Francisco Ayala - Relatos
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Héroe villano, armado de sus brazos, tenía un estímulo voltijeante, aspado, risueño, para sus empresas. Un estímulo de neta estirpe caballeresca: su amor sin palabras.
El amor creció, paralelo, en ellos -en él y en ella; en Antonio y en Aurora-, aumentando en progresión geométrica, hasta hacer saltar el almanaque de domingo a domingo.
Ya al día siguiente había cantado, amarillo en la ventana de la mujer, y relucía en el betún con que el soldado -la imaginación, desertora- lustró sus polainas. Como el agua en una inundación, subía su nivel, ocupando todos los espacios vacíos para rebosar en seguida. Poco tiempo después ya lo había invadido todo; a todo le comunicaba su tinte pensativo.
Por las rampas del cielo bajaba el Amor durante las guardias de los días lluviosos para jugar con Antonio a los dados, mientras cabeceaban misteriosamente los caballos desvelados, y los pasos del centinela sellaban con insistencia la tierra húmeda.
Aurora, entre las cenefas de papel estampado y las tazas de porcelana, afilaba el cuchillo de su pensamiento, de su sentimiento, dichosa como ausente.
Por obtener un documento fidedigno de su amor (esa acta para la constancia eterna que es una fotografía) decidieron, habían decidido, ir el próximo domingo a retratarse. Ante el ojo providencial y alucinante de la máquina plasmarían el momento, y quedarían inseparables en la cartulina.
Llegado el domingo próximo, cuando se encontraron, se encontraron cara de fotografía: una cara especial de yeso, de peinado impecable, mirada de cristal y sonrisa delicadamente idiota.
Y no es que no tuvieran -sobre todo Aurora- un concepto claro y vivaz de la Foto. Es que iban tristes, con esa tristeza canina que nunca pueden evitar los que se retratan un domingo por la tarde.
¿Se conoce la perfidia de las mamparas cubiertas de tarjetones y cartulinas? Pasaron la vista por copiosos muestrarios: mozas que enseñaban los dientes; mozas altas, angulosas, con la mano derecha en el respaldo de una silla; toreros anónimos, muertos más tarde en el Hospital General a consecuencia de una cogida… Como un entomólogo, catalogaron los gestos clavados en los muestrarios, desde el gesto suculento y emperejilado del carnicero, hasta el gesto de asfixia de la muchacha tuberculosa.
Cansados, coincidieron sobre el retrato de una bailarina desconocida que exhibía en balde su desnudo. Estaban confusos al no encontrar ni una sola referencia a su deseo.
Resumió Aurora:
– Todas tienen algo extraño.
Antonio, en un momento de oscura penetración, explicó:
– Lo que tienen es que cualquier día pueden salir en la crónica negra de los periódicos o llenar una página de semanario ilustrado. Todas sufren un destino trágico, de crimen pasional, aunque no todas lo cumplan…
– Es verdad. Son fotografías de doble suicidio por amor -corroboró ella.
Y decidieron no retratarse.
El amor les llenó los pulmones, libre de un vago peligro.
V
Dentro del marco de la ventana se veía su cabeza, planeta fiel alrededor de la bombilla. Su cabeza sonámbula; cérea, hueca y bella cabeza parlante que Antonio, parado en la calle, contemplaba con arrobo rústico-místico.
La ventana era pequeña, azul. Los muros, de cal mojada. El invierno hacía temblar las rosas planas de encaje que orlaban la cortina, y añadía profundidad a los hondos espejos.
Antonio, como un cazador persa, lanzó una flecha de su garganta. Aurora, tocada, abrió mucho los tiernos ojos de gacela y asomó a la ventana. Su pelo estaba helado como la corteza de los álamos.
Había abandonado la mano sobre el brazo de su novio, como se abandona un guante sobre una balaustrada.
Paseaban. Paseaban ante las puertas sucesivas: ante las templadas tahonas; ante las fruterías, cargadas de aromas tropicales; ante la carpintería, donde los montones de viruta delataban el furtivo peluquero de niños rubios…
Las mil pupilas de la relojería -argos del tiempo- duplicaban en sus cuerpos el martirio de San Sebastián.
