Al bajar en el ascensor, Lindsey se quedó mirando las brillantes flores amarillas. Recordó que la tarde de mi primer funeral Samuel y Hal habían encontrado narcisos amarillos en el campo de trigo. Nunca se habían enterado de quién los había dejado allí. Mi hermana miró las flores y luego a mi madre. Sentía el cuerpo de mi hermano pegado al suyo, y a nuestro padre, sentado en la brillante silla de ruedas del hospital, con aire cansado pero contento de volver a casa. Cuando llegaron al vestíbulo y se abrieron las puertas supe que estaban destinados a estar los cuatro juntos, solos.
A medida que las manos mojadas e hinchadas de Ruana cortaban una manzana tras otra, empezó a pronunciar mentalmente la palabra que llevaba años evitando: «Divorcio». Había sido algo en las posturas de su hijo y Ruth, acurrucados y abrazados, lo que por fin la había liberado. No se acordaba de la última vez que se había acostado a la misma hora que su marido. Él entraba en la habitación como un fantasma, y como un fantasma se deslizaba entre las sábanas, sin apenas arrugarlas. No la trataba mal, como en los casos que salían en los periódicos y en la televisión. Su crueldad estaba en su ausencia. Hasta cuando venía y se sentaba a la mesa del comedor y comía lo que ella cocinaba, estaba ausente.
Oyó el ruido del agua corriendo en el cuarto de baño de arriba y esperó lo que creyó que era un intervalo prudencial antes de llamarlos. Mi madre había pasado esa mañana para darle las gracias por haber hablado con ella cuando había telefoneado desde California, y Ruana había decidido prepararle una tarta.
Después de darles sendos tazones de café a Ruth y a Ray, Ruana anunció que ya era tarde y que quería que Ray lo acompañara a casa de los Salmón, donde se proponía acercarse con sigilo a la puerta para dejar la tarta.
– ¡Para el carro! -logró decir Ruth.
Ruana se quedó mirándola.
– Lo siento, mamá -dijo Ray-. Ayer tuvimos un día bastante intenso. -Pero se preguntó si su madre le creería algún día.
Ruana se volvió hacia la encimera y llevó una de las dos tartas que había hecho a la mesa. El olor se elevó de la agujereada superficie en forma de húmedo vapor.
– ¿Queréis desayunar? -dijo.
– ¡Eres una diosa! -dijo Ruth.
Ruana sonrió.
– Comed todo lo que queráis y luego os vestís, que me acompañaréis los dos.
– La verdad es que tengo que ir a un sitio -dijo Ruth mirando a Ray-, pero me pasaré más tarde.
Hal trajo a casa la batería para mi hermano. Él y mi abuela se habían mostrado de acuerdo en que la necesitaba, aunque faltaban semanas para que Buckley cumpliera trece años. Samuel había dejado que Lindsey y Buckley se reunieran con mis padres en el hospital sin él. Iba a ser un regreso al hogar por partida doble. Mi madre había estado con mi padre cuarenta y ocho horas seguidas, durante las cuales el mundo había cambiado para ellos y para los demás, y volvería a cambiar, yo lo veía, una y otra vez. No había forma de detenerlo.
– Sé que no deberíamos empezar tan temprano -dijo la abuela Lynn-, pero ¿con qué preferís envenenaros, chicos?
– Creía que la ocasión pedía champán -dijo Samuel.
– Eso más tarde -dijo ella-. Os estoy ofreciendo un aperitivo.
– Creo que yo paso -dijo Samuel-. Tomaré algo cuando Lindsey lo haga.
– ¿Hal?
– Estoy enseñando a Buck a tocar la batería.
La abuela se contuvo de hacer un comentario sobre la cuestionable sobriedad de los grandes del jazz.
– Bueno, ¿qué me decís de tres centelleantes vasos de agua?
Mi abuela volvió a la cocina para ir a buscar las bebidas. Después de mi muerte, yo había llegado a quererla más de lo que nunca lo había hecho en la Tierra. Ojalá pudiera decir que en ese momento en la cocina decidió dejar de beber. Pero de pronto comprendí que beber formaba parte de lo que la hacía ser quien era. Si lo peor de lo que dejaba en la Tierra era un legado de embriagado apoyo, era un gran legado, a mi modo de ver.
Llevó el hielo de la nevera al fregadero y fue generosa con los cubitos. Siete en cada vaso alto. Abrió el grifo y esperó a que saliera lo más fría posible. Su Abigail volvía a casa. Su extraña Abigail, a quien tanto quería.
Pero cuando levantó la vista y miró por la ventana, habría jurado que vio a una joven con ropa de su juventud sentada al lado del fuerte-cobertizo-huerto de Buckley, mirándola. Un momento después la niña desapareció y ella reaccionó. Iba a ser un día ajetreado. No se lo contaría a nadie.
Cuando el coche de mi padre se detuvo en el camino del garaje, empezaba a preguntarme si era eso lo que yo había estado esperando, que mi familia volviera a casa, no a mí sino los unos a los otros, y que yo desapareciera.
A la luz de la tarde mi padre parecía más menudo, más delgado, pero en su mirada había una gratitud que no había mostrado en años.
Mi madre, por su parte, se iba convenciendo por momentos de que tal vez lograría sobrevivir si se quedaba.
Los cuatro se bajaron a la vez del coche. Buckley se bajó del asiento trasero para prestar a mi padre tal vez más ayuda de la que necesitaba, protegiéndolo quizá de mi madre. Lindsey lo miró por encima del capó, sin renunciar aún a su habitual papel de supervisora. Se sentía responsable, al igual que mi hermano y mi padre. Luego se volvió y vio a mi madre mirándola, con la cara iluminada por la luz amarilla de los narcisos.
– ¿Qué?
– Eres la viva imagen de la madre de tu padre -dijo mi madre.
– Ayúdame con el equipaje -dijo mi hermana.
Se acercaron juntas al maletero mientras Buckley recorría con mi padre el camino principal.
Lindsey se quedó mirando fijamente el oscuro interior del maletero. Sólo quería saber una cosa.
– ¿Vas a volver a hacerle daño?
– Voy a hacer todo lo posible por evitarlo -respondió mi madre-, pero esta vez no voy a hacer promesas.
Esperó a que Lindsey alzara la vista y la miró con la misma expresión desafiante que la niña que había crecido tan deprisa, que había corrido tan deprisa desde el día en que la policía había dicho: Hay demasiada sangre en la tierra, tu hija-hermana-niña ha muerto.
– Sé lo que hiciste.
– Quedo advertida.
Mi hermana levantó la maleta.
Oyeron gritos, y Buckley salió corriendo del porche delantero.
– ¡Lindsey! -gritó olvidando su seriedad, su pesado cuerpo boyante-. ¡Ven a ver lo que me ha comprado Hal!
Buckley tocó. Tocó sin parar. Y Hal fue el único que seguía sonriendo después de escucharle cinco minutos. Todos los demás habían entrevisto el futuro que les aguardaba, y era ruidoso.
– Creo que ahora sería un buen momento para iniciarlo en la escobilla -dijo la abuela Lynn.
Hal la complació.
Mi madre le había dado los narcisos a la abuela Lynn y subido casi inmediatamente al piso de arriba con el pretexto de ir al cuarto de baño. Todos sabían adonde iba: a mi antigua habitación.
Se quedó sola en la puerta, como si estuviera en el borde del Pacífico. Seguía siendo azul lavanda. Los muebles seguían siendo los mismos, menos una silla reclinable de mi abuela.
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