Vicente Ibáñez - Cañas y barro

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El tío Toni en el primer momento quiso protestar. El muchacho no tenia aún veinte años; se había cometido una ilegalidad. Además, era su hijo, su único hijo. Pero el abuelo le hizo desistir con su habitual dureza. Era lo mejor que podía hacer su nieto. Crecía torcido: ¡que corriese mundo y que sufriera!, ¡ya se encargarían de enderezarlo! Y si moría, un vago menos; al fin, todos, más pronto o más tarde, habían de morir.

El muchacho partió sin protesta. La Borda fue la única que, escapándose de la barraca, se presentó en Monte-Olivete y le despidió llorando, después de entregarle toda su ropa y los cuartos de que pudo apoderarse sin que se enterara el tío Toni. A Neleta ni una palabra: el novio parecía haberla olvidado.

Dos años transcurrieron sin que el muchacho diese señales de vida. Un día llegó una carta para el padre, encabezada con frases dramáticas, de un sentimentalismo falso, en la cual Tonet solicitaba su perdón, hablando luego de su nueva existencia. Era guardia civil en Guantánamo y no lo pasaba mal. Se notaba en su estilo cierto aplomo petulante, como de hombre que corría los campos con un arma al hombro e inspiraba temor y respeto. Su salud era magnífica. Ni una ligera enfermedad desde que desembarcó. La gente de la Albufera soportaba perfectamente el clima de la isla. El que se criaba en aquella laguna, bebiendo su agua de barro, podía ir sin miedo a todas partes: estaba aclimatado.

Después surgió la guerra. En la barraca del tío Toni temblaba la Borda, llorando por los rincones cuando llegaban al Palmar confusas noticias de los combates que ocurrían allá lejos. En el pueblo dos mujeres llevaban luto. Se marchaban los muchachos al entrar en quinta, entre llantos desesperados, como si sus familias no los hubieran de ver más.

Pero las cartas de Tonet eran tranquilizadoras y revelaban gran confianza. Ahora era cabo en una guerrilla montada y parecía muy contento de su existencia. Él mismo se describía, con gran minuciosidad, vestido de rayadillo, con un gran jipijapa, medias botas de charol, el machete golpeándole el muslo, la carabina máuser cruzada en la espalda y la canana repleta de cartuchos. No había cuidado; aquella vida era la, suya: buena paga, mucho movimiento y la gran libertad que proporciona el peligro. «¡Venga guerra!», decía alegremente en sus cartas. Y adivinábase a larga distancia el soldado fanfarrón, satisfecho de su oficio, encantado de sufrir fatigas, hambre y sed, a cambio de librarse del trabajo monótono y vulgar, de vivir fuera de las leyes de los tiempos normales, de matar sin miedo al castigo y considerar como suyo todo cuanto ve, imponiendo su voluntad al amparo de las duras exigencias de la guerra.

Neleta se enteraba de tarde en tarde de las aventuras de su novio. Su madre había muerto. Ella vivía ahora en la barraca de una tía suya, y para ganarse el pan servia de criada en casa de Cañamel los días en que llegaban parroquianos extraordinarios y eran muchas las paellas.

Se presentaba en la barraca de los Palomas preguntando a la Borda si había carta, y escuchaba su lectura con los ojos bajos, apretando los labios como para concentrar más su atención. Parecía haberse enfriado su afecto por Tonet desde aquella fuga, en la que no tuvo para la novia el más leve recuerdo. Le brillaban los ojos y sonreía murmurando « gràcies !» cuando al final de las cartas la nombraba el guerrillero enviándole sus recuerdos; pero no mostraba ningún deseo por que el muchacho regresase, ni se entusiasmaba cuando hacía castillos en el aire, asegurando que aún volvería al Palmar con galones de oficial.

