Francisco Ayala - Relatos

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No deja de ser curioso y hasta sorprendente que, considerando la escasa atención que tradicionalmente el cuento ha merecido por parte de los estudiosos, un autor que, como Francisco Ayala, se ha dedicado con preferencia al relato breve y que es autor de únicamente dos novelas importantes, haya conseguido la nombradía de que disfruta.

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Su pelo rubio partía de la frente hacia un lado, como los juncos a la orilla del agua.

Sus manos, turbadas, sin guantes, sin sable, sin saludos, se hundían, como perdices muertas, en los hondos bolsillos.

A partir de aquel día, cada mañana -marinero en puerto desconocido- se disponía a consumir con fruición su ración espléndida de horas libres; a comprobar su libertad, como se comprueba un reloj recién comprado hasta cerciorarse de su perfecto funcionamiento.

El era el desocupado que se para ante los rascacielos, viendo cómo chorrea el sol por sus aristas hasta regar las anchas avenidas; que se detiene a contemplar la agitación de talleres y estaciones.

A veces iba a esperar el paso de los soldados, sólo por el gusto de no saludar la bandera; de permanecer con las manos ocultas, estacionado entre la gente, mientras desfilaba la tropa.

Nostalgias brotadas del substrato rústico de su alma le empujaban a espiar en medio de la ciudad los detalles agrarios que pudieran haberse injerido en ella. Sus pulmones perseguían el vaho turbio y espeso de las cuadras, en cuya penumbra relucen, limpios, los lomos de las bestias. Acudía también a rodear la cintura de la Plaza de Toros, por escuchar mugidos prisioneros: sus esclusas -sumideros recatados- arrojaban, caída la tarde, los restos deshechos, las palideces inverosímiles de la corrida. Algunas veces lograba forzar el revés de su patio, taller de resparaciones donde recauchutaban el vientre de los caballos cuando un puntazo les ha hecho alumbrar interminables bolsas de neumáticos estrangulados.

Estas perseguidas sensaciones, alimento de su raíz campesina, no impedían que el aire de la ciudad le aliviara el color, le perfilara el gesto y le fuese dotando de sus quiebros y frialdades.

Entre los atletas, blancos de harina y sonrosados, su piel oscura le fingía invulnerable.

– Protegido por ese cuero -le decían-, bien podrás vencer incluso a los púgiles australianos, incluso a los yanquis.

Al principio, el gimnasio había sido para él un espectáculo casi tan sorprendente como -meses antes- el Parque Zoológico. Cada deporte, en efecto, parecía conducir a la diferenciación de un tipo físico, de una subespecie, pudiéndose distinguir el formato del lanzador de disco, el del corredor pedestre y el del arlequín sucinto, futuro campeón de los ciclistas y bebedor de los vientos en copa de plata-Pero pronto fue él, Antonio, quien constituyó un espectáculo para el gimnasio: su nombre había comenzado a circular como unas acciones nuevas que se lanzan al mercado, como una divisa con la que podrá jugarse al alza o a la baja. Grupos de hombres desnudos presenciaban siempre sus ejercicios y entrenamientos, formando el público de aquel auto sacramental en que un boxeador combate a su propia sombra, héroe de luchas interiores, tácitas y enconadas. Bajo el arco voltaico, su espalda -tiras de goma, anchos bandajes- hervía, como el mar, de músculos y peces. Doblado, en guardia perfecta, ocultaba la cabeza entre los guantes, mazas terribles un momento después, hiriendo los cóncavos costados del aire. O bien, giraba en persecución del astuto enemigo, esquivo fantasma tan pronto replegado como dilatado.

Flagelado y reluciente su cuerpo por la ducha, restituido a la calle, cortaba luego con su perfil enérgico la blandura vespertina. Los recios colores de su corbata le afirmaban, haciendo de él una referencia. Se entrecruzaba con gente apresurada. Se paraba acaso ante el escaparate de una agencia donde un cartel de tonos suaves cooperaba a la seducción de Venus Traslaticia: su vista viajaba, inmóvil, en las maquetas de los grandes trasatlánticos.

Su puño -halconero del triunfo- se derramaba en el fondo del bolsillo, ardiente, cansado, suelto ahora.

VII

Su prehistoria había palidecido hasta quedar casi borrada, traslúcida como la luna al mediodía. El volumen de sus recuerdos agrestes se había retirado hacia el fondo; la aldea era un dibujo incompleto sobre un lienzo plomizo, tras una falsilla de lluvia, pájaro preso en líquida red.

