padre, con Sir Hector a su lado, con chistera. El “Rolls” había sido adornado con lazos de seda blanca. Aquellos adornos eran un atentado contra su dignidad y todo resultaba tan incongruente como se sentía Violet, su robusta persona envuelta en un vestido de raso color crema espantosamente incómodo y una nube de encaje de Limerick herencia de familia velando sus un tanto toscas facciones. Recordaba haber vuelto a Balnaid en el mismo opulento vehículo pero entonces hasta el prieto corsé había dejado de molestarla, porque, por fin, se había convertido en la triunfante esposa de Geordie Aird.

Desde entonces había vivido en Balnaid en distintas épocas, hasta que, diez años antes, cuando Edmund se casó con Virginia, lo abandonó definitivamente. Edmund llevó a Virginia a vivir a Balnaid y Violet comprendió que era el momento de marcharse y dejar que la casa recibiera a su nueva ama. Cedió la propiedad a Edmund y compró un abandonado cottage de jardinero a Archie Balmerino. La casa se llamaba Pennyburn y allí, en el interior de los muros de la propiedad de Croy, había construido un nuevo hogar. La restauración y acondicionamiento de la pequeña casa la mantuvo feliz durante un año, y aún no había terminado con el jardín.

«Soy una mujer afortunada», se dijo.

Sentada en aquel diván que olía a perro, Violet miró en derredor. Observó la ajada alfombra turca y los viejos muebles que había conocido toda su vida. Era agradable que las cosas no cambiaran mucho. Cuando había dicho adiós a Balnaid, Violet no podía imaginar que fueran a cambiar tan poco. Pensaba que la segunda esposa de Edmund sería la escoba nueva que barrería todo el polvo de las viejas tradiciones, y sentía curiosidad por averiguar lo que haría Virginia, una mujer joven, vital como un soplo de aire puro. Pero, aparte de renovar el dormitorio principal, dar una capa de pintura al salón y convertir la vieja despensa en una sala de maquinas en la que zumbaban congeladores, lavadoras, secadoras y lujos similares, Virginia no había hecho nada. Violet lo aceptaba, pero se sentía desconcertada. Al fin y al cabo, el dinero no faltaba y parecía extraño que Virginia se conformara con vivir entre las deslucidas alfombras, los descoloridos cortinajes y el empapelado de los tiempos del rey Eduardo.

Quizás ello tuviera algo que ver con el nacimiento de Henry. Porque, desde que había nacido Henry, Virginia se había olvidado de todo para concentrarse en su hijo. Ello era muy hermoso, pero a Violet la sorprendía. No esperaba que su nuera resultara tan maternal. Edmund viajaba mucho, por lo que madre e hijo pasaban solos mucho tiempo. Violet tenía ciertas reservas sobre aquella fervorosa devoción y no dejaba de asombrarla que, a pesar de la forma en que había sido criado, Henry fuera un chiquillo tan salado. Quizás excesivamente dependiente de su madre pero no malcriado, y un encanto de criatura. Quizá…

– Perdona que te haya hecho esperar, Vi.

Tuvo un pequeño sobresalto de sorpresa. Se volvió y vio a Archie y Virginia dirigirse hacia ella. Archie sostenía el gran sobre amarillo en alto como si fuera una bandera arduamente conquistada.

– … hemos tenido que revolver bastante para encontrarlo. Vámonos, te dejaré en casa.

3

Henry Aird, de ocho años de edad, golpeó discretamente la puerta de Edie Findhorn con la aldaba de latón en forma de seta. Era uno de los cottages de la hilera de la calle principal de Strathcroy, pero el de Edie era el más bonito de todos porque tenía la techumbre de cana cubierta de esponjoso musgo y en la franja de tierra que quedaba entre la acera y la pared florecía el miosotis. Oyó los pasos que se aproximaban. La mujer quitó el pestillo y abrió la puerta de par en par.

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