También ellos, transeúntes, llevaban un ritmo preciso, de maquinaria fina. Sus pasos eran ruedas de diferente radio: caminaban a distinta velocidad y siempre iban acordes, engranados. Los de ella, frecuentes, nerviosos, breves. Los de él, largos, lentos, pespunteando el borde de la acera.
– ¡Qué andrajoso es el invierno!- suspiró Aurora.
El asintió:
– Tus manos, que en otro tiempo plisarían horizontes, tienen ahora que coser los paños desgarrados de las nubes.
Sin premeditarlo, como los ríos afluentes, buscaban las grandes avenidas. Las calles más abiertas, por donde huían, persiguiéndose de esquina en esquina, los anuncios luminosos.
Era la Navidad, y todo el suelo estaba sembrado de agujas de agua que crujían bajo las botas de los chóferes. Un cielo de lana de los Pirineos amortiguaba las miradas, enguataba las voces. (Un cielo blando, como el fondo de ese cajón del que ya han desembalado los regalos de fin de año.) Naneaban los patos a la orilla de los casi azules, grises danubios de asfalto, mientras que los corderos, sobre baldosas blancas y negras, dormían un sueño laxo, de cuerdas rotas, y los pescados -piezas de metal, idénticas y bruñidas- se alineaban formando los cuerpos, las escuadras de un ejército chino.
Los gansos recorrían la jaula como angelotes gordos.
Las botellas de champaña con sus caperuzas verdes, plata, se agrupaban -proyectiles del armisticio, como los cargados fruteros- en los comedores de los hoteles. El jazz golpeaba en todas las claraboyas y sonaba en los teléfonos de todas las habitaciones.
En una cocina habían degollado a un arcángel; copiosa nevada de plumas blanqueaba el pavimento. En otra cocina habían violado a una niña; la sangre gritaba en la cal de las paredes; y en el caparazón de la langosta se cocía su carne de nardo…
Las aspas luminosas de los rascacielos volteaban miradas amplias. Las esquinas devoraban grupos de gente aterida; oscilaban las empañadas puertas, y los gallos, pendientes, se derramaban en rizada bola de colores.
La multitud lenta, suave como la nieve, iba descendiendo hasta cubrir la ciudad. De vez en cuando, el frío, con sus curvos sables, cargaba sobre la multitud…
Volvieron. La ruta insistida de los automóviles helaba el suelo en vueltas arriesgadas.
Volvieron con las retinas cargadas de colores frescos. Una emoción de Navidad, no adulterada, enlazaba sus brazos, sus dedos, sus ánimos.
No había nadie en la casa. Todas las habitaciones estaban llenas hasta la puerta de un silencio denso como el aceite, que se apartaba pesadamente para dejarles paso.
Antonio puso el cinturón y el sable sobre una silla, y se sentó en otra. Tenía frío: sus rojas y cebadas manos, ya desolladas de los justos guantes, se frotaban con furia. Brillaban por el suelo las decembrinas estrellas de sus talones; crujían las articulaciones de sus rodillas.
Aurora puso en la mesa dos copas y una botella de coñac. El cruzó las piernas y levantó la cabeza…
Por templar el aire, el niquelado cuello de cisne del gramófono comenzó a beber en el disco acentos norteamericanos. (El silencio se había pegado a las paredes. La intimidad se había roto en pedazos.)
Se apresuró la mujer a cortar con unas tijeras el delgado hilo de voz que marcaba una frontera entre sus cuerpos, y otra vez el silencio avanzó hacia el centro. El colapso de la máquina parlante les había devuelto su intimidad.
Aurora, pensativa, iba comprobando en el rostro de su novio su hoja de filiación: Ojos azules. Color moreno. Pelo rubio…
Antonio recordaba en la cabeza de Aurora el olor a raíces, a madera cortada. Conjugó apagadamente:
Aurora: yo quisiera, querría, quisiese…
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