Otras cosas preocupaban a Neleta. Se había convertido en la muchacha más guapa de la Albufera. Era pequeña, pero sus cabellos, de un rubio claro, crecían tan abundantes, que formaban sobre su cabeza un casco de ese oro antiguo descolorido por el tiempo. Tenía la piel blanca, de una nitidez transparente, surcada de venillas; una piel jamás vista en las mujeres del Palmar, cuya epidermis escamosa y de metálico reflejo ofrecía lejana semejanza con la de las tencas del lago. Sus ojos eran pequeños, de un verde blanquecino, brillantes como dos gotas del ajenjo que bebían los cazadores de Valencia.

Cada vez frecuentaba más la casa de Cañamel. Ya no prestaba su ayuda en circunstancias extraordinarias. Pasaba todo el día en la taberna, limpiándola, despachando copas tras el mostrador, vigilando el hogar donde burbujeaban las sartenes, y al llegar la noche marchaba ostentosamente hacia la barraca de su tía, escoltada por ésta, llamando la atención de todos, para que se enterasen bien las parientas hostiles de Cañamel, las cuales comenzaban a murmurar si Neleta veía salir el sol al lado de su amo.

Cañamel no podía pasar sin ella. El viudo, que hasta entonces había vivido tranquilo con sus viejas criadas, despreciando públicamente a las mujeres, era incapaz de resistir el contacto de aquella criatura maliciosa que le rozaba con gracia felina. El pobre Cañamel sentíase inflamado por los ojos verdosos de aquella gatita, que apenas le veía en calma procuraba hacérsela perder con encontronazos hábiles que marcaban sus encantos ocultos. Sus palabras y miradas sublevaban en el maduro tabernero una castidad de varios años. Los parroquianos le veían unas veces con arañazos en la cara, otras con alguna contusión junto a los ojos, y reían ante las excusas que confusamente formulaba el tabernero. ¡Bien sabía defenderse la muchacha de los irresistibles arranques de Cañamel! ¡Lo inflamaba con los ojos para aplacarlo con las uñas! A veces, en los cuartos interiores de la taberna rodaban con estrépito los muebles, temblaban los tabiques con furiosos empujones, y los bebedores reían maliciosamente… ¡Cañamel que intentaba acariciar a su gata! ¡De seguro que saldría al mostrador con un nuevo arañazo…!

Esta lucha habla de tener fin. Neleta, era demasiado firme para no rendir a aquel panzudo, que temblaba ante sus amenazas de no volver más a la taberna. Todo el Palmar se conmovió con la noticia del matrimonio de Cañamel a pesar de que era un suceso esperado. La cuñada del novio iba de puerta en puerta vomitando injurias. Las mujeres formaban corrillos ante las barracas… ¡La mosquita muerta! ¡Y qué bien había sabido manejarse para pescar al hombre más rico de la Albufera! Nadie se acordaba del antiguo noviazgo con Tonet. Habían transcurrido seis años desde que partió, y raramente se volvía de allá donde él estaba.

Neleta, al tomar posesión como dueña legítima de aquella taberna, por la que pasaba todo el pueblo y a la que acudían los menesterosos implorando la usura de Cañamel no se enorgulleció ni quiso vengarse de las comadres que la calumniaban en su época de servidumbre. A todas las trataba con cariño, pero interponía el mostrador entre ella y las visitantes, para evitar familiaridades.

Ya no volvió a la barraca de los Palomas. Hablaba con la Borda como con una hermana, cuando ésta iba a comprarle algo, y al tío Paloma le servia el vino en el vaso más grande, procurando olvidar sus pequeñas deudas. El tío Toni frecuentaba poco la taberna; pero Neleta, al verle, lo saludaba con expresión de respeto, como si aquel hombre silencioso y ensimismado fuese para ella algo así como un padre que no quería reconocerla, pero al que veneraba en secreto.

Estos eran los únicos afectos del pasado que vivían en ella. Dirigía su establecimiento como si nunca hubiese hecho otra cosa; sabía dominar a los bebedores con una palabra; sus brazos blancos, siempre arremangados, parecían atraer a la gente de todas las orillas de la Albufera; la taberna marchaba bien, y ella se mostraba cada día más fresca, más hermosa, más arrogante, como si de golpe hubiesen entrado en su cuerpo todas las riquezas del marido, de las que se hablaba en el lago con asombro y envidia.

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