Todo su pasado se reducía a signos. Las sensaciones que persistían iban unidas, uncidas a imágenes visuales: el trote de un caballo, a la máquina de coser; el frío, al cartel fijo en el muro del molino, en que un viejo afilaba su cuchillo sobre la rueda de un automóvil; el verano, al papel de fumar Bambú… Lo presente, lo inmediato, ocupaba toda su atención. Y él lo vivía, sin otros resquicios al pretérito que esos rastros indecisos.

Pero el presente se componía de dos planos cinematográficos: un gran plano con el rostro de Aurora y, a través de él, todo el paisaje en movimiento. Así, Antonio conocía la realidad, diáfana, pero cernida por la persona de Aurora.

Junto a su figura sucinta, la de ella parecía un despeinado manojo de viento.

Paseaban entre los fugitivos, perseguidos árboles. Abandonado el pequeño tranvía que ciñe la cintura de la ciudad, iban pisando la carne fresca del campo, borrando otras huellas con sus huellas. Músicas rotas, voces cortadas les llegaban desde lejos. Nubes sucias se deshilachaban en los charcos. Entre el césped brillaba la vía del ferrocarril suburbano.

Entraron en una sidrería oscura, con olor a mariscos, toda llena de caras rojas, risueñas, alrededor de las mesas. La atmósfera era allí densa de humo y risas alcohólicas. Crujían las tablas negras del pavimento. La sidra caía al suelo sobre los rotos corales amontonados, sobre los cementerios de crustáceos; las botellas se desangraban como gallinas degolladas. Párpados cargados incubaban el sueño; manos grandotas acariciaban los jarros de porcelana…

Ellos, desde un rincón de aquel cuadro holandés, contemplaban la gesticulación barroca de la gente. Y el sueño vínico les penetraba, aflojando resortes en templado desmayo. Ante los ojos de Antonio, la sidrería oscilaba como la cubierta de un navío.

Rodó, al fin, su cabeza sobre el regazo de Aurora, y el oído quedó junto a sus entrañas -oído vigilante, autónomo, que escucha en la tierra la proximidad de una pieza-. Se había quedado dormido.

Ella, desvelada y ondulante como las playas, miraba con plácido asombro la cabeza abandonada por la resaca en sus rodillas. El mismo aire delgado que mueve las ramas tiernas del bosque, revelándola en la fuga, sacudió su cuerpo de gacela.

Entonces despertó Antonio. Había sufrido un repeluzno semejante al de las cuatro treinta de la madrugada. Había sentido en las sienes los dedos fríos de esa hora a que los cazadores suelen apostarse en el alba.

(1929)

Erika ante el invierno

De Cazador en el alba (1930)

I

Erika había perdido ya todo entusiasmo por su bicicleta. Ya no era su bicicleta aquella flor flamante, ligera de viento y pistas; ni ella misma, Erika, era tampoco la remota niña de muslos rosa, húmedas naricillas y gritos rasgados. Sus ojos, sí, seguían siendo vivos como los de una ave, y sus vestidos blancos. Igualmente, se conservaba tierno el color de su carne. Pero las piernas se habían hecho largas y delgadas, y las caderas -amplias, bajas- tenían una leve oscilación ciclista. Se había convertido en una muchacha, ni tan hermosa como un hermoso caballo, ni tan deliciosa como una pequeña oca. Pero de la que podía decirse, sin embargo: una hermosa y deliciosa muchacha. Que sonreía. Porque, si la vida es pesada, no es, sin embargo, demasiado pesada-Sonreía y acariciaba con la mano el blanquirrubio plumón de su cabeza, triste algunas veces -pero nunca demasiado triste- al pensar que los bellos tiempos de la naricilla húmeda eran, para Erika y su bicicleta, otros tiempos.

Bien es cierto que, por entonces, solía burlarse de ella Hermann -ese tonto de Hermann-, con las manos en los bolsillos, las piernas separadas y la boca abierta. Bien es cierto que los días de mercado se veía obligada a permanecer horas y horas, quieta junto al carro de su padre, cerca de los anchos caballos pensativos y de las ocas prisioneras, quizá frente a un puesto de esparto y cera, o tal vez -esto, al menos, resultaba más grato- de corsés celestes y agua de Colonia, viendo cómo las altas botas mojadas de los hombres iban y venían